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Archivos Mensuales: octubre 2008

Hay días en los que todo cuadra. Te levantas de la cama, aunque eso es lo último que desearías hacer, y vuelves a la vida como habiendo escapado por los pelos de una telaraña movediza; sales de la oscuridad de esos sueños terribles que estás teniendo últimamente, una oscuridad uniforme moteada por puntitos rojo brillante que sabes son los ojos de las arañas feroces que te esperan de vuelta a la noche siguiente, para toparte de morros con una realidad en la que, si bien por consenso se ha llegado a la conclusión de que los octopodos de pesadilla y las prisiones de seda no existen, tampoco es que luzca demasiado bien. Te obligas a no dedicarle un solo segundo a la imagen mental del mundo como una gran máquina a la que han extraído quirúrgicamente la magia que lo definía. Incluso de madrugada, sigues definiéndote en un rincón del subconsciente como un escritor de ciencia-ficción de cuarta categoría y con demasiadas pretensiones. Tomas café, enciendes un cigarrillo, humo reseco espolea la conexión entre ayer y hoy, toses con la primera calada, sales al balcón, un frío de cojones que no es del todo culpa de esa ola polar que venden en el teledario, escupes una flema a la calle y te oyes a tí mismo recintando:

Las calles son arroyos y los arroyos están llenos de sangre… Y cuando los desagües se atasquen, todos los gusanos se ahogarán. Toda la inmundicia de su sexo y violencia les ahogará. Y todos los políticos y prostitutas mirarán hacia arriba y gritarán: “¡sálvanos!”… Y yo miraré hacia abajo y dire: “¡NO!”

Sentirse como Rorschach no es sentirse mejor, pero sí un alivio. A pesar del vientecillo que te cuartea los labios, notas una ligera y cálida vibración ascendiendo desde la suela de las zapatillas. Es el corazón de la ciudad, batiendo despacio y saliendo él mismo también de su civilizada ensoñación. Hora de ponerse en marcha.

Por cierto, la versión on-line de The Guardian publica hoy una preciosa galería sobre los primeros bocetos que Dave Gibbons hizo para Watchmen, lo más parecido a la Biblia para muchos de nosotros.

Androide Vegetal

Otro fragmento del guión en el que estoy trabajando. La imagen de arriba es el estudio de Fran Ros, quien se encarga de los lápices, para uno de los personajes principales del cómic (ese Androide Vegetal al que se menciona más abajo).

Olor a ozono e iones negativos —en la calle todo es vidrio inmaculado y reclamado de vuelta por la naturaleza salvaje del monstruo (la firma geodésica de la lucha entre bestias se desata con una metáfora violenta), demás firmas en tejido cicatrizal urbano—, puedo verlo desde la ventana vuelta del revés —enmohecidas agallas de lo absurdo que es todo este asunto de la batalla a escala elefantiásica—, ¿dónde empieza y acaba la recursividad? ¿son los monstruos moliéndose a palos en el papel o soy yo, adicto a la metaintención, el perpetrador de esta cloaca ecologista? ¿Lo somos todos? —y quiero que te hagas a la idea de que la inercia Yin-Yang a la que sometemos a la polilla contra el nuevo y mejorado Androide Vegetal no es simple maniqueísmo (ambos, criaturas de la Flora y la Fauna; ambos, requemados por el hueso de dinosaurio; ambos, una dedicatoria de la Onda Temporal Cero en la solapa de esta nota post-mortem; ambos lo mismo, y sin embargo en movimiento), sino las agallas que le demuestro al mundo al gritarle que he comprendido el mecanismo último de lo que se está cociendo— ¿cuál es tu idea del momento en que el universo llegue al límite de su expansión? Lo absurdo: los gigantes levantan una polvareda y rugen y el estruendo pasa pero no cala.

Cambio de perspectiva. Como aquel pretérito piensa globalmente y actúa localmente. Cambio de perspectiva. Del pie de calle a los cielos arañados por la cresta de los monstruos. Cambio de perspectiva como un estribillo. Sumérgete: el ritmo da vueltas —y la cadencia viene marcada por la estampida de los gigantes (es un arquetipo recurrente, como los titanes sometidos por dioses como la puta de Babilonia como en poemas Toho Tokusatsu), la melodía por el coro de una civilización afectada de dolores menstruales simultáneos y autorreplicándose—, la coreografía es preciosa y lúcida e inexpugnable, la canción se vuelve líquida con el polvo. Como la peor combinación posible para tu caja fuerte en forma de corazón.

Cierro los ojos para verlo todo distinto y me convierto en testigo de cargo de la proyección en la pantalla de costra seca —la ventana vuelta del revés se ensucia, manchas de hueso de dinosaurio que dibujan los números que abren la caja de caudales (el ecosistema separa las piernas y es el mejor y más grande, ultraviolento, sexo posible), ya no hay grilletes, las llaves son palabras, gotean, gotean y se licuan, gotean y se licuan y se resecan, gotean y se licuan y se resecan y forman una costra. Lo absurdo: buenas, ¿tiene perspectivas? Buenas, muy buenas.

Otros mucho más listos que yo ya lo definieron antes. Yo me limito a copiar, pegar y remodelar, porque de eso va la música POP. La buena música POP.

La buena música POP habla de todo, de intraespacios y exoesqueletos, y de nada, de lo que respira azufre y carmín en los huecos en blanco entre nota y nota. Habla del presente y del futuro y de otras dimensiones que me impiden tocarte. Habla de prender fuego a los pupitres y de un beso perfecto; de dar vueltas de campana, empapado en gasolina y dolor -esa palabra tan grande que no es más que un miedo atávico al principio de incertidumbre de De Broglie-, dando vueltas y vueltas y vueltas de campana en la persecución de otro bis, enredado entre inexpugnables hierros retorcidos o en sábanas de satén burdeos. Habla de saber que un sol nuclear saldrá por la mañana, grande e intenso y extraño, y de ese mismo sol reflejándose en las mechas que una vez al mes te das en la peluquería de tu barrio -exacto, la misma peluquería a la que tu madre te llevaba de niña y que es un sitio que huele a ti porque desde hace más o menos doce años tú hueles a él. Y, por cierto, hace más o menos doce años, en una nochevieja especialmente alcoholizada -la dinámica de gateo, antes de echar a andar por el caminito sembrado de cristales rotos que nos llevará a la cirrosis fulminante a la gran mayoría de los que hicimos nuestra aquella Vilanova de los noventa-, yo estaba intentando convencer entre balbuceos al mismísimo cantante de Suîte Momo de que su novia era una puta, mientras él me daba palmaditas en la espalda y me mandaba a la cama con una sonrisa, la misma sonrisa que ayer mismo ensombrecía el brillo de la progresión de acorde de La, Sol menor, Mi menor, La, en su guitarra para zurdos. Pero eso es el pasado. Un pasado sucio y molesto sólo cuando escuece la irremediable llegada a los treinta. Ya lo dije una vez: nos gustan las guitarras porque son cosas brillantes que meten mucho ruido; los acordes y la melodía nos remiten a un estado preverbal, tiran de la madeja de la memoria hasta mucho antes de la infancia. Eso es todo lo que debería contar del pasado. Ruido y Brillo. Aquí, ahora, estamos enredando con la buena música POP. La buena música POP habla de hacer la vida real aún más real; ultravívida y trascendente. Sí, eso es lo único que debería contar en la música POP.

Esto no es un ensayo, ni una crítica, ni un testimonio. Más bien un pasadizo entre la buena, buenísima música POP de Suîte Momo y el cajón en el hemisferio izquierdo de mi cerebro en el que ésta retoza con fantasmas y conciencias y archivos contaminados e intuiciones.

Suîte Momo, para mí, están ahora en el subsuelo. En ese subsuelo a lo Dostoievsy en el que sólo importa el uno, lo individual, el placer intransferible que reverbera hacia TODO lo demás como reverberan los parches de la batería enmudecida al final de la última canción al recibir la última oleada de feedback. Ese subsuelo a lo Eisturzenden Neubauten -y seguimos enredando con POP de primer nivel-, poblado de aparentes huerfanos del sistema -el sistema Orwelliano que nos da cucharadas de mierda para convertirnos en un cordero más, y trata de hacer pasar por música POP aberraciones Triunfales diseñadas como Operaciones castrenses y cantautores forrados de billetes del Monopoly-, esos huérfanos que bailan en sótanos la danza eterna de lo básico: bajo, batería, guitarra, voz y un espíritu sensible que recombine los elementos; la base alquímica de la música POP. Olvídate de Radiohead, de Manta Ray, de Los Planetas, de Smashing Pumpkins, de Screaming Trees, de John Watts… las influencias se precipitan por miles al subsuelo, están ahí, pero las corrientes eléctricas subterráneas las transforman en otra cosa. ¿Puedo decir otra vez que esa “otra cosa” es igual a pura música POP -POP:copiar, pegar y remodelar:ultravívido, ¿recuerdas?

Suîte Momo ascenderán, más tarde o más temprano. Eso no creo que nadie que les haya escuchado con un mínimo de atención se atreva a dudarlo. Pero sólo será un ascenso “de facto”, una constatación. Aquí, en el subsuelo, donde uno siempre acaba por decidir que se está mucho mejor que en el ático, ya se les ha encumbrado a una suerte de Valhalla interpersonal, onanista -si se prefiere llamarlo así-, un Olimpo bonsai que se vuelve dolorosamente importante -dolor:miedo:incertidumbre, ¿recuerdas?- en tardes de domingo de auriculares a plena potencia y arcoiris que sólo abarcan el espectro infinito de los grises; como factótums para la escalada, Danny -siempre Danny- y Dani y Alexis y Toni e Isaac, títeres sin cuerdas sacados de la cajita de cartón en la que cabe un universo entero.

Desde aquí, humildemente, gracias por el POP derramado. Y el aún por derramar.

El planeta tierra es hueco y habitable por dentro. Y si no os lo creéis, preguntádselo a Tito

(Y cada día doy gracias a Dios por la existencia de estos zumbados; sin ellos, tendría que dejar de escribir, o limitarme al costumbrismo-menstrual-hiperrealista-a-lo-Freire, o plagiar a Pombo… Claro que, si prestase menos atención a toda esta basura, quizá podría ganar un premio Planeta algún día… La vida es tan confusa a veces.)

NAPALM SATORI (O LA RETIRADA DE DERRIDA)

[El napalm o gasolina gelatinosa es un combustible que produce una combustión más duradera que la de la gasolina simple. Esta característica ha hecho que sea utilizado por algunos ejércitos en varias guerras.
En origen, se componía de palmitato de sodio (una variedad de jabón) y más tarde se usaron jabones de aluminio de ácidos nafténicos y del aceite de coco. El mezclar el jabón alumínico con gasolina produce una sustancia altamente inflamable y que arde lentamente.
Puede apagarse mediante la inmersión total en agua o con privación de oxígeno, pero en cualquier otro caso arde indefinidamente.
Es posible encenderlo con cualquier cosa que prenda la gasolina normal.
La empresa que lo fabrica es la Dow Chemical Company.
El nuevo Napalm, “Napalm B”, contiene benceno y poliestireno para estabilizar la base de la gasolina]

Frotó las yemas contra el QWERTY
porque los teléfonos inteligentes
saben que no durarán para siempre.
Verso automático en celo, rápido
como rápido se dispersa lo poco
trascendente por eso pagos
de la red triple uve doble (ya obsoleta),
disculpado el palimsesto, cándido y
carente de razón alguna.

[Iluminación, en sentido amplio, significa: “la adquisición de nueva sabiduría o entendimiento”. Sin embargo, cubre dos conceptos que pueden ser bastante distintos: la iluminación religiosa o espiritual (del alemán: Erleuchtung) y el secular o intelectual (del alemán: Aufklärung). Esto puede causar cierta confusión, ya que aquellos que proclaman la iluminación intelectual a menudo miran despectivamente los conceptos espirituales y los que proclaman conceptos espirituales ven lo intelectual como una barrera.
En la tradición filosófica occidental, la iluminación aparece como una fase en la historia cultural marcada por una fe en la razón, generalmente acompañada por el rechazo a la fe manifestada en la religión institucional. Esto se dio en el siglo XVII en Europa y se conoció como Era de la Razón o Era de la Iluminación.
En el uso religioso, la iluminación es más estrechamente asociada a la experiencia religiosa per se, sobretodo en el sur de Asia, usándose el concepto para traducir palabras como (en el budismo) Satori, o (en el hinduismo) Moksa.
La iluminación es el esclarecimiento religioso, interior, místico, experimental o racional. Es poner en claro, llegar al fondo y dilucidar un asunto o una doctrina. La iluminación es la última realización de lo divino, sentir la misma presencia de Dios. Esta experiencia se manifiesta en paz, amor, felicidad y sentido de unidad con el universo]

Siempre que me preguntan por mis libros favoritos, influencias y demás memeces, suelo responder con una retahíla de barbaridades improvisadas y tomarle el pelo al interlocutor, aunque indefectiblemente, y en un ejercicio de brutal sinceridad por mi parte, el nombre de Will Christopher Baer acaba por aparecer en la conversación de un modo u otro. Y lo cierto es que sí, es mi escritor favorito (si acaso tuviese que quedarme sólo con uno), y sí, lo considero uno de los grandes autores americanos contemporáneos; muy por encima de Palahniuk y al mismo nivel que Foster Wallace, por ejemplo. El problema con el señor Baer es que escribe pseudo-novela negra en una prosa entre onírica y visceralmente demoledora, desnuda en apariencia y tan desgarradora, en el fondo, que duele.

Hasta ahora, la obra del autor consiste únicamente en la Sagrada Trilogía (expresión usada por sus esquizoides fanáticos en el foro de internet que congrega a la mayoría de éstos, The Velvet); tres libros centrados en las desventuras del ex-agente de policía (ex-Asuntos Internos, para más inri) Phineas Poe:

El primero, “Kiss me, Judas”, es un ejercicio de deconstrucción de una leyenda urbana. Phineas Poe, recién salido del psiquiátrico en el que fue internado tras el suicidio de su esposa, conoce una exhuberante morenaza que le emborracha y se lo folla en una sórdida habitación de hotel. A la mañana siguiente, el ex-policía despierta en una bañera repleta de hielo, con un riñón menos y una nota en la mano: “If you want to live call 911”. A partir de ahí, el resto es el alucinado relato de la persecución de Phineas Poe en pos de la mujer, una tal Jude, a lo largo y ancho de unos Estados Unidos bizarros, corruptos y desmedidos, espoleado por el constante abuso de sustancias narcóticas de todo tipo con que el protagonista-narrador trata de aplacar el dolor causado por la extirpación de campaña a la que fue sometido en la habitación de hotel. Abuso que le lleva, por supuesto a cierto estado de iluminación en el que sólo cabe una pregunta: cuando encuentre a Jude, ¿la mataré o volveré a tirármela?

En el segundo volumen, “Penny Dreadful”, las tornas cambian considerablemente, aunque la tesis principal sigue pivotando entorno a las leyendas urbanas. Tras los sucesos narrados en el primer libro, Phineas Poe vuelve a su Denver de origen, donde recibe el encargo, por parte de uno de los pocos amigos que le quedan en la policía local, de encontrar a un agente encubierto llamado Jimmy Sky. Lo último que se sabe del “topo”, sin embargo, es que se metió un poco demasiado para su propio bien en el juego de moda entre los jóvenes de la ciudad: El “Juego de las Lenguas”, una partida de rol infinita a escala y tiempo real, que ha dividido a los diferentes estratos de la sociedad en castas según se hallen más o menos implicados en ella. Y, de nuevo, sobre toda la historia pesa una terrible duda: ¿es posible que Jimmy Sky sea el mismísimo Phineas Poe, que su cerebro frito de Morfina y alcohol no sea capaz de recordar su última asignación como policía, que fuese la esposa de Jimmy Sky la que se volase la cabeza con el revolver reglamentario de su marido a causa de su enorme implicación en el “Juego de las Lenguas”?

Sólo puntualizar una cosa más de las muchas cosas buenísimas en “Penny Dreadful”: aquí, a diferencia de la voz narrativa en primera persona del presente en “Kiss me, Judas”, la acción es estructurada de forma sinérgica entre las narraciones subjetivas de los diferentes personajes que van apareciendo a lo largo de la obra, dando como resultado una mezcolanza de metáforas imbricadas en la experiencia personal del narrador que traspasa al lector la disolución del “yo” que gradualmente sufre el protagonista.

Y, por último, “Hell´s Half Acre”, volumen que cierra la trilogía de un modo casi groseramente apabullante y del que no voy a explicar prácticamente nada, ya que contar lo más mínimo de su trama rompería del todo la magia resultante de la inmersión en semejante artefacto. Vuelta de tuerca a la enésima leyenda urbana: se rumorea que Jude ha vuelto a Denver (y eso que todos, sobretodo Phineas, la daban por más que muerta) y que está enredada en un asunto sucísimo relativo a snuff movies y miembros de la alta sociedad con costumbres sexuales, digamos, relajadas. Otra vez la búsqueda de la chica y el dilema “¿la mato de nuevo o me rindo y decido que es la mujer de mi vida?”. Personajes extremos que no son lo que parecen (¿o sí?), obsesionados con volver loco al ya casi desahuciado y sin remedio protagonista. Una forma narrativa que vuelve a mutar para convertirse en un relato en tercera persona del pretérito, sólo canónico en apariencia…

Todo esto, sin embargo, ni siquiera araña la superficie de la explicación a por qué me gusta (me obsesiona) Will Christopher Baer.

Última advertencia a navegantes: Will Christopher Baer debe leerse en su inglés original tanto sí como sí, sin excusas. Hasta donde sé, sólo existe una traducción al español del primer volumen de la “Sagrada Trilogía”, descatalogada desde vaya usted a saber cuando y sin esperanza de reedición. Así que, para los que estén mínimamente interesados, traduzco yo mismo a continuación, de forma más o menos acertada, el precioso comienzo de ese “Kiss me, Judas”:

>>Debo estar muerto, porque ya no hay más que nieve azul y el furioso silencio de un disparo. Dos pájaros se estrellan a ciegas contra la superficie helada de un lago. Estoy frío, religiosamente frío. Los pájaros emergen del agua, sus alas como plata. Uno lleva un pez que se sacude prendido del pico. El otro se zambulle otra vez y ahora contengo el aliento. Ahora la nieve ha cesado y el cielo es blanco infinito y estoy tan frío que bien podría haber abandonado mi propio cuerpo.


>>Me desplazo desde el ascensor hasta el lobby. Me veo a mí mismo caminando sobre una alfombra dorada. El tiempo se ha ralentizado hasta arrastrarse y estoy mirando a través de un filtro pero soy yo. El familiar cráneo afeitado y los ojos como sombras. La piel gris estirada sobre el rostro y mis manos en blanco centelleante como de recorte de papel. Visto traje y corbata negros y una sucia camisa blanca. Ropa holgada, como si fuese prestada. Lo cierto es que estoy perdiendo mucho peso. Tengo pinta de estar muriéndome de cáncer. Paro y me doy la vuelta despacio. Creo que estoy buscando el bar. Una punzada de nausea. Alguien más me está mirando. Una mujer en un vestido rojo. Está sentada en un sillón de piel, largas piernas cruzadas y amarillas. Tiene el pelo largo y negro con mechas rubias. Sus labios se abren ligeramente y puedo verle los dientes. Paso junto a una columna de mármol y desaparezco. Resbalo dentro de mí mismo otra vez y puedo oír el sonido de un piano.


>>Me siento a la barra y pido un vodka.

¿Vodka con qué? dice el hombre

No lo sé. Con una rodaja de limón y algo de hielo.

Me trae un vaso. Sorbo y me siento mejor. La mujer de rojo se sienta a mi lado. Es más joven de lo que pensaba. Ha pasado demasiado desde la última vez que estuve tan cerca de una mujer y mi primer impulso es irme. Me aflojo la corbata y la miro. Tiene cicatrices en los bordes de la boca y ojos perturbadores. Parece no pestañear nunca. Su cuerpo es como un cuchillo. Una piedra negro mate, con la forma de una lágrima, se balancea de una cadenita de plata sobre el frío hueco de carne entre sus clavículas.

¿Eres un turista? dice.

Ni siquiera estoy seguro de qué ciudad es esta.

Denver.

Soy vendedor.

Qué raro. Pareces policía.

Me acaban de soltar de un hospital psiquiátrico.

Perfecto, dice.

Me acabo la copa y la dejo a un lado. Ella moja un par de dedos en el hielo y veo que sus uñas están pintadas de azul. Pesca la rodaja de limón y se come la pulpa. Muevo la cabeza ligeramente y ahora su rostro está a dos pulgadas del mío. Ella toma una gran bocanada de aire y exhala despacio. Respiro su aire muerto.

Debes ser un vendedor terrible, dice.

Lo soy.

¿Quieres invitarme a una copa?


>>No estoy muerto. Terriblemente frío, pero mis ojos están abiertos. Estoy mirando directamente a la blanca lámpara del techo y, cuando cierro los ojos, aún la veo, como si el blanco estuviese grabado a fuego en mi cerebro. Trato de respirar superficialmente. Estoy en una bañera. Estoy desnudo y la bañera parece llena de hielo. Creo que no estoy sangrando. Me siento bien, en realidad. El hielo es suave y de algún modo comfortable. Siento un raro picor en el flanco izquierdo, por debajo de las costillas. Quiero rascarme, pero no puedo mover los brazos.

En un mundo perfecto, esta sería la sinopsis perfecta para el guión que estoy escribiendo ahora mismo:

La polilla Saturniidae Callosamia es Mothra contra el lagarto invasor (el lagarto invasor es el hombre —todos los hombres con sus nombres para cada resquicio de la creación y sus pequeñas circunstancias enraizadas en el fenotipo fálico por el que los misiles entre piernas liberan la esencia del hueso de dinosaurio (hueso de dinosaurio que mancha la herencia mitocondrial, hueso de dinosaurio, diesel), y la familia Sapiens Sapiens involucionando hacia el mono que cambia sangre por aceite, el equilibrio migratorio roto por el amor de dinero—), monstruos retozan entre las finísimas sedas del inconsciente colectivo, la red micelial de la flora del planeta se torna hostil en progresión geométrica paralela a la sed de diesel (hueso de dinosaurio ardiendo en motores de cuatro tiempos, adictos al crudo hueso de dinosaurio igual a veneno sin rostro —la fauna perece y se desplaza al norte, replegándose, calentamiento global, ahumados a la velocidad de la luz  que les lleva a sortear un ejercicio de egocentrismo pánico, buscando el último golpe definitivo en forma de onda temporal cero—), Mothra es la polilla Saturniidae Callosamia, creada por el inconsciente colectivo para servir de adalid a la humanidad y sacarla al espacio y cerrarle los grilletes a la evolución (la última y absolutamente necesaria línea de defensa). Un ejercicio de egocentrismo pánico: el fin del mundo es sólo el fin de la Fauna, no así de la Flora.

Todos los momentos de toda coordenada vital, conocida o sin conocer, contenidos en un mismo ahora (la polilla aletea y la lumbre en el otro extremo del universo sensible humano titila y se apaga y se vuelve a encender y titila y se apaga —¿acaso el tiempo podría ser una fractal cuya representación bidimensional fuese la fotografía perfecta de la más bella de las flores? cumple como capullo y cuelga fuera de la rueda del tiempo como si así lo mismo arriba que abajo—, la Flora pide prestado tu cuerpo para la desintoxicación de hueso de dinosaurio), todo dura lo que dura un mismo ahora (la onda temporal cero se autorreplica en una preciosa ola fractal Hokusai). Mothra, la salvadora del inconsciente colectivo: cuelga del madero como Cristo en la cruz como Odín en Yggdrasill como Sidhartha en Bodhi como Dafne en el laurel.