KARAOKE

Y Adán, el muy imbécil, se queda ahí colgado. Viéndose a sí mismo en la pantalla. Más en standby que en loop. Anclado a la silla de despacho, fusionado brazo con reposabrazo. Los minúsculos altavoces bajo la carcasa del portátil babean la voz sin corcheas de Adán y yo siento un poco de vergüenza por él y por la mentira desacompasada del one hit wonder que le asignaron para el espectáculo de la noche anterior. Adán está desnudo, de resaca y rojo. Yo vestida y esperando una explicación. Ahora las graban y las cuelgan en Internet. Las actuaciones, quiero decir, no las explicaciones. Todas y cada una de esas píldoras individuales de tres minutos de fama karaoke. Con menos de un día de delay. Anoche Adán se emborrachó y salió a celebrar nosequé y se arrancó a berrear frente a una jauría de desconocidos escrotos sudorosos del jueves noche. Fiesteros del jueves noche. Lemmings arrastrando detrás una legión de anómalos ritmos circadianos que desafían la tradicional estructura semanal capitalista. Adocenados por el disfrute común. Su público. Un pulso magnético cuando sus ojos y el estribillo se toparon con mis ojos y el puente antes de la última estrofa en el tema que su voz desollaba. Entre los Lemmings, yo. Y él sobre el escenario. Rockstar de sampler y micrófono barato. Bajo mis uñas escondo cuchillas de precisión quirúrgica. Parte de un diseño que le robé a la imaginación de William Gibson. Adán clica play otra vez. Una y otra vez y otra vez desde el punto cero del mediodía, cuando han colgado su vídeo en la red y él se ha quedado desnudo. Uso mis bisturís-cyborg para rasgarme las vestiduras y luego le rasco la espalda y luego retraigo el armamento cuerpo a cuerpo y escarbo entre sus nalgas hasta encontrar el punto de entrada/salida de su ano. Recuerdo que anoche comentó que le gustaban los masajes en la próstata. Su pene se yergue casi como por rutina. Me parapeto tras el respaldo de la silla y hundo en su esfínter dos dedos de una mano. Le masturbo con la otra. Su única reacción es subir el volumen de los estertores como bandazos pop de segunda mano en el portátil. A pantalla completa. Jadea cuando cierro la masturbación en un puño y la punta de una cutícula metálica le pincha suavemente el duodeno. Se corre sobre el teclado mientras su yo telegénico lanza un grito triunfal que da pie a un solo de sintetizador. La cúspide de su orgasmo es un espejo. Hammer-on/Pull-off. Adán sale de su estupor sólo para preguntarme quién soy. Quiere saber quién soy yo realmente. Se refiere a mi yo intrínseco. Y es un final tan absurdo para la escenita que acabamos de montar, que esta vez la vergüenza es propia. Su egocentrismo es arena del tiempo precipitándose. Jodido imbécil. Bocazas. Por eso destapo la coartada de su naturaleza anodina preguntándole a mi vez si acaso no va a invitarme a comer fuera. Fuera de este paraíso de estática mal sintonizada, se entiende. No quiero que se sienta especial. No se lo merece. No lo es.

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