archivo

Archivos Mensuales: febrero 2009

Vale, es definitivo. Los de la H.P. Lovecraft Historical Society puede que parezcan una pandilla de zumbados adoradores de Yog-Sothoth, pero desde luego está haciendo un esfuerzo titánico por pop-textulizar, metarreferenciar y, en general, bastardizar el legado del de Providence mucho más interesante, para mí, que todas las reformulaciones, sesudos ensayos psico-sociológicos y demás que corren por todos los fandoms del mundo.

Después de la más que impactante y recomendable versión de “Call of Cthulhu” que presentaron hace un par de años (el relato convertido en una peliculita muda, en blanco y negro y con animaciones de plastelina), ahora lanzan a la red una de “The Shadow over Innsmouth“, en forma de musical de apenas dos minutos.

Absolutamente genial:

escaparate_0051

Antifuente en el escaparate de la librería GALATEA (Carrer de Jesús, 5-7, Reus). Foto cortesía de Javier Iglesias.

(se me ocurre que, todos aquellos que tengáis fotos de Antifuente -fotos de móvil hechas a escaparates, fotos del libro en vuestras estanterías, en la papelera o falcando una mesa- podríais mandármelas a fjavierp [arroba] aol.es y yo las iría subiendo aquí; por pura curiosidad morbosa, por saber adónde llega mi mierda una vez convertida en producto)

Aprovecho también para informar de que también podéis encontrar el libro, desde ya mismo, en Cyberdark, además de la habitual tienda on-line de Viaje a Bizancio.

Hará como un par o tres de semanas, la revista de arte y literatura experimental Caldodecultivo tuvo a bien dirigirse a Javier Esteban y a mí para solicitarnos sendos ensayos a modo de colaboración para su siguiente número. “Es un avance, joder”, pensé, “por una vez, en lugar de saturar las bandejas de correo de una revista que me gusta, son ellos los que me piden material a mí”. El resto de reflexiones, lo de si las cosas de verdad estaban al principio de un cambio inminente o no, y si Javi y yo formamos, sin querer, parte de “algo más”, me las guardo por el momento. Aún estoy tratando de decidir si son fundadas, o sólo el espejismo de un egotrip en ciernes.

Dos días después (¡oh, sincronía!), recibo un e-mail de Santiago Eximeno diciendo que él y otros cuantos van a poner en marcha un proyecto sobre el que no puede dar más datos. A tales efectos, nos pide a Javier Esteban, Daniel Pérez Navarro y a mí que le remitamos algún microrrelato a modo de muestra, ya que con ese nuevo proyecto pretenden dar a entender que el fándom está en estos momentos en el principio de un cambio inminente, sugiriendo también que Javi, Daniel y yo formamos, sin querer, parte de un “algo más”.

Ayer mismo se puso en marcha dicho proyecto secreto. PROSPECTIVA se llama el asunto y es, al parecer, un portal en el que dar cabida a fomas de ficción (Ciencia-Ficción, pero también “algo más”), de un modo ligeramente distinto a como se ha hecho hasta ahora en las letras de género de este bendito país. En él están enredados, además de Eximeno, Pily B. (la prologuista naranja de mi “Antifuente”), la gente de Xatafi y Mariano Villareal (coordinador de la línea Universo en la editorial Portal Editions, quienes acaban de publicar el número 4 de la antología Paura, seleccionada por, otra vez, Santiago Eximeno, y en la que colaboro), entre otros cuantos. Algunas de las declaraciones en el manifiesto a modo de bienvenida del portal, son esperanzadoras e inquietantemente coincidentes con alguna que otra reflexión compartida a medias con gente afín como Javi, Ernesto Rodríguez o Sergio Parra (el cual aparece en el apartado de Links del mismo portal PROSPECTIVA como escritor destacado); a saber:

“Por un lado, encontramos que el tipo de ciencia ficción dominante tiene cada vez menos eco fuera de su reducido núcleo de lectores. Por otro, parte de las temáticas que la ciencia ficción intentó absorber en el pasado son empleadas cada vez con más frecuencia fuera de su nicho. Y, finalmente, los temas de la ciencia ficción tienen cada vez mayor protagonismo y son más atractivos para los consumidores de otras formas artísticas, como el cine, el cómic o el videojuego, sin que esa popularización atraiga más público a nuestra literatura.”

“Además de interesar a los lectores especializados, queremos convertir a Literatura Prospectiva en el mejor medio para quienes se puedan acercar a la ciencia ficción ante la presencia continuada de sus temáticas en obras destacadas de la literatura “general”. No es éste, por tanto, un lugar con afán “guetista” sino todo lo contrario. Aunque al ser un espacio únicamente consagrado a la ciencia ficción -y no al resto de géneros fantásticos-, buena parte de sus contenidos puedan pertenecer al territorio que el núcleo de aficionados más exclusivistas se ha intentado apropiar.”

Y hoy salgo a trompicones de una gastroenteritis que casi acaba conmigo durante el fin de semana, para retomar la escritura del manuscrito de una novela sobre la que planean el fantasma de Anna Kavan (escritora que fue hasta el día de su muerte de colapso nervioso en colapso nervioso, entre otras muchas cosas porque, contra su voluntad, la metieron en el saco de la CiFi cuando ella trataba de que su obra fuese “algo más”), y los sentimientos contradictorios desatados durante los días posteriores al nacimiento de mi hijo (sentimientos que me obligaron a pararme a meditar sobre ciertas cosas, una de ellas que, ya no sólo por mí sino también por él, lo que escribo debe tener siempre la vista puesta en “algo más”, no en la connivencia ni la palmadita en la espalda).

¿Algo más que sincronías, pues? ¿Casualidades afortunadas trenzándose para tejer una cota de malla con la que parar el impacto de los fiascos por llegar?

Yo qué sé… sólo estoy pensando en voz alta. Sacad vosotros mismos las conclusiones al respecto.

Ciego a las culpas, el destino puede ser despiadado con las mínimas distracciones. Gregorio Dolo se ha hecho esta misma tarde con un ejemplar ajado de los Artificios de Borges, una primera edición española comprada al peso en una librería de viejo, y, ávido por echarle la vista encima a la prosa desnuda del argentino, decide no esperar al ascensor y subir a toda prisa las escaleras de la pensión. Algo en la oscuridad le roza la frente. Algo alado, sin forma y suave. ¿Un murciélago, quizá? Al llegar arriba, Gregorio Dolo, alertado por la expresión entre desconfiada y sorprendida de la casera que le abre la puerta, se pasa una mano por la frente y ésta sale roja de sangre. Se excusa diciendo que algún clavo suelto en algún batiente interior que alguien ha olvidado cerrar le ha hecho esa herida.

Gregorio se duerme enseguida, pero despierta de madrugada. De forma estúpida, agarra el libro dejado la noche anterior sobre la mesilla de noche y distrae el insomnio con los Artificios. Cada uno de los cuentos de Borges se trenza con la fiebre en ascenso para decorar las pesadillas del chico.

En los siguientes nueve días, que discurren por el continuo perceptual de Gregorio como nueve vidas distintas entre sí y en absoluto interrelacionadas, recibe en su habitación de la pensión tres visitas a domicilio de un doctor de la mutua a la que está suscrito, dos de parientes y una de un amigo de la facultad, todos ellos gesticulando con exageración y sonriendo y repitiéndole hasta tornar cierta la mentira lo bien que le ven.

La tarde del décimo día, el doctor habitual se presenta en la habitación de Gregorio con un segundo doctor. Entre los dos convencen al chico de que es indispensable que se monte en un taxi con ellos y les acompañe a la delegación del Centro de Control de Coincidencia Cósmica de la calle Limbo. Gregorio acepta, convencido de que en una habitación que no sea la suya conseguirá al fin conciliar el sueño que ha perdido definitivamente en la última semana y pico. En el Centro de Control de Coincidencia Cósmica, dos enfermeras desvisten a Gregorio, le clavan una aguja en el brazo izquierdo, le rapan la cabeza y le sujetan muñecas y tobillos a una butaca de cine mediante argollas de metal. En la sábana marrón claro extendida de esquina a esquina de una de las paredes de la nueva estancia de Gregorio Dolo, que hace las veces de pantalla aunque más que a una pantalla se asemeje a una enorme costra, se proyecta la película de su vida. Sin banda sonora, a excepción de una voz que analiza el lenguaje corporal del chico, de la primera infancia a la postadolescencia, hasta insuflarle un profundo sopor.

Gregorio Dolo despierta sentado en el fondo de un pozo no del todo seco, con los pies y el culo helados por la humedad. Siente náuseas. En el espacio de tiempo impreciso que pasa allí dentro, entiende que la cura es mucho peor que la enfermedad. Empieza a odiarse. Después, aprende a odiar a los procesos intestinales que llevan a la urgencia de orinar y defecar y a la necesidad amontonar cuidadosamente los excrementos en un rincón. Aprende a odiar a sus terminaciones nerviosas, que le envían al cerebro constantes señales de picor desde el pelo nuevo que le crece en la cabeza. Aprende a odiar su nombre, su número de documento nacional de identidad y los demás sistemas abstractos de catalogación y localización del ser humano, a los que culpa, en parte, de su cautiverio. Justo cuando casi ha llegado a aprender a odiar al prójimo casi tanto como a sí mismo, uno de los doctores se asoma por la boca del pozo y le informa de que ha estado a punto de morir a causa de una septicemia. Gregorio se echa a llorar. Por muchas razones, pero sobretodo porque se le había olvidado, entre apretones de dientes y maldiciones y concreción de enemigos, la posibilidad de escapar de Todo mediante algo tan abstracto como la muerte. Una vez sereno, recibe de labios del doctor la noticia de su sanación y de que, en breve, podrá volver a casa.

El momento prometido, increíblemente, llega.


A la realidad le gustan las simetrías y los leves anacronismos. Gregorio Dolo abandona el Centro de Control de Coincidencia Cósmica en un taxi idéntico al que le trajo aquí. Éste le lleva ahora a la estación de trenes. La entrada del otoño en las calles, barriendo la opresión del verano, es una figuración perfecta de la salida de la fiebre y la locura para embocar el futuro. A la luz fría de las siete de la mañana, Todo regresa a Gregorio con una alegre familiaridad: el monolito en el cruce de la Avenida de la Lonja con el Paseo Titán es su propio pene, la plaza Asgard es el fortín donde jugaba de crío, el centro comercial Hesperia es el bote en el que guarda los lápices con los que pinta retratos de su mujer ideal, el enrejado que circunda la estación de trenes es la serie regular de muescas en la cabecera de su cama… No hay nadie que no sepa que Da´at, el Sur, un mundo más antiguo y más firme que el reflejado por el Norte, empieza al otro lado de la frontera que señala la carretera nacional en desuso. Gregorio, como el resto, es consciente de ello. Por eso, cuando el taxi aparca sobre la acera correcta, el chico busca muestras aún más antiguas y firmes de intimidad.

El tablón digital de horarios en el hall de la estación le dice que aún queda media hora para la llegada de su tren. Gregorio se va a esperar al bar. Bajo la mesa en la que se acoda, un gato arisco le bufa. Los gatos siempre están al otro lado de donde se supone que deberían estar. El hogar de este en particular bien podría ser el Centro de Control de Coincidencia Cósmica. Gregorio pide una taza de café, que sorbe caliente y sin endulzar, a pelo, mientras observa al gato alejarse por una trampilla bajo la barra del local.

En el andén número cuatro, el tren espera. Gregorio recorre un par de vagones hasta encontrar uno particularmente vacío. Se acomoda en un duro asiento y deja la mochila en la que sus peculiares carceleros han embutido sus cuatro pertenencias materiales en el de al lado. Cuando el tren arranca, Gregorio extrae de la mochila el ejemplar de los Artificios. Lo abre por una página al azar, no sin mucho vacilar antes. El libro es un vínculo demasiado claro a su enfermedad. No sabe qué hace aquí, triscando por Da´at, con él. Aún así, se arma de valor y lee. Al otro lado de la ventanilla del vagón, la ciudad se convierte en polígonos industriales que se convierten en grumos de chabolas que se convierten en campos abiertos que se convierten en poblachos. La recién descubierta pulsión estética que le provocan las mutaciones y permutaciones del paisaje distrae a Gregorio. Lo cierto es que sí, Recabarren y la Rue de Toulon y las virtudes del Tetragrámaton evocan momentos y escenas maravillosos, pero no en mayor medida que la contemplación de parterres ajenos reventando en technicolor, muchachos jugando descalzos en el barro con pelotas de trapo o torres de alta tensión chisporroteando en cobalto sobre gris. Gregorio deja el libro aparte y se deja vivir.

Deglutir el bocadillo que ha comprado en el vagón restaurante es otro momento de redondo gozo.

Llegan a una estación en ruinas, poco más que un cobertizo brotado junto al andén, donde el tren se queda parado más de lo que debería. Un revisor le dice a Gregorio que aquél es el final de trayecto. Le dice que ha habido un cambio de última hora en la política de la compañía ferroviaria y que por eso el destino señalado en su billete ya no es válido. Añade una explicación somera y un qué se le va a hacer, si las cosas en las altas esferas van aún peor que en palacio. Gregorio se apea del vagón sin poner pegas, pero tampoco sin mostrase proclive al escuchar el resto de la explicación. El taquillero en el cobertizo-estación no sabe mucho más que el revisor. Tampoco le ofrece a Gregorio un transporte alternativo con el que llegar a su destino. Le dice: “pruebe usted suerte en el pueblo, a lo mejor alguien se presta a acercarle”, y le indica cómo llegar hasta la cantina, donde a estas horas debe haberse congregado la mayor parte de la población para ver el partido de fútbol.

Ficción es lo real dentro de la mentira.

…tiene seis órdenes inviolables:

1) Protege tu arte y tus opiniones. Son tus únicas armas.

2) No sientas dolor.

3) Busca la oscuridad y sé silencioso.

4) Los viejos caminos, el caos y las fluctuaciones son tus aliados.

5) Nadie es inocente. Nunca debes olvidarlo.

6) No dejes a nadie vivo. Sólo los vivos buscan venganza.

Tengo que recordarme a mí mismo recitarlas más a menudo.