DA´AT

Ciego a las culpas, el destino puede ser despiadado con las mínimas distracciones. Gregorio Dolo se ha hecho esta misma tarde con un ejemplar ajado de los Artificios de Borges, una primera edición española comprada al peso en una librería de viejo, y, ávido por echarle la vista encima a la prosa desnuda del argentino, decide no esperar al ascensor y subir a toda prisa las escaleras de la pensión. Algo en la oscuridad le roza la frente. Algo alado, sin forma y suave. ¿Un murciélago, quizá? Al llegar arriba, Gregorio Dolo, alertado por la expresión entre desconfiada y sorprendida de la casera que le abre la puerta, se pasa una mano por la frente y ésta sale roja de sangre. Se excusa diciendo que algún clavo suelto en algún batiente interior que alguien ha olvidado cerrar le ha hecho esa herida.

Gregorio se duerme enseguida, pero despierta de madrugada. De forma estúpida, agarra el libro dejado la noche anterior sobre la mesilla de noche y distrae el insomnio con los Artificios. Cada uno de los cuentos de Borges se trenza con la fiebre en ascenso para decorar las pesadillas del chico.

En los siguientes nueve días, que discurren por el continuo perceptual de Gregorio como nueve vidas distintas entre sí y en absoluto interrelacionadas, recibe en su habitación de la pensión tres visitas a domicilio de un doctor de la mutua a la que está suscrito, dos de parientes y una de un amigo de la facultad, todos ellos gesticulando con exageración y sonriendo y repitiéndole hasta tornar cierta la mentira lo bien que le ven.

La tarde del décimo día, el doctor habitual se presenta en la habitación de Gregorio con un segundo doctor. Entre los dos convencen al chico de que es indispensable que se monte en un taxi con ellos y les acompañe a la delegación del Centro de Control de Coincidencia Cósmica de la calle Limbo. Gregorio acepta, convencido de que en una habitación que no sea la suya conseguirá al fin conciliar el sueño que ha perdido definitivamente en la última semana y pico. En el Centro de Control de Coincidencia Cósmica, dos enfermeras desvisten a Gregorio, le clavan una aguja en el brazo izquierdo, le rapan la cabeza y le sujetan muñecas y tobillos a una butaca de cine mediante argollas de metal. En la sábana marrón claro extendida de esquina a esquina de una de las paredes de la nueva estancia de Gregorio Dolo, que hace las veces de pantalla aunque más que a una pantalla se asemeje a una enorme costra, se proyecta la película de su vida. Sin banda sonora, a excepción de una voz que analiza el lenguaje corporal del chico, de la primera infancia a la postadolescencia, hasta insuflarle un profundo sopor.

Gregorio Dolo despierta sentado en el fondo de un pozo no del todo seco, con los pies y el culo helados por la humedad. Siente náuseas. En el espacio de tiempo impreciso que pasa allí dentro, entiende que la cura es mucho peor que la enfermedad. Empieza a odiarse. Después, aprende a odiar a los procesos intestinales que llevan a la urgencia de orinar y defecar y a la necesidad amontonar cuidadosamente los excrementos en un rincón. Aprende a odiar a sus terminaciones nerviosas, que le envían al cerebro constantes señales de picor desde el pelo nuevo que le crece en la cabeza. Aprende a odiar su nombre, su número de documento nacional de identidad y los demás sistemas abstractos de catalogación y localización del ser humano, a los que culpa, en parte, de su cautiverio. Justo cuando casi ha llegado a aprender a odiar al prójimo casi tanto como a sí mismo, uno de los doctores se asoma por la boca del pozo y le informa de que ha estado a punto de morir a causa de una septicemia. Gregorio se echa a llorar. Por muchas razones, pero sobretodo porque se le había olvidado, entre apretones de dientes y maldiciones y concreción de enemigos, la posibilidad de escapar de Todo mediante algo tan abstracto como la muerte. Una vez sereno, recibe de labios del doctor la noticia de su sanación y de que, en breve, podrá volver a casa.

El momento prometido, increíblemente, llega.


A la realidad le gustan las simetrías y los leves anacronismos. Gregorio Dolo abandona el Centro de Control de Coincidencia Cósmica en un taxi idéntico al que le trajo aquí. Éste le lleva ahora a la estación de trenes. La entrada del otoño en las calles, barriendo la opresión del verano, es una figuración perfecta de la salida de la fiebre y la locura para embocar el futuro. A la luz fría de las siete de la mañana, Todo regresa a Gregorio con una alegre familiaridad: el monolito en el cruce de la Avenida de la Lonja con el Paseo Titán es su propio pene, la plaza Asgard es el fortín donde jugaba de crío, el centro comercial Hesperia es el bote en el que guarda los lápices con los que pinta retratos de su mujer ideal, el enrejado que circunda la estación de trenes es la serie regular de muescas en la cabecera de su cama… No hay nadie que no sepa que Da´at, el Sur, un mundo más antiguo y más firme que el reflejado por el Norte, empieza al otro lado de la frontera que señala la carretera nacional en desuso. Gregorio, como el resto, es consciente de ello. Por eso, cuando el taxi aparca sobre la acera correcta, el chico busca muestras aún más antiguas y firmes de intimidad.

El tablón digital de horarios en el hall de la estación le dice que aún queda media hora para la llegada de su tren. Gregorio se va a esperar al bar. Bajo la mesa en la que se acoda, un gato arisco le bufa. Los gatos siempre están al otro lado de donde se supone que deberían estar. El hogar de este en particular bien podría ser el Centro de Control de Coincidencia Cósmica. Gregorio pide una taza de café, que sorbe caliente y sin endulzar, a pelo, mientras observa al gato alejarse por una trampilla bajo la barra del local.

En el andén número cuatro, el tren espera. Gregorio recorre un par de vagones hasta encontrar uno particularmente vacío. Se acomoda en un duro asiento y deja la mochila en la que sus peculiares carceleros han embutido sus cuatro pertenencias materiales en el de al lado. Cuando el tren arranca, Gregorio extrae de la mochila el ejemplar de los Artificios. Lo abre por una página al azar, no sin mucho vacilar antes. El libro es un vínculo demasiado claro a su enfermedad. No sabe qué hace aquí, triscando por Da´at, con él. Aún así, se arma de valor y lee. Al otro lado de la ventanilla del vagón, la ciudad se convierte en polígonos industriales que se convierten en grumos de chabolas que se convierten en campos abiertos que se convierten en poblachos. La recién descubierta pulsión estética que le provocan las mutaciones y permutaciones del paisaje distrae a Gregorio. Lo cierto es que sí, Recabarren y la Rue de Toulon y las virtudes del Tetragrámaton evocan momentos y escenas maravillosos, pero no en mayor medida que la contemplación de parterres ajenos reventando en technicolor, muchachos jugando descalzos en el barro con pelotas de trapo o torres de alta tensión chisporroteando en cobalto sobre gris. Gregorio deja el libro aparte y se deja vivir.

Deglutir el bocadillo que ha comprado en el vagón restaurante es otro momento de redondo gozo.

Llegan a una estación en ruinas, poco más que un cobertizo brotado junto al andén, donde el tren se queda parado más de lo que debería. Un revisor le dice a Gregorio que aquél es el final de trayecto. Le dice que ha habido un cambio de última hora en la política de la compañía ferroviaria y que por eso el destino señalado en su billete ya no es válido. Añade una explicación somera y un qué se le va a hacer, si las cosas en las altas esferas van aún peor que en palacio. Gregorio se apea del vagón sin poner pegas, pero tampoco sin mostrase proclive al escuchar el resto de la explicación. El taquillero en el cobertizo-estación no sabe mucho más que el revisor. Tampoco le ofrece a Gregorio un transporte alternativo con el que llegar a su destino. Le dice: “pruebe usted suerte en el pueblo, a lo mejor alguien se presta a acercarle”, y le indica cómo llegar hasta la cantina, donde a estas horas debe haberse congregado la mayor parte de la población para ver el partido de fútbol.

Ficción es lo real dentro de la mentira.

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