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Archivos Mensuales: septiembre 2010

Autobioproforma:

Tengo 31 años y estoy en un bar con mi novia, le digo: “vamos todos por ahí con la escoba metida por el culo, parloteando de que si estamos súper influenciados por El Eternauta, por Alan Moore, por las primeras vanguardias, por la Golden Age, por el expresionismo alemán o Tezuka, pero me jugaría un brazo a que todos los guionistas de cómic de mi generación han empezado como yo, leyendo Mortadelo y Filemón, y que como mínimo el noventa por ciento de ellos se plantearon en serio esto de ponerse a hacer lo que hacen por culpa de Ibáñez”.

Tengo 6 años y, como cada domingo, acompaño a mi padre a buscar el periódico; compra su dominical y el Mortadelo Súper de esta quincena; volvemos a casa, él se sienta en el sofá y lee, yo me tiro en la alfombra y leo, viñeta a viñeta a viñeta a viñeta; por primera vez, me pregunto cómo lo harán, aunque no demasiado en serio, sin épicas, sólo por curiosidad y la pregunta se me olvida pronto porque ya es casi la hora de comer.

Tengo 15 años y un colega acaba de pasarme el primer número de Odio, de Peter Bagge; me gusta; en cierto modo, me es familiar, como una implementación de algo aparcado en un desván un poco por encima y a la izquierda del hipotálamo; desconozco la conexión, pero determinado chiste me hace pensar en El Caso del Bacalao; dos días después, rescato una caja de cartón con casi veinte quilos de viejos cómics del armario donde mi madre guarda las cosas de mi pasado de las que se resiste a deshacerse, y de repente vuelvo a tener 9 años.

Tengo 9 años y fuera está lloviendo; me hago con unos cuantos folios del escritorio de mi padre, los corto en dos cuartillas y luego pego las cuartillas con una tira de cinta celo en el lomo; hace poco me han regalado una caja de lápices de colores; me llevo el cuadernillo de fabricación casera y los lápices a la mesa del comedor y, mientras oigo llover, dibujo (mal, ya desde bien pronto se ve que no tengo ninguna aptitud para las artes plásticas, aunque me apasionen) y escribo (bastante mejor, todos mis profesores coinciden en que tengo una capacidad de redacción sorprendente para lo que corresponde a mi edad) mi primer tebeo: una historia de fantasmas aztecas que brillan en la oscuridad y se alimentan de sangre, pero no porque ellos quieran, pobrecillos, sino porque están malditos y, en el fondo, son bastante majos aunque incomprendidos y brutalmente perseguidos por una pandilla de chavales (los niños más chungos de mi clase, por supuesto) que quieren acabar con ellos porque en el mundo se supone que no debería haber fantasmas; como decía, afuera llueve, mi padre está trabajando y mi madre ha salido un momento a comprar y se ha llevado a mi hermana pequeña con ella; estoy solo, dibujando y escribiendo; a mi lado hay una caja de cartón repleta de Mortadelos y Olés y TBOs y algún CIMOC, de la que voy sacando y hojeando revistillas para copiar y luego modificar posturas y diálogos que incluir en mi historia.

Tengo 26 años, es sábado, 17 de diciembre, estoy en una cafetería y mientras espero a que la doble dosis de cafeína (a la que irremisiblemente soy adicto ya) me haga efecto y me ponga en marcha de una maldita vez, le echo un vistazo a La Contra de La Vanguardia, la única sección que me parece medianamente interesante en este periodicucho de mierda; hoy entrevistan a una tal Kathleen Alfano, directora del departamento de investigación de Fisher-Price, una mujer que parece bastante cabal y simpática y que responde a la vigésimo primera pregunta del entrevistador tal que así: “Averigüe a qué quiere jugar (el niño) en un día de lluvia. Ésa será, en el futuro, su vocación”.

(…)

Apunte para un proyecto que nunca será:

Cuando me aburro, me gusta darle vueltas a esta estúpida fantasía en la que, después de que se alineen un millón de planetas en un millón de dimensiones paralelas, adquiero una reputación en el mundillo del cómic patrio tal que se me permite trabajar en un proyecto escrito por mí y dibujado por Francisco Ibáñez; una arriesgadísima propuesta de la reflotada Ediciones B en la que a ambos se nos da plena confianza y carta blanca en el uso de los personajes. La historia que he preparado para el maestro Ibáñez es un intento por llevar a otro nivel lo mucho que nos ha dado con sus obras. En mi guión, Mortadelo y Filemón pasan los últimos días de sus vidas encerrados contra su voluntad en una peculiar y distópica residencia geriátrica, cuya naturaleza esotérica hace que, si bien desde el exterior el edificio que alberga ésta parece una coqueta casita de arquitectura indiana, el interior contenga una ciudad entera poblada de dementes sometidos al régimen totalitario impuesto por un militarizado cuerpo de auxiliares de geriatría, gobernada por una cúpula directiva entre satánica y alienígena capaz de monitorizar incluso los sentimientos de los internos. En ese contexto, nuestros protagonistas, agentes jubilados hace más de veinte años de la extinta TIA, terrible y frustrantemente condicionados por una sofisticadísima forma de Alzheimer provocada por los lustros de sometimiento a los experimentos del Doctor Bacterio (peculiar condición que, entre otras lindezas, les hace viajar espontáneamente a cierta deformación espacio-temporal, obligándoles a revisitar versiones surrealistas, escatológicas y ultraviolentas de los fragmentos de sus aventuras pasadas), deben luchar cada minuto de cada día por conservar la dignidad, por ganarse un mínimo de calidad de vida que les permita hacer las paces con ellos mismos y afrontar la inminente muerte, prepararse para confrontar a la omnipresente parca que acecha en cada una de las mutantes esquinas de la ciudad-residencia, recuperando las únicas armas que antes poseían y ahora les están siendo negadas: la candidez, la comedia del absurdo extremo, el chiste idiota y el juego de palabras y, cómo no, el arte del disfraz.

(…)

Miscelánea:

Cada año explico la misma teoría: estoy convencido de que Francisco Ibáñez vive en uno de los almacenes de la Fira de Barcelona, en Montjuïc, donde se celebra el Saló del Cómic; vive y dibuja allí, en su cámara pseudo-criogénica donde el tiempo se ha detenido y ni la gravedad ni el mundo exterior le afectan, y sus editores le sacan sólo para las sesiones anuales de firma en el stand de la empresa que le subvenciona el chiringuito.

Adoro a Mortadelo y Filemón, me gusta mucho 13, Rue del Percebe, bastante el Botones Sacarino y poco Rompetechos, y considero muy injusto que se ningunee a Chicha, Tato y Clodoveo. Como considero injusto que, si bien a Ibáñez se le ha concedido la Medalla de Oro al Mérito de las Bellas Artes, no fuese uno de los primeros, si no el primero, en obtener ese glamoroso y un tanto ridículo recién creado Premio Nacional del Cómic ( y digo “ridículo” por cosas como ésta de no dárselo a gente de la talla de Ibáñez…).

Allá por el año 1987 u 88 del pasado siglo, nos invitaron, a mí y al resto de la clase de quinto o sexto de EGB de mi escuela, a participar en el programa Cinc i Acció de la televisión autonómica catalana. Acudimos todos disfrazados con antifaces forrados de tiras cómicas y camisetas en las que habíamos garabateado onomatopeyas, porque el tema de aquel capítulo del programa eran los cómics. Una semana antes habíamos estado preparando en clase las preguntas que se nos permitiría hacerle al artista invitado: Francisco Ibáñez, con el que además pudimos charlar de tú a tú durante los cortes para publicidad y que nos dedicó un dibujo hecho a toda prisa, uno para cada uno de nosotros. Aún tengo el programa grabado en vídeo y el dibujo con la dedicatoria descansa a buen recaudo en la caja de cartón repleta de tebeos de la que hablaba un poco más arriba. Por cierto, al final del programa me cayó una buena bronca tanto de los presentadores como del regidor; porque soy un listillo de mierda y se me ocurrió que era buena idea dar en directo la respuesta al concurso que cada semana planteaban a la audiencia, y que aquélla tuvieron que impugnar por mi culpa. Que os den, ni aun hoy en día me arrepiento.

No hubiesen podido hacer una película sobre mí. Sería muy aburrida. Dos horas viendo a un tío sentado, dibujando sin parar”, dice Ibáñez en una entrevista cuando le preguntan por el biopic de Santiago Segura El Gran Vázquez. Y sólo por eso, por la ética de trabajo, Ibáñez ya me parece muy superior al padre de Anacleto.

(…)

Autobioproforma (outro):

Tengo 24 años, estoy en una fiesta y le cuento a alguien que mi coña favorita de todos los tiempos está en un cartel de uno de los primeros volúmenes de Mortadelo y Filemón que leí de crío, en el que aparecía la contraposición “A las afueras / A las adentros”; al día siguiente, con la resaca, pienso en ello y en el relato que estoy escribiendo, y pacto conmigo mismo definir como Espacio Interior a la idea a la que le estoy dando vueltas, la de un metacontexto subjetivo e intransferible, inherente tanto al subconsciente como a la memoria. Ese tontísimo juego de palabras acaba por ser una de las piezas en los cimientos de La Memoria InvisibleTierra Hueca, de varios de los cuentos tanto en Dionisia Pop! como en Antifuente, así como fundamental en Cinco Canciones de Cuna.

Tengo 31 años, es 30 de septiembre de 2010, hace dos semanas estaba en un bar con mi novia, diciéndole: “tendría que hacer una entrada en el blog en la que hablase de esto de Ibáñez como influencia, analizando sus formas y tal, su semiótica, y demostrando por qué merece el reconocimiento que merece, aunque es probable que acabe boicoteándome a mí mismo y hablando de mí, de cómo intersecciona su obra con lo que hago o, simplemente, de cualquier chorrada más o menos íntima al respecto que se me pase por la cabeza”; ahora releo este larguísimo post y me avergüenzo un poco pero, qué coño, así se va a quedar. Lo que hay es lo que hay. Es lo que queda.

Ya es formalmente oficial, así que ya puede contarse: si todo sigue y rueda como hasta ahora, en algún momento de principios del próximo 2011 verá la luz, de la mano de la editorial Saco de Huesos y en su colección Taradaña, mi última novela gráfica, Antígenos de Gaia.

Un cómic que es una vuelta de tuerca con la que me subo al carro de “lo zombie”, inmejorablemente acompañado por Vicente Montalbá (autor de JAW, uno de mis cómics españoles favoritos de la segunda mitad de los 90 del siglo pasado, así que imaginad el tremendo orgullo que es para mí trabajar con él en esto…), y que luce tan bien como esto:

Pag. 7

Pag. 10


LO QUE SE ENTIERRA NO DESAPARECE… LO QUE SE PLANTÓ, CRECERÁ.

Le han bautizado como Infuso y no recuerda su nombre anterior, si es que alguna vez lo tuvo. Antes era poeta. Ahora infectado, fallecido y devuelto a la vida, le ha sido encomendada la tarea de narrar el último capítulo de la guerra entre humanos y zombis.

Infuso es el periodista subjetivo llamado a grabar el triunfo de la horda no muerta en el imaginario de la mente colectiva de un futuro devastado y ansioso de cambio.

El planeta Tierra está harto de los abusos a los que el Homo Sapiens lleva sometiéndolo desde hace demasiado, y ahora requiere una purga. Ésa es una de las primeras cosas que Infuso aprenderá durante la confección de su crónica. Gaia ha despertado a sus antígenos, a los recientemente enterrados en su seno, a las máquinas humanas infectadas por nuevas e incognoscibles plagas, para combatir el fuego de los desmanes humanos con el fuego de la depravación rediviva.

E Infuso está aquí para contarlo.

Antígenos de Gaia es un cómic de género zombi atípico,  un paseo ontológico por la mente zombie, un desvelar la hipótesis de cómo funcionan los procesos mentales de un no muerto, cómo se comunica y cómo recibe información y percibe el mundo en decadencia que le rodea; una obra más poética que formalmente narrativa,  abstracta y psicodélica y un mucho existencialista y posmoderna.

(a todo esto: menudo principio de curso, señora…)

Vale, ahora en serio…

En la última entrada de este blog, comenté que, antes de que acabe el año, dos editoriales distintas van a publicar mi primera y segunda novelas; Hierático y Cinco Canciones de Cuna, respectivamente. Pues atención, porque voy a enseñaros las cartas. Y puede que, entre líneas, acabéis obteniendo la explicación que prometía allí al respecto de ese “hecho editorial” al que me he referido en más de una ocasión.

Vayamos por partes, que dijo aquél:

Hierático es fruto de una reflexión un tanto estúpida: un buen día me di cuenta de que, sí, vale, el grueso de mis influencias provienen de gente como Ellroy, Burroughs, Pynchon, Panero, Baer, Matheson, Delano y etcétera, todo muy respetable,  pero que también en lo que hago hay un sustrato que sería un error obviar; uno de cosas a medio recordar, como leídas en la cama durante un gripazo y a cuarenta de fiebre, compuesto por una amalgama caótica de novelas “de a duro”, bolsilibros de casi todos los géneros y subgéneros imaginables, volúmenes encontrados al fondo de la estantería en casa de mis padres, tebeos de Mortadelo y Filemón y Anacleto, revistas cutres y proto-fanzines. Dándole vueltas a esto, removiendo en el cieno radiactivo que es ese sustrato, centrándome sobre todo en las pulp fiction imposibles publicadas por Toray, Cliper y, más que otra, Bruguera, descubrí, primero, que los cerebros y manos detrás de éstas, los Silver Kane, Lou Carrigan, M. Da Silva, Clark Carrados y demás, eran en realidad señores de Madrid, de Barcelona, de Sevilla, de Gandía; luego me enteré de cómo trabajaban dichos señores: a destajo, escribiendo una o dos novelas A LA SEMANA, por una miseria, en jornadas de doce o catorce horas delante de la máquina de escribir. Fascinante. Cuanto más buceaba en la información que iba reuiniendo por ahí, más me obsesionaba y más aprendía de las técnicas y fórmulas de las que se servían estos estajanovistas de la ficción, hasta que no pude resistir la tentación de ponerme yo mismo a ello.

Ahí estaba la idea de base para Hierático, la que, casi a mi pesar, tenía visos de ser mi primera historia larga: un homenaje a las novelas “de a duro”, una historia de género negro + CiFi + terror + humor, una actualización en la que cupiesen también el sexo y la ultraviolencia. Dediqué exactamente tres semanas a ello, entre documentación, redacción y correcciones. Aplicándome sólo tres reglas: darle duro a las teclas, ser todo lo explícito y bizarro que pudiese y pasármelo bien. La verdad sea dicha, fue una puta gozada.

De esto hace casi tres años, lo que situaría pues a Hierático, en una hipotética línea temporal al respecto de mi “obra”, entre los cuentos contenidos en Dionisia Pop! y los relatos de Antifuente.

¿Por qué el retraso en la publicación, entonces? Bien… Una vez realizada la santa locura, no tuve que mover demasiado el manuscrito. De hecho, no tuve que moverlo en absoluto. A Raúl, de Grupo AJEC, que había apostado ya en su día por mi primera antología, le encantó la propuesta y decidió llevarla a término. Firmamos el contrato de edición, y ya sólo quedaba esperar. Y esperamos y esperamos y esperamos, y entretanto publiqué otro volumen de cuentos, y una novela gráfica, y un poemario, y esperamos y esperamos y esperamos un poco más, casi hasta hoy mismo. La cosa aquí está en que AJEC, siendo una editorial de las características que es (pequeña, especializada y la única con los suficientes redaños como para dar a voz a autores jóvenes y, en muchos casos, “raros”, que no tendrían cabida en otro sitio), tiende a los problemas, a los retrasos y al hacer las cosas como buenamente se puede. Y no es culpa de nadie, si acaso de cómo está de convulso el panorama en estos tiempos que corren.

Cinco Canciones de Cuna, por su parte, es harina completamente de otro costal. Se me hace bastante difícil precisar de dónde salió todo: de una necesidad visceral de ver hasta dónde podía llegar, de saber cuánto podía dar de mí mismo, de tener un relato en la cabeza que mezclaba todo lo que me gusta a un nivel íntimo, de querer volcar en la página ciertas ideas políticas y, al mismo tiempo, trabajar con sensaciones que sólo me admito en voz baja, a oscuras, insomne y en momentos muy vulnerables. Los personajes estaban vivos en una porción de mi cabeza que cada vez demandaba más atención; el contexto se convirtió en un sitio muy real y tangible para mí; mil cosas iban cuadrando conforme estructuraba el relato, que iba creciendo y creciendo, desde el cambio de perspectiva que significó el nacimiento de mi hijo, a la reverencia a los espacios interiores psicológicos y a la ficción como materia prima y no como resultado último, pasando por la relación de mi abuelo con mi abuela, Lorca y sus  “viejas voces imperiosas que patinan por la sangre”, los canales de comunicación excéntrica, el fantasma de Anna Kavan e, incluso, los videojuegos.

Sólo armar los mimbres de Cinco Canciones de Cuna ya requirió tanto tiempo como todo el proceso de la novela anterior. Tres semanas de buscar las referencias, el estado de ánimo correcto, planificar las idas y venidas de los personajes y diseñar el tapiz de sus interrelaciones. Dediqué el siguiente mes y medio a escribirla en forma de guión de cómic. Pero no estaba ni pensada, ni destinada a ser convertida en viñetas. La dejé descansar, me centré en otras cosas y la retomé para darle forma tal y como es ahora, como debía ser; como pedía ser. En total, un trabajo de algo más de cuatro meses, pongamos medio año, finiquitado en abril del pasado 2009.

El manuscrito resultante, sin embargo, sí estuvo una temporada dando vueltas por ahí. Por casas y despachos que ahora no vienen a cuento. El caso es que un año después, en marzo de este mismo 2010, acabó en el mejor sitio posible: en manos de los artífices de una preciosa revista llamada El Casco, en los cuales, según cuentan ellos mismos, coincidieron sus intenciones de echar a andar un proyecto editorial precioso (que, además, casa muy mucho con casi todo lo que pienso al respecto del mundillo y sus visicitudes y sus mierdas…) con el haberse enamorado de la novela. Sin pensarlo y enseguida, pues, nos pusimos a ello y, si no ocurre lo impensable, Cinco Canciones de Cuna cerrará su primer ciclo vital (el de la creación y edición; el segundo es ése que corresponde a vosotros, los que tenéis a bien echarle un vistazo o veinte a lo que hago, tan largo como sea vuestra voluntad) el próximo noviembre, en la novísima Aristas Martínez, inaugurando su colección Ediciones Pulpas (y sí, a mí también me parece esto último un chiste de los jodidos hados).

Y eso es lo que hay. Ahí lleváis unos cuantos “porques”. Id con Dios.

Comprad mis libros.

Digamos que ésta es LA noticia de la que llevo dando pistas los últimos meses. Digamos que es casi el punto de pivote de todo este año.

Si hace poco anunciaba AQUÍ que Hierático, mi primera novela, saldrá a la venta vía Grupo AJEC el próximo octubre, ahora ya puedo echar al viento los proverbiales bombo y platillo para confirmar que Cinco Canciones de Cuna, mi segunda obra larga, verá la luz al mes siguiente (para los de las últimas filas: noviembre del 2010). Esto es estríctamente “off the record”, claro, a falta de una fecha confirmada por la editorial y demás, pero qué coño, aquí hay confianza…

¿Dos novelas en un año? Se preguntará usted, paciente lector de este blog. Pues sí, ¿qué pasa? Cosas de lo que yo llamo “el hecho editorial”. Cosas que explicaré con más calma en una próxima entrada.

Pero vamos a lo que íbamos…

Aristas Martinez, el novísimo sello tras el que (poco) se esconden los responsables de El Casco, revista en la que colaboro mensualmente, serán los encargados en llevar a término el parto del libro, que inaugurará su colección Ediciones Pulpas. Parto triple, además: una edición normal, disponible en los puntos de venta habituales; una especial, dedicada y con alteraciones a mano y alguna sorpresita más; y (contemporáneo obliga) una digital.

La portada y las ilustraciones a modo de obertura de cada capítulo, corren a cargo del fantástico Fidel Martinez.

Señoras y señores, niños todos… Cinco Canciones de Cuna:

“El cielo es un glaucoma gris que no sólo cae sobre el hospital sino que lo rodea, lo delimita y le da forma. Extiende una calina más seca de lo que debería sobre el paisaje circundante. El hospital es la pierna arrancada y clavada en el suelo de un gigante de hormigón que la erosión hizo desaparecer eones atrás. Alrededor, árboles muertos, asfalto desgastado color cielo, caminos bordeados de taludes recubiertos de algo que parece nieve pero no lo es. En algún lugar hay un parque infantil abandonado.”

El Viento Negro, una suerte de organismo autoconsciente compuesto por una forma evolucionada de contaminación sinérgica, ha tomado los alrededores del hospital. Dentro, a través de sus pasillos, despachos y habitaciones, un anciano sin nombre inicia una deriva descendente y queda atrapado en la pesadilla kafkiana del lugar y la dictadura por consenso en que se ha convertido la burocracia que lo rige. Su único deseo es que su esposa se recupere aquí, o muera de la mejor forma posible. Pero su anhelo se verá truncado cuando de entre la maraña humana de futuristas y estrambóticos personajes a los que el edificio da cobijo, surjan unos padres preocupados que han decidido por su cuenta y riesgo hacer lo que sea, por inmoral o antinatural que resulte, a fin de encontrar lo que los pediatras necesitan para insuflar vida a su agonizante hijo recién nacido. Los caminos tanto del Anciano como de los padres, que parecen haber sido trazados de antemano por las dos facciones contrapuestas que son las fuerzas que habitan entre las sombras del hospital y mantienen sus engranajes apocalípticos en marcha, se convertirán entonces en una metáfora de la desconcertada lucha entre la voluntad y el destino manifiesto; el asfixiante paisaje, en el envoltorio en el que recoger una historia de tesón loco abocado indefectiblemente a la derrota.

Cinco Canciones de Cuna es un relato a medio camino entre el drama, el terror y cierta ciencia-ficción retorcida. Intimista, alegórico y estanco. Salpicado con algo de humor negro y ternura escondida. Narrado al ritmo de las cinco nanas populares que le sirven de banda sonora e hilo conductor.

La web Literatura Prospectiva publica hoy, en su sección Efímeros, un nuevo microrrelato mío sobre futurismo, Cifi malentendida y religión en las esquinas de lo espiritual: Mesías del beat Alienígena.

Curioso, además, que sean precisamente esos los tres temas alrededor de los que pivota mi seminal poemario Napalm Satori (más info AQUÍ), que hoy mismo también, según me sopla Santiago Eximeno, ha sido nominado a un Premio Ignotus en la categoría de mejor obra poética.

Mejor obra poética

Calesas en Brogo Pass, de Julio Angel Olivares Merino (Carpathius)

Emociones plasmáticas, de Carlos Daminsky (Alfa Eridiani 3ª época, 12)

Napalm Satori, de Fco. Javier Pérez (Ediciones Efímeras)

Que la fuerza teacompañe, VVAA (El Gaviero Ediciones)

Versos sin bandera, VVAA(Tusitala)

Enhorabuena a mí mismo y al resto de finalistas.

… si atendemos a lo que un tal Julián Q. dice en su crítica a mi Dionisia Pop! en Fantastic Plastic Magazine (el portal se llama así, de verdad, no me lo estoy inventando), la cual además incluye afirmaciones como la que sigue:

Aunque pueda parecer trágico, este jovenzuelo que parece querer romper con todo no hace más que acudir a los clichés propios del sector: física cuántica, ciencia ficción dura, superhéroes, etcétera. Si hasta incluso añade, en uno de los cuentos, un trillado texto en contra del capitalismo que, en su momento, era incluido en foros de presuntos transgresores y anarquistas de pega. Para un alma impresionable puede ser rompedor, pero acaba por ser un molesto ruido de fondo, una canción trillada que hace que uno sonría cínicamente ante la tentativa casi infantil de llamar la atención de estos niños que, intentando acabar con los estamentos, no hacen más que formar parte del sistema.

Así que formo parte del “sistema”… ya podéis empezar a enviarme todos esos cheques gordos y jugosos que me estáis escamoteando, poderes fácticos hijos de la gran puta.

Formo parte del sistema, se supone que muy a mi pesar.

Pues bueno, pues vale.