F. IBAÑEZ

Autobioproforma:

Tengo 31 años y estoy en un bar con mi novia, le digo: “vamos todos por ahí con la escoba metida por el culo, parloteando de que si estamos súper influenciados por El Eternauta, por Alan Moore, por las primeras vanguardias, por la Golden Age, por el expresionismo alemán o Tezuka, pero me jugaría un brazo a que todos los guionistas de cómic de mi generación han empezado como yo, leyendo Mortadelo y Filemón, y que como mínimo el noventa por ciento de ellos se plantearon en serio esto de ponerse a hacer lo que hacen por culpa de Ibáñez”.

Tengo 6 años y, como cada domingo, acompaño a mi padre a buscar el periódico; compra su dominical y el Mortadelo Súper de esta quincena; volvemos a casa, él se sienta en el sofá y lee, yo me tiro en la alfombra y leo, viñeta a viñeta a viñeta a viñeta; por primera vez, me pregunto cómo lo harán, aunque no demasiado en serio, sin épicas, sólo por curiosidad y la pregunta se me olvida pronto porque ya es casi la hora de comer.

Tengo 15 años y un colega acaba de pasarme el primer número de Odio, de Peter Bagge; me gusta; en cierto modo, me es familiar, como una implementación de algo aparcado en un desván un poco por encima y a la izquierda del hipotálamo; desconozco la conexión, pero determinado chiste me hace pensar en El Caso del Bacalao; dos días después, rescato una caja de cartón con casi veinte quilos de viejos cómics del armario donde mi madre guarda las cosas de mi pasado de las que se resiste a deshacerse, y de repente vuelvo a tener 9 años.

Tengo 9 años y fuera está lloviendo; me hago con unos cuantos folios del escritorio de mi padre, los corto en dos cuartillas y luego pego las cuartillas con una tira de cinta celo en el lomo; hace poco me han regalado una caja de lápices de colores; me llevo el cuadernillo de fabricación casera y los lápices a la mesa del comedor y, mientras oigo llover, dibujo (mal, ya desde bien pronto se ve que no tengo ninguna aptitud para las artes plásticas, aunque me apasionen) y escribo (bastante mejor, todos mis profesores coinciden en que tengo una capacidad de redacción sorprendente para lo que corresponde a mi edad) mi primer tebeo: una historia de fantasmas aztecas que brillan en la oscuridad y se alimentan de sangre, pero no porque ellos quieran, pobrecillos, sino porque están malditos y, en el fondo, son bastante majos aunque incomprendidos y brutalmente perseguidos por una pandilla de chavales (los niños más chungos de mi clase, por supuesto) que quieren acabar con ellos porque en el mundo se supone que no debería haber fantasmas; como decía, afuera llueve, mi padre está trabajando y mi madre ha salido un momento a comprar y se ha llevado a mi hermana pequeña con ella; estoy solo, dibujando y escribiendo; a mi lado hay una caja de cartón repleta de Mortadelos y Olés y TBOs y algún CIMOC, de la que voy sacando y hojeando revistillas para copiar y luego modificar posturas y diálogos que incluir en mi historia.

Tengo 26 años, es sábado, 17 de diciembre, estoy en una cafetería y mientras espero a que la doble dosis de cafeína (a la que irremisiblemente soy adicto ya) me haga efecto y me ponga en marcha de una maldita vez, le echo un vistazo a La Contra de La Vanguardia, la única sección que me parece medianamente interesante en este periodicucho de mierda; hoy entrevistan a una tal Kathleen Alfano, directora del departamento de investigación de Fisher-Price, una mujer que parece bastante cabal y simpática y que responde a la vigésimo primera pregunta del entrevistador tal que así: “Averigüe a qué quiere jugar (el niño) en un día de lluvia. Ésa será, en el futuro, su vocación”.

(…)

Apunte para un proyecto que nunca será:

Cuando me aburro, me gusta darle vueltas a esta estúpida fantasía en la que, después de que se alineen un millón de planetas en un millón de dimensiones paralelas, adquiero una reputación en el mundillo del cómic patrio tal que se me permite trabajar en un proyecto escrito por mí y dibujado por Francisco Ibáñez; una arriesgadísima propuesta de la reflotada Ediciones B en la que a ambos se nos da plena confianza y carta blanca en el uso de los personajes. La historia que he preparado para el maestro Ibáñez es un intento por llevar a otro nivel lo mucho que nos ha dado con sus obras. En mi guión, Mortadelo y Filemón pasan los últimos días de sus vidas encerrados contra su voluntad en una peculiar y distópica residencia geriátrica, cuya naturaleza esotérica hace que, si bien desde el exterior el edificio que alberga ésta parece una coqueta casita de arquitectura indiana, el interior contenga una ciudad entera poblada de dementes sometidos al régimen totalitario impuesto por un militarizado cuerpo de auxiliares de geriatría, gobernada por una cúpula directiva entre satánica y alienígena capaz de monitorizar incluso los sentimientos de los internos. En ese contexto, nuestros protagonistas, agentes jubilados hace más de veinte años de la extinta TIA, terrible y frustrantemente condicionados por una sofisticadísima forma de Alzheimer provocada por los lustros de sometimiento a los experimentos del Doctor Bacterio (peculiar condición que, entre otras lindezas, les hace viajar espontáneamente a cierta deformación espacio-temporal, obligándoles a revisitar versiones surrealistas, escatológicas y ultraviolentas de los fragmentos de sus aventuras pasadas), deben luchar cada minuto de cada día por conservar la dignidad, por ganarse un mínimo de calidad de vida que les permita hacer las paces con ellos mismos y afrontar la inminente muerte, prepararse para confrontar a la omnipresente parca que acecha en cada una de las mutantes esquinas de la ciudad-residencia, recuperando las únicas armas que antes poseían y ahora les están siendo negadas: la candidez, la comedia del absurdo extremo, el chiste idiota y el juego de palabras y, cómo no, el arte del disfraz.

(…)

Miscelánea:

Cada año explico la misma teoría: estoy convencido de que Francisco Ibáñez vive en uno de los almacenes de la Fira de Barcelona, en Montjuïc, donde se celebra el Saló del Cómic; vive y dibuja allí, en su cámara pseudo-criogénica donde el tiempo se ha detenido y ni la gravedad ni el mundo exterior le afectan, y sus editores le sacan sólo para las sesiones anuales de firma en el stand de la empresa que le subvenciona el chiringuito.

Adoro a Mortadelo y Filemón, me gusta mucho 13, Rue del Percebe, bastante el Botones Sacarino y poco Rompetechos, y considero muy injusto que se ningunee a Chicha, Tato y Clodoveo. Como considero injusto que, si bien a Ibáñez se le ha concedido la Medalla de Oro al Mérito de las Bellas Artes, no fuese uno de los primeros, si no el primero, en obtener ese glamoroso y un tanto ridículo recién creado Premio Nacional del Cómic ( y digo “ridículo” por cosas como ésta de no dárselo a gente de la talla de Ibáñez…).

Allá por el año 1987 u 88 del pasado siglo, nos invitaron, a mí y al resto de la clase de quinto o sexto de EGB de mi escuela, a participar en el programa Cinc i Acció de la televisión autonómica catalana. Acudimos todos disfrazados con antifaces forrados de tiras cómicas y camisetas en las que habíamos garabateado onomatopeyas, porque el tema de aquel capítulo del programa eran los cómics. Una semana antes habíamos estado preparando en clase las preguntas que se nos permitiría hacerle al artista invitado: Francisco Ibáñez, con el que además pudimos charlar de tú a tú durante los cortes para publicidad y que nos dedicó un dibujo hecho a toda prisa, uno para cada uno de nosotros. Aún tengo el programa grabado en vídeo y el dibujo con la dedicatoria descansa a buen recaudo en la caja de cartón repleta de tebeos de la que hablaba un poco más arriba. Por cierto, al final del programa me cayó una buena bronca tanto de los presentadores como del regidor; porque soy un listillo de mierda y se me ocurrió que era buena idea dar en directo la respuesta al concurso que cada semana planteaban a la audiencia, y que aquélla tuvieron que impugnar por mi culpa. Que os den, ni aun hoy en día me arrepiento.

No hubiesen podido hacer una película sobre mí. Sería muy aburrida. Dos horas viendo a un tío sentado, dibujando sin parar”, dice Ibáñez en una entrevista cuando le preguntan por el biopic de Santiago Segura El Gran Vázquez. Y sólo por eso, por la ética de trabajo, Ibáñez ya me parece muy superior al padre de Anacleto.

(…)

Autobioproforma (outro):

Tengo 24 años, estoy en una fiesta y le cuento a alguien que mi coña favorita de todos los tiempos está en un cartel de uno de los primeros volúmenes de Mortadelo y Filemón que leí de crío, en el que aparecía la contraposición “A las afueras / A las adentros”; al día siguiente, con la resaca, pienso en ello y en el relato que estoy escribiendo, y pacto conmigo mismo definir como Espacio Interior a la idea a la que le estoy dando vueltas, la de un metacontexto subjetivo e intransferible, inherente tanto al subconsciente como a la memoria. Ese tontísimo juego de palabras acaba por ser una de las piezas en los cimientos de La Memoria InvisibleTierra Hueca, de varios de los cuentos tanto en Dionisia Pop! como en Antifuente, así como fundamental en Cinco Canciones de Cuna.

Tengo 31 años, es 30 de septiembre de 2010, hace dos semanas estaba en un bar con mi novia, diciéndole: “tendría que hacer una entrada en el blog en la que hablase de esto de Ibáñez como influencia, analizando sus formas y tal, su semiótica, y demostrando por qué merece el reconocimiento que merece, aunque es probable que acabe boicoteándome a mí mismo y hablando de mí, de cómo intersecciona su obra con lo que hago o, simplemente, de cualquier chorrada más o menos íntima al respecto que se me pase por la cabeza”; ahora releo este larguísimo post y me avergüenzo un poco pero, qué coño, así se va a quedar. Lo que hay es lo que hay. Es lo que queda.

3 comentarios
  1. marco. dijo:

    joder qué grande. es que quien diga lo contrario, miente. ibáñez generaba en nosotros una suerte de análisis humorístico de lo real que no ha sido superado por ninguna otra influencia. siempre me he sentido afortunado de caer en ese mundo de dobles sentidos y hazañas absurdas. amén.

  2. 3eses dijo:

    Muy bueno!

  3. Vicente dijo:

    Para mí Ibañez es el mejor portadista de humor que he visto nunca (recordad esa magnífica portada en que salen cien mil personas y un elefante del metro). Es un prodigio de concisión, de estudio del movimiento, de cada objeto que aparece, de cada fragmento de personaje. Tiene lo más dificil de conseguir a la hora de crear: que no falte ni sobre ni sobre nada. Si hubiera sido belga o francés… madre mía.

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