REPRODUCIENDO: DOS DÍAS DE ACCIÓN DE GRACIAS

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Llega el viernes. Me despierto hiperconsciente de lo que representa que hoy sea hoy. Cualquier ventaja táctica que pudiese ostentar queda anulada. Exposición. Es el día de la primera presentación de Cinco Canciones de Cuna. La mañana es Wovenhand en el iPod y preparar la maleta. Llamar a la gente de Aristas Martínez y concretar horas que reenviar a Absence vía SMS. Bajo al centro. Mis editores quieren visitar algunas librerías de la Ciudad Condal. El Laie de CCCB, RAS, La Central, y luego comemos con el Señor Ausente. Comentamos el libro por encima, decidimos el formato de la presentación, tomamos café y ejercitamos la autobiografía autorizada los unos con los otros. El cielo se pone gris y no podría haber mejor contexto. Salimos para Gigamesh. Ultimamos detalles. La Cosa empieza. Resumiendo: Lord Absence es el perfecto maestro de ceremonias; establece un diálogo autor-presentador-editor-público-autor que, en mi opinión, es lo mejor que le puede pasar en estas circunstancias a alguien como yo; Cisco se recrea con la política de la editorial, genial; Pulp pero no-pulp, un respeto y un cariño por el material que gestionan como yo no he visto nunca, unas ganas y un saber hacer que da miedo por excepcional; hablo de cómo la realidad puede colarse en la ficción en Cinco Canciones de Cuna; hablo de mi obra desde lo importantísima que es para mí, de su estructura interna y las estructuras externas en mi cabeza; hablo de Anna Kavan, porque su fantasma está en esas páginas y todo el mundo debería saberlo.

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Relajado. Tras el palique, unas risas y firma de ejemplares.

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La fiesta post-presentación es sólo para amigos y gente que importa. Casi no se comenta el libro, porque no hace falta. Un par de mis mundos se ponen en común y discuten, de buenas, de casi todo, de peculiaridades geopolíticas a narratología en los videojuegos. Para casa, que mañana (más bien en un rato) toca viaje. Estoy a punto de desnudarme para meterme en la cama cuando llama Javier Calvo. “¿Por dónde andas, tío?” “En casa, acostándome”. “¡Mierda! Quería tomarme una copa contigo”.

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Cuatro escasas horas de sueño después, suena el despertador. Vaqueros, jersey de lana, chaqueta de cuero y guantes. Montamos en el transporte de la editorial y embocamos la mañana de autopistas y autovías. El primer café llega con la primera parada, y ya iba siendo maldita la hora. Hace un frío de cojones. Parece que ha pasado algo con los controladores aéreos que ha jodido a toda España, pero a quién coño le importa eso ahora. El Señor Editor, la Señora Editora, mi novia y yo, nos vamos lanzando memes sobre cine y música y literatura y las formas del mundillo y los fondos de cosas innombrables. Me duermo. Despierto con la nieve a la altura de Guadalajara. Llegamos a Madrid. En la radio dicen que el asunto de los controladores parece que va a solucionarse pronto. A quién coño le importa. Ducha en el hotel, tiempo para un parpadeo y otra vez en movimiento. Nos reunimos con Fidel. Es un gustazo volver a verle, que creo no expreso con suficiente efusión porque vuelvo a estar nervioso y los nervios me ponen de un humor raro. Nos reunimos con la facción madrileña de amigos. Luego descubriré que en realidad son miembros del Comando de Ultradesatomización de Tontolabas, Raspaojetes y Estupendos. Me entregarán una camiseta que atestigua que, para ellos, soy el Jefe Final. Pero antes, comida a toda prisa y corriendo a Madrid Cómics.

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De vuelta tras la mesa de autores, en la piel del Autor. Fidel comenta a la concurrencia las cosas que ha hecho como si no fuese el enorme artista que es. El ambiente es proverbialmente distendido, una reunión de colegas. Vuelvo a hablar de Anna Kavan. Una de mis intenciones para este fin de semana era plantar semillas. Repetimos más o menos el esquema de declaración de intenciones editoriales + intentar reseñar Cinco Canciones de Cuna sin spoilers. Hay bastantes que se ríen, y eso me gusta. Justo ayer hablamos de que en mi obra pesa tanto el humor como el sexo, a pesar de lo aparente. Y futuro. Y apocalipsis. Cito: “¿Y si el fin del mundo no llega con una gran explosión o un cataclismo? ¿Y si ya ha empezado, si lleva años pasando, despacio, y es un proceso gradual e irremisible?”. Aunque Cinco Canciones de Cuna más bien trata de no-espacios ficcionales entre espacios, de burocracia, de la contaminación sinérgica y de mis abuelos. Firmo unos cuantos ejemplares más y Fidel me hace agradabilísima sombra al acompañar su rúbrica de dibujos a propósito.

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El sarao post-literatura se desarrolla en dos bares y medio. Según los editores, la cosa ha ido mejor que bien. Todos más que contentos. Se supone que vamos a cenar, pero la cena acaba siendo unas tapas a la intemperie y mojitos en la calle, bebidos con los guantes puestos. Los camareros nos llaman “Los Pingüinos”. Ibamos a ir a ver a unas strippers, pero el local está lleno, así que mejor Malasaña, Rock, cerveza y alguien llamado Eric Von Zipper y que parece una puta metáfora. Dejando la fiesta a medias, toca recogerse en el hotel otra vez. Son las dos de la mañana. El vuelo de vuelta a casa sale a las siete.

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Qué raro: medio muerto por la falta de sueño y con agujetas en la cara de tanto sonreír.

[Stop]

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