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Archivos Mensuales: mayo 2011

El próximo viernes día 3 de junio, el señor don Javier Calvo y éste vuestro seguro servidor, a modo de dúo cómico iluminatti, ejerceremos de maestros de ceremonias de la presentación de El Libro de los Vivos, obra escrita a cuatro manos por Juan de Madre y Tistil er-Rbia. Durante el evento, a celebrarse en la librería Central del Raval a las 19:30 horas, y si el tiempo acompaña y la dicha es buena, departiremos largo y tendido sobre seudónimos, fábula, mito, locura, otras realidades virtuales y la conveniencia de la tercera persona del pretérito.

Por la presente, quedan todos invitados. Se recomienda vestir de etiqueta.

Ayer no fui a votar. En el primero de estos tres posts dedicados al ahora mismo y lo que se está cociendo y cómo me está afectando, creo que ya he explicado mis motivos lo suficiente, y ni las acampadas ni la (esta vez de verdad, con sentido) jornada de reflexión me han hecho moverme un milímetro de mi coordenada a medias anarquista, a medias crédula. No he comulgado en ningún momento con la tesis de que no había que votar a los partidos mayoritarios, pero que había que votar, tanto sí como sí. Nunca he entendido lo de cambiar el sistema desde dentro, eso tan de adolescente apocado, tan de vamos a llevarnos todos bien y, la verdad, no es que no esté de acuerdo con este punto o aquel punto de más allá, es que no estoy de acuerdo con el sistema entero. Sin matices. Si no me gusta el puto juego, desde luego no voy a copiar-pegar las reglas. Simplemente, no me meto en la partida.

Ya, ya lo sé… Llevo desde el viernes noche oyendo de todo: que soy un gilipollas, que soy un antisistema de los malos, que me guste o no ya estoy en el juego y que, ya que estoy, bien podría “abrir los ojos”, que no tan en el fondo soy un apoltronado y un burgués, que soy un radical, que si me creo que la política es como en los cómics, que si…

Esa ha sido mi jornada de reflexión. Y creedme si os digo que he reflexionado bastante, y a hostias.

Anoche seguí con interés y online tanto los resultados parciales que iban arrojando los escrutinios varios como las reacciones a éstos por parte de los acampados en Madrid y Barcelona. En ambos lugares se decidió que, independientemente de los resultados, la protesta seguiría adelante. Cosa que me parece de puta madre. Es una estupidez creer que lo que se estaba pidiendo, se iba a obtener con apenas una semana de hacer ruido y menos de tres días de cobertura mediática más o menos parcial.

A este respecto, esta mañana me he despertado con los resultados definitivos de la votación y un twitt del gran David Bravo: “En el mundo del cortoplacismo si un tipo en coma se despierta la gente cree que es un fracaso que mañana no esté bailando claqué”. No, no ha sido un fracaso. En esta semana se ha hecho historia. Así, tal cual. El tipo en coma se ha despertado a fuerza de sentido común y, si bien no está bailando claqué, al menos ha podido entrever que otra forma de pensar la realidad inmediata es posible. Sólo eso, entreverla. Pero ya es mucho más de lo que teníamos hace dos semanas.

Me he ido a trabajar y ha llegado el chaparrón: burlas de los compañeros votantes de CiU, preguntando que dónde estaban mis asambleas y mi organización horizontal ahora; broncas de otros compañeros, los “indignados”, y aún peor, de algún que otro amigo, porque según ellos, si no he ido a votar (aunque sea por coherencia conmigo mismo y mis ideas y porque eso tampoco se negocia en apenas una semana de convulsión) mis opiniones quedan automáticamente invalidadas. Curioso, porque ese ha sido justo el mismo argumento que me ha escupido a la cara una de las usuarias del centro de día que me da de comer, de derechas burguesas catalanas de toda la vida y orgullosa de serlo, cuando he intentado explicar por qué creo que Barcelona, durante los próximo cuatro años, básicamente se plegará a lo que le venga en gana al PP.

A la hora de comer, he vuelto a sentirme parte de nada. Igual, igual que hace dos semanas. Ahí estaban otra vez el viejo cinismo, la vieja falta de fe en la especie humana y las viejas ganas de ver el mundo arder. Ha sido rápido. Ha sido agradable. Me he acordado de momentos puntuales durante las reuniones de intercambio libre de ideas durante la #acampadabcn; de cómo comentaba con alguien que quizá ya estaba bien de tanto repetir las mismas consignas, las mismas canciones, de antaño, las de la resistencia franquista, las de mayo del 68, las frases del Imagine de Lennon descontextualizadas, si esto que estaba pasando lo hacía en el futuro y era evidentemente diferente. He sospechado por un segundo que lo más probable fuese que ese decir lo mismo y cantar lo mismo de siempre llevaba pareja una carencia grande de ideas suplida de forma bastante chapucera con un pensar lo mismo de siempre. Ahí estaba la vieja mediocridad y, de repente, un engranaje gordo y brillante ha encajado en su sitio y todo ha echado a rodar. No me he podido quitar la sospecha de la cabeza, y ésta ha acabado enquistándoseme, porque ahora todo cuadraba: la sospecha, el desprecio y el entusiasmo de la semana pasada, sumados hacia atrás y bien claros.

Así pues, no, esto no se acaba. Seguirá durante un tiempo más, ojalá que mucho, e imagino que hasta que se llegue a un equilibrio por ambas partes (“indignados” y “gobernantes”) que deje a los segundos exactamente donde están, aún bien amarrados, pero cuidando las formas un tanto más para que no les vuelvan a liar la que les han liado los primeros, quienes celebrarán agotados el haber podido dar por fin un paso adelante después de los cincuenta pasos atrás de este principio de siglo XXI.

Como tampoco se acaba “lo mío”. He aprendido mucho de esto, y eso es lo que pretendo decir con este texto. Me ha refrendado, al final, en cosas sobre las que, sinceramente, estaba empezando a dudar. En que estamos mucho peor aún de cómo nos lo pintan. En que ni me gusta el sistema, ni las personas que lo conforman y se conforman con él, ni la falta de imaginación y de perspectiva. En que si de verdad odio todo esto, lo mejor que puedo hacer es hacer todo lo que pueda por salirme, como estaba intentándolo hasta ahora pero con redobladas ganas. En que uno debe tomar responsabilidad por sí mismo si no quiere que los demás le echen a perder lo poco bueno que le pueda quedar, y que para ello debe mandarles a la mierda.

O sea que, a la mierda. No más acampadas, no más fiesta, no más consenso.

Y buenas noches.

18 de mayo de 2011, las 20:14 h, Plaça Catalunya, Barcelona, España. Ni un policía cerca. Toda la tarde corriendo rumores de smartphone en smartphone, que en cosa de minutos se convierten en realidades documentadas: una amenaza de bomba aquí al lado ha paralizado el centro de la ciudad un par de horas; en la capital del reino, la Junta Electoral ha declarado la protesta, motín o cómo coño haya que llamarla, ilegal, aduciendo unos motivos tan absurdos, de absurdo de libro, literal, Beckettiano, que muchos por aquí creen durante un buen rato que sólo es una falsa noticia de algún blogger con ganas de cachondeo; resulta que no, que es cierto, pero también resulta que eso a la gente le da igual y van a acudir de todos modos. Bien.

Paseo por la plaza: pancartas a bolígrafo, pancartas a rotulador, algunas hechas por niños que han pasado por aquí esta mañana. Han improvisado un punto de bookcrossing: uno puede llevarse cualquiera de los libros que otros han dejado (“liberado”, lo llaman) sobre la lona-biblioteca, o liberar los suyos propios; casi todos tratan de lo mismo, de cambio y reflexión para el cambio y revolución. Hay mucha gente joven, a qué negarlo, pero no tanta como dicen por ahí; o más bien no sólo: aquí tenemos a los hippies y a los perroflautas de siempre, y un poco más allá una señora ya bien entrada en sus sesenta, justo al lado de un grupo de cuarentones con pinta de acabar de salir de la oficina, al fondo brilla el abrigo de vinilo turquesa de una fashion victim, hay gente vestida de mensajero y gente con el uniforme de Zara, hay trajes y bermudas militares a juego con camisetas de Slayer, hay chinos, paquistaníes y un montón de franceses y grupitos de niñas monas llevando una pancarta impresa en Din A4 en una mano y una bolsa de FNAC en la otra… decir “heterogéneo” sería quedarse muy corto.

Hay una cosa más, que pesa muchísimo y lleva intrigándome desde que he llegado: silencio. Hace años que paso por aquí, y no recuerdo tan poco bullicio, tan poca contaminación acústica para un lugar de paso eminentemente enfocado al comercio y al turismo, casi el centro geográfico de lo que vendría a ser la segunda capital del país. Es raro. Pero sólo hasta que los congregados, la “nueva escoria” (si se me permite parafrasear el cliché acuñado por el señor Warren Ellis para una obra de ciencia ficción, pero que, creo, viene al pelo aquí), se sienta. Tal cual. La gente se sienta en el suelo, calladísima y atenta, y uno por uno van pidiendo la palabra mientras el resto de las, a bote pronto, entre 500 y 800 almas aquí presentes escucha.

Resumiendo muy mucho: se habla de política y de economía, se repiten y extienden los motivos ya expresados en las varias pancartas como para romper el hielo y se pasa a los casos concretos y las soluciones: se cuentan historias de situaciones límite, vida precaria a pesar de las apariencias, relatos de cómo se llega al momento en que no se tiene nada que perder; alguien explica rápido que esto no es flor de un día, que viene de lejos y hay que ser conscientes de ello y no impedir que siga lejos, hacia delante; una mujer se emociona a medio discurso y tiene que parar y echarse a llorar mientras sonríe y da las gracias a todos; se nos explica cómo están estructuradas las diferentes comisiones que se encargan de cada aspecto de la logística y la comunicación de acampados y manifestantes. Aquí, ahora mismo, frente a mis narices, se está haciendo política de verdad. Eso que creíamos que era la política cuando nos explicaban los fundamentos en el colegio. En determinado momento, un tipo con todo el aspecto de profesor de ciencias en un instituto cualquiera, comenta que quizá lo de la ilegalización por parte de la Junta Electoral no sea tan absurdo: puede que sea un argumento en su favor, en caso de que las elecciones acaben dando una verdadera sorpresa y haya que recurrir a lo que sea para impugnarlas, no vaya a ser que le demos la razón a los que la tienen… Casi nadie se lo toma en serio, pero yo me apunto el dato conspiranoico, por si acaso.

Las 21:00h en punto: se corta el debate, todo el mundo en pie, empieza la cacerolada. El silencio se esfuma en un parpadeo. Un caos otra vez heterogéneo. Algo así como el brazo armado de ruido de exactamente los mismos. Otro modo de expresar el disgusto, exquisitamente desordenado. No sé en qué momento ha empezado a pasarme, pero tengo la carne de gallina. Me han ganado para la causa, de algún modo. Ahora mismo, eso es lo que creo. Voy a quedarme un buen rato aquí, puede que días, aunque sólo sea en espíritu.

(…)

19 de mayo de 2011, las 10:20h. Hablo con la directora de la residencia de ancianos en la que trabajo los jueves por la mañana, uno de mis tres empleos:

-Vaya cara traes -dice.

-De cansancio -apunto, porque por cómo me está mirando seguro que piensa que vengo de resaca -. Ayer estuve hasta tarde en Plaça Catalunya…

-¿Qué pasa en Plaça Catalunya?

-¿Qué quieres decir?

-Que si había un concierto o algo.

-No, es por lo de la concentración… La acampada… Como en Madrid…

-Ni idea, chico.

-Joder, ¿de verdad no te has enterado de nada?

-¿Cómo quieres que me entere, si entro a trabajar aquí a las seis de la mañana y salgo a las seis de la tarde, y tengo tres críos pequeños?

Mierda. Hay una metáfora ahí, en lo que acaba de decir, pero se me escapa. Se me escapa del todo, junto con los restos de eso parecido a una experiencia estética que viví ayer tarde. Tendré que reflexionar al respecto. Puede que dentro de un rato, cuando vuelva a la plaza a por una segunda opinión de mí mismo.

Las 20:20, Plaça Catalunya, segunda vuelta: he quedado con uno de mis amigos más cínicos, aún más que yo si cabe, y soy incapaz de encontrarle; los entre 500 y 800 de ayer superan hoy con creces los 1.500 mal llamados “indignados”. El único, aunque grande, grupo de sentada de opinión y debate, se ha convertido en media docena de otros iguales, con el mismo derroche de mezcolanza de pareceres. Más puñados de hippies, parejas de jubilados, un chaval haciendo burbujas de jabón gigantes para entretener a los niños que los muchos padres presentes han traído consigo, corbatas flojas, ojos aún enrojecidos después de las ocho horas anteriores frente a anónimas pantallas de ordenador, chicas Mango y vecinas de al lado y quiosqueros y una madre reciente dando el pecho en un banco. Desde donde estoy, la reunión se ve enorme y vuelve a arrastrarme. Encuentro a mi amigo, se hacen las 21:00, la cacerolada llega puntual. Mi amigo aplaude, y veo en sus ojos que también a él le ha atrapado esto: la euforia, la intuición de estar viviendo en directo un capítulo en un hipotético libro de historia del futuro, a pie de calle, inmersos; el haber anulado a fuerza de realidad tangible (aunque algo deformada en los bordes, quizá, por cierto optimismo excesivo, en cuanto a que nos resulta tan nuevo ser optimistas al respecto de algo que parecía tan ajeno y tan enorme…) la enésima y mediocre campaña electoral de fanfarrias descoloridas y mierda pintada de caviar a cucharadas; el estar atento, ya sea al momento y lugar presente como al ritmo circadiano acelerado de las redes sociales que son la única vía de comunicación posible, ahora que los medios tradicionales parecen haber claudicado y ni siquiera se molestan en esforzarse por mantener las apariencias.

Ahí está otra vez la carne de gallina. Alguien de más o menos mi edad grita que es la primera vez que se siente orgulloso de ser español. Claro, ¿por qué no? Ya da igual. El caso es estar aquí.

(…)

20 de mayo de 2011, las 19:15h, Plaça Catalunya, Barcelona, España. Mi hijo, mi novia y yo nos hacemos una foto con mi móvil, que más tarde etiquetaré como “Peligrosos Antisistema Concentrados en Plaça Catalunya”: si tuviese que explicarlo, diría que hemos venido los tres porque tanto ella como yo coincidimos en que el enano tiene que ver que tanto el mundo como la gente pueden, como poco, parecer buenos, regirse por motivos correctos, pero las explicaciones ya me la traen al pairo. Como parece ser que se la trae al pairo a toda la plaza, que da toda la impresión de haberse reconfigurado a sí misma: comisiones varias distribuídas por las cuatro esquinas, grupos de animación infantil y de debate por todas partes, tenderetes vendiendo por cantidades simbólicas, cuando no regalando, revistas fotocopiadas y literatura contracultural y medios para fabricarte tu propio eslógan, corrillos como los de ayer y anteayer en los que intervienen catedráticos de economía y política para explicar motivos y exponer posibles soluciones… La concentración, el acto de sedición o como sea que se lo vendan hoy al que no ha estado aquí en ningún momento (porque no ha querido, que conste, que aquí cabemos todos), es una fiesta. Una celebración de cosas que por lo visto habíamos olvidado y que vamos redescubriendo a tientas que echábamos de menos. Nosotros tres estamos sentados en uno de ellos, viendo cómo un grupo de teatro alternativo escenifica las múltiples formas en las que podría evolucionar una carga policial, siguiendo los planteamientos que el publico asistente propone (¿y si alguno se pone violento con la policía?, ¿y si los antidisturbios entran a trapo porque sí, y nos quedamos sentados y agarrados unos a otros, oponiendo resistencia pacífica?, etc.). Es divertido, y al pequeñajo le encanta que, en lugar de aplaudir o abuchear o pedir nuevo turno de palabra, la concurrencia haga cosas raras con las manos y se aprende este “sistema de feedback respetuoso con las reuniones adyacentes” en cero coma cinco segundos, pero está cansado; además, hace ya un rato que sus dos mejores amigos del colegio, a los que sus padres y madres también han traído, se han marchado. Quiere ir a casa. Por supuesto, nos vamos.

Tres horas más tarde, en casa y ciertamente feliz, aunque no (demasiado) exhaltado, escribo esto que acabáis de leer. No pienso repasarlo ni modificarlo y corregiré lo justo. Es mi especie de crónica del tema que, para muchísimos, capitaliza la atención ahora mismo y sobre el que ya habéis leído, oído y visto de todo y más aún. Ni por asomo la mejor, ni la más imparcial, ni la mejor documentada, pero es la mía.

De eso, en el fondo, va todo este asunto.

Antes que nada, y por si alguien se lo pregunta: me considero antidemócrata. Una de la media docena escasa de cosas importantes que ha aprendido en treinta y dos años de vida es que un político, cualquier político, al final, no es más que alguien que se despierta cada mañana con la esperanza puesta en decirle a los demás lo que deben hacer; y eso convierte a cualquiera, a mi modo de ver, en un enfermo mental peligroso. Creo firmemente en que el ser humano en general, ya inmersa la especie en el siglo XXI del calendario gregoriano, no es ningún crío pequeño al que se deba educar a base decretos unilaterales, amenazas, multas y demás, sino con guías de procedimiento y con opciones. Como creo muy de corazón en que los varios sistemas entrelazados existentes (del sistema financiero al sistema electoral, pasando todos los sistemas de clase y culturales), están obsoletos y sólo sirven para perpetuar a los locos en sus poltronas y a los bobos frente a sus múltiples plataformas de entretenimiento; a su vez, el mero hecho de votar perpetua y otorga validez a dichos sistemas.

Es por todo esto, y por la simple, llana y vieja coherencia con uno mismo, por lo que no puedo, moralmente, apoyar ni a ¡Democracia Real Ya! ni a No Les Votes.

Aun así, esta tarde voy a estar en Plaza Catalunya, manifestándome y lo que haga falta con los acampados allí y con quien tenga a bien pasarse.

Mi idea de un “Estado Deseable de las Cosas”, o sea, mi utopía personal: que tomásemos conciencia, al fin, de qué somos, quiénes somos y en qué momento nos encontramos; un mundo organizado en pequeñas comunidades autogestionadas, anarquistas (esto es, sin gobierno definido y sólo dependiente de las variaciones de flujos de fuerza y pensamiento y gestión de la información y los recursos de la misma comunidad) y relacionadas sinérgicamente entre sí, con cada uno de los miembros que las conforman tomando responsabilidad última de sus decisiones, ideas  y actos a fin de ponerlos en común con los de los demás.

A veces, para qué engañarnos, fantaseo un poco demasiado para mi propio bien con que en algún momento la tecnología avanzará lo suficiente como para permitirme comprar con mis ahorros un pequeño asteroide terraformado y una nave espacial, emigrar allí, solo, y sentarme a silbar mientras observo con mi telescopio cómo el planeta tierra revienta. Me temo que soy algo sociópata, y además arrastro conmigo, como un estigma, un serio trastorno de ansiedad crónica.

Es por esto que, desde que tengo derecho a voto, casi nunca lo he ejercido o me he dedicado a sabotear la mesa electoral que me correspondía. Es por esto que nunca me acerco a manifestaciones ni acciones reivindicativas y por lo que, por mucho que ame a la música por encima de todas las cosas, cada vez asisto a menos conciertos o a cualquier lugar donde haya demasiada gente.

Aun así, esta tarde voy a estar en Plaza Catalunya.

¿Por qué? Yo mismo llevo preguntándomelo todo el día, desde que ha decidido que debía estar ahí. En parte, supongo, es porque soy uno de esos demagogos que se quejan de que la gente salga a la calle a celebrar el resultado de un partido de fútbol, pero no a luchar por lo que les corresponde, pero a la vez intento ser consecuente. En parte, porque veo lo que está emitiendo LaTele.cat, esa reacción popular al modo en que se le ha destapado el plumero estos días a los medios de comunicación tradicionales, reacción a la estupidez del ayuntamiento de apagar las omnipresentes cámaras de la zona sin contar con que hoy en día ya todos llevamos una cámara y una conexión a Internet encima, y trazo paralelismos entre lo que los vídeos me muestran sobre cómo se están organizando allí y cómo me gustaría a mí que fuesen las cosas. En parte, porque el momento huele a historia y quiero formar parte de ella, no sólo leerla en Twitter, porque siento que los que ya llevan protestando desde el domingo lo están haciendo un poco por mí y no me gusta ir debiendo cosas, menos aún si las deudas son morales.

Así que esta tarde voy a estar en Plaza Catalunya. Manda cojones. Quién me lo iba a decir a mí.

Lo admito, conozco personalmente a Javier Iglesias. Pero no conozco personalmente a Javier Iglesias. Nos hemos visto las caras, como mínimo y que yo recuerde, una vez. Hemos tomado café juntos. Tenemos amigos en común y hemos intercambiado más de una docena de emails. Hemos chateado y nos hemos mandado mensajes privados. Sé quién es (casi) de primera mano. Pero nunca me he emborrachado con él. Ni compartido una tertulia, ni visitado la librería en la que trabaja, ni estado en su casa. De su vida privada no sé más que los retales que voy cosiendo juntos a partir de lo que otros me cuentan de él. Nuestros nombres aparecen cerca, como colaboradores, en más de una publicación que corre por ahí, y me encanta su material en ellas.

Esto viene a decir que, a la hora de hablar de El Beso de Borges y otros absurdos cotidianos (Ediciones Equi-Librio), su primer libro, no soy imparcial. Pero sí lo soy. Porque le conozco personalmente, es amigo, pero no le conozco TANTO ni es TAN amigo como para sentirme raro e idiota al afirmar que esta especie de “novela-pero-no” que ha confeccionado, me parece la obra de un escritor impresionante.

Él podrá pensar lo que quiera, porque por lo que sé y lo que deduzco el señor Iglesias debe tener un serio problema de gestión de la autoestima (y tampoco es que lo vaya escondiendo: su blog se llama “Vida Puta y Sin Talento” y tanto en el prólogo como en la misma reseña biográfica incluídos en El Beso de Borges, carga contra sí mismo con una virulencia que va bastante más allá de la pose y la falsa modestia), pero lo que hace, lo hace muy bien, demasiado bien a ratos, manejándose muy, muy suelto en un estilo aterradoramente propio, a pesar de ser desopilantemente bastardo; algo del todo íntimo a pesar de dejar ver clarísimamente un montón de costuras que van desde el realismo sucio al realismo mágico, de lo más pop a la poesía barroca, de Carver a Kafka pasando por el cuento de terror cósmico y ciencia-ficcionero sin cobrar (ni de coña) las 20.000; obligando al lector a devorar uno tras otro, sin (casi) poder ni querer pararse a reflexionar, los quince relatos que conforman la antología; y eso no es algo que un mal escritor sea capaz de hacer, ni siquiera uno regular.

Además, para colmo, te ríes. Quizá se deba a esa falta de autoestima que mencionaba antes, y de ser así más que bienvenida sea, pero El Beso de Borges destila un cinismo con el que yo no me había topado en años. El cinismo del que no tiene nada que perder y, de hecho, se la trae al pairo todo. Total, no es que Javier Iglesias tenga, creo, precisamente la esperanza puesta en que le citen en el EP3 en un futuro siquiera lejano… Cosa que lo relaja todo muy mucho, tanto la experiencia lectora como la falta de condicionantes autoimpuestos a la hora de dejar que aflore la risa cruel por más que los pobres miserables que, de media, son los personajes principales en los relatos del libro, pasen las de Caín; la mayor parte del tiempo justo por ser unos pobres miserables. Sí, esa clase de cinismo y de buen hacer que, la verdad, se echa bastante de menos en demasiado de lo que se está publicando ahora mismo. Esa “actitud”, si se me permite (y también manda cojones que tengamos que ir pidiendo disculpas por mencionar la actitud, pero ese es otro tema…), que añade un valor precioso y fundamental a El Beso…

Y ahí me quedo. Siempre. Contar nada más de este exquisito monstruo que se ha trabajado Javier Iglesias sería una estupidez, caer en la redundancia y resignarse al spoiler. Debería bastar. Esto nuestro es literatura, no estadística e ingeniería de caminos y puentes. (Casi y otra vez) actitud sólo y sentimiento.  Suerte tenemos de que de eso al tipo que nos atañe le sobre suficiente como para imprimir, encuadernar y así permitirnos obsesionarnos con ello un buen par de días, sin cortes.

No sé si será la primavera, el exceso de trabajo de estos días (uno de los mil motivos por los que este vuestro blog lleva una temporada aletargado) o si de verdad algo está pasando y yo sólo lo pillo de refilón, pero el caso es que últimamente aprecio muchísimo movimiento a mi alrededor. Gente haciendo cosas más que interesantes y que salen al mundo con aparente facilidad, cosas que destilan pasión y buen hacer, gente cercana y otra no tanto, pero todos despertándome un tontísimo orgullo ajeno (lo que vendría a ser lo opuesto a la vergüenza ajena, para entendernos) que, qué coño, aunque no signifique nada para casi nadie, a mí me hace feliz. Cosas y gente como…

* Pablo E. Soto, que acaba de poner a la venta su nuevo fanzine, El Visitante: 44 páginas de cómic extraño en blanco y negro, envueltas en fucsia y lila, con colaboraciones de un servidor (dos historias cortas: La Niña Robot de Sauce Quebrado y Declaración de Guerra Remix), así como de artistazos como Esteban Hernández, Martín López o Brais Rodríguez. Se puede comprar, por 4 euros de nada, en las librerías Laie CCCB (c/Montanelegre 5, Barrio del Raval), La Central del Raval (c/ Elisabets 6) o RAS (c/ Doctor Dou 10), todas de Barcelona,  y en Valencia en la Librería Futurama (c/ Guillem de Castro 53).

* Ricardo Riera, al que por lo visto le va genial con su primera novela, Dragún, que estuvo una temporada entre los diez libros más vendidos en Venezuela (y no es ningún rollo en plan “en Japón estamos arrasando”; lo que pasa es que el libro sólo ha salido a la venta, de momento, en sudamerica), y le permite dar entrevistas tan interesantes como ESTA.

* Ernesto Rodríguez, que ya tiene lista y a puntito de ver la luz del día su segunda novela gráfica,  ésta en solitario: Gael y la Red de Mentiras.

* Alfredo de Hoces, que me tiene enganchadísimo con su Fuckowsky, Memorias de un Ingeniero, casi un manifiesto “suciorrealista” y ciertamente aterrador que, además, se puede descargar gratis AQUÍ.

* Javier Iglesias, cuyo El Beso de Borges nos está esperando, a mí y a mis ganas de hincarle el diente después de las varias cosas buenas que se han dicho de él, en Correos, listo para ser devorado este mismo fin de semana.

* Javier Esteban, que desde hace un par de semanas nos da cada sábado una lección de periodismo y política sin demagogias ni gilipolleces desde el nuevo e interesantísimo portal Diatriba.

* Suîte MoMo, definitivamente uno de mis grupos favoritos de la actualidad, que por lo que cuentan tiene ya listo su segundo disco Decálogo de poemas desesperados y una canción de amor, en el que prometen algo más de dureza y alguna que otra nana.

* Luis Gámez, que se estrena en Aristas Martínez con un artefacto titulado El Libro de las Transformaciones, al que se refieren por ahí con perlas como: “es una invitación al autoconocimiento escrito por un puto friki licenciado, currante y melómano con algún que otro guiño o matiz dada-surrealista. Un libro escrito con cerebro-corazón-alma por un amante del amor, de la vida y de la belleza de las cosas.”

* Más música: Koulomek, otro de los que gustan mucho por aquí, que va cocinando nuevos temas mientras promociona piezas del arsenal de la mítica KORG.

Gente en movimiento. Gente que además de moverse, mueve a gente como yo. Podríamos llamarlo influencias.