#AcampadaBcn

18 de mayo de 2011, las 20:14 h, Plaça Catalunya, Barcelona, España. Ni un policía cerca. Toda la tarde corriendo rumores de smartphone en smartphone, que en cosa de minutos se convierten en realidades documentadas: una amenaza de bomba aquí al lado ha paralizado el centro de la ciudad un par de horas; en la capital del reino, la Junta Electoral ha declarado la protesta, motín o cómo coño haya que llamarla, ilegal, aduciendo unos motivos tan absurdos, de absurdo de libro, literal, Beckettiano, que muchos por aquí creen durante un buen rato que sólo es una falsa noticia de algún blogger con ganas de cachondeo; resulta que no, que es cierto, pero también resulta que eso a la gente le da igual y van a acudir de todos modos. Bien.

Paseo por la plaza: pancartas a bolígrafo, pancartas a rotulador, algunas hechas por niños que han pasado por aquí esta mañana. Han improvisado un punto de bookcrossing: uno puede llevarse cualquiera de los libros que otros han dejado (“liberado”, lo llaman) sobre la lona-biblioteca, o liberar los suyos propios; casi todos tratan de lo mismo, de cambio y reflexión para el cambio y revolución. Hay mucha gente joven, a qué negarlo, pero no tanta como dicen por ahí; o más bien no sólo: aquí tenemos a los hippies y a los perroflautas de siempre, y un poco más allá una señora ya bien entrada en sus sesenta, justo al lado de un grupo de cuarentones con pinta de acabar de salir de la oficina, al fondo brilla el abrigo de vinilo turquesa de una fashion victim, hay gente vestida de mensajero y gente con el uniforme de Zara, hay trajes y bermudas militares a juego con camisetas de Slayer, hay chinos, paquistaníes y un montón de franceses y grupitos de niñas monas llevando una pancarta impresa en Din A4 en una mano y una bolsa de FNAC en la otra… decir “heterogéneo” sería quedarse muy corto.

Hay una cosa más, que pesa muchísimo y lleva intrigándome desde que he llegado: silencio. Hace años que paso por aquí, y no recuerdo tan poco bullicio, tan poca contaminación acústica para un lugar de paso eminentemente enfocado al comercio y al turismo, casi el centro geográfico de lo que vendría a ser la segunda capital del país. Es raro. Pero sólo hasta que los congregados, la “nueva escoria” (si se me permite parafrasear el cliché acuñado por el señor Warren Ellis para una obra de ciencia ficción, pero que, creo, viene al pelo aquí), se sienta. Tal cual. La gente se sienta en el suelo, calladísima y atenta, y uno por uno van pidiendo la palabra mientras el resto de las, a bote pronto, entre 500 y 800 almas aquí presentes escucha.

Resumiendo muy mucho: se habla de política y de economía, se repiten y extienden los motivos ya expresados en las varias pancartas como para romper el hielo y se pasa a los casos concretos y las soluciones: se cuentan historias de situaciones límite, vida precaria a pesar de las apariencias, relatos de cómo se llega al momento en que no se tiene nada que perder; alguien explica rápido que esto no es flor de un día, que viene de lejos y hay que ser conscientes de ello y no impedir que siga lejos, hacia delante; una mujer se emociona a medio discurso y tiene que parar y echarse a llorar mientras sonríe y da las gracias a todos; se nos explica cómo están estructuradas las diferentes comisiones que se encargan de cada aspecto de la logística y la comunicación de acampados y manifestantes. Aquí, ahora mismo, frente a mis narices, se está haciendo política de verdad. Eso que creíamos que era la política cuando nos explicaban los fundamentos en el colegio. En determinado momento, un tipo con todo el aspecto de profesor de ciencias en un instituto cualquiera, comenta que quizá lo de la ilegalización por parte de la Junta Electoral no sea tan absurdo: puede que sea un argumento en su favor, en caso de que las elecciones acaben dando una verdadera sorpresa y haya que recurrir a lo que sea para impugnarlas, no vaya a ser que le demos la razón a los que la tienen… Casi nadie se lo toma en serio, pero yo me apunto el dato conspiranoico, por si acaso.

Las 21:00h en punto: se corta el debate, todo el mundo en pie, empieza la cacerolada. El silencio se esfuma en un parpadeo. Un caos otra vez heterogéneo. Algo así como el brazo armado de ruido de exactamente los mismos. Otro modo de expresar el disgusto, exquisitamente desordenado. No sé en qué momento ha empezado a pasarme, pero tengo la carne de gallina. Me han ganado para la causa, de algún modo. Ahora mismo, eso es lo que creo. Voy a quedarme un buen rato aquí, puede que días, aunque sólo sea en espíritu.

(…)

19 de mayo de 2011, las 10:20h. Hablo con la directora de la residencia de ancianos en la que trabajo los jueves por la mañana, uno de mis tres empleos:

-Vaya cara traes -dice.

-De cansancio -apunto, porque por cómo me está mirando seguro que piensa que vengo de resaca -. Ayer estuve hasta tarde en Plaça Catalunya…

-¿Qué pasa en Plaça Catalunya?

-¿Qué quieres decir?

-Que si había un concierto o algo.

-No, es por lo de la concentración… La acampada… Como en Madrid…

-Ni idea, chico.

-Joder, ¿de verdad no te has enterado de nada?

-¿Cómo quieres que me entere, si entro a trabajar aquí a las seis de la mañana y salgo a las seis de la tarde, y tengo tres críos pequeños?

Mierda. Hay una metáfora ahí, en lo que acaba de decir, pero se me escapa. Se me escapa del todo, junto con los restos de eso parecido a una experiencia estética que viví ayer tarde. Tendré que reflexionar al respecto. Puede que dentro de un rato, cuando vuelva a la plaza a por una segunda opinión de mí mismo.

Las 20:20, Plaça Catalunya, segunda vuelta: he quedado con uno de mis amigos más cínicos, aún más que yo si cabe, y soy incapaz de encontrarle; los entre 500 y 800 de ayer superan hoy con creces los 1.500 mal llamados “indignados”. El único, aunque grande, grupo de sentada de opinión y debate, se ha convertido en media docena de otros iguales, con el mismo derroche de mezcolanza de pareceres. Más puñados de hippies, parejas de jubilados, un chaval haciendo burbujas de jabón gigantes para entretener a los niños que los muchos padres presentes han traído consigo, corbatas flojas, ojos aún enrojecidos después de las ocho horas anteriores frente a anónimas pantallas de ordenador, chicas Mango y vecinas de al lado y quiosqueros y una madre reciente dando el pecho en un banco. Desde donde estoy, la reunión se ve enorme y vuelve a arrastrarme. Encuentro a mi amigo, se hacen las 21:00, la cacerolada llega puntual. Mi amigo aplaude, y veo en sus ojos que también a él le ha atrapado esto: la euforia, la intuición de estar viviendo en directo un capítulo en un hipotético libro de historia del futuro, a pie de calle, inmersos; el haber anulado a fuerza de realidad tangible (aunque algo deformada en los bordes, quizá, por cierto optimismo excesivo, en cuanto a que nos resulta tan nuevo ser optimistas al respecto de algo que parecía tan ajeno y tan enorme…) la enésima y mediocre campaña electoral de fanfarrias descoloridas y mierda pintada de caviar a cucharadas; el estar atento, ya sea al momento y lugar presente como al ritmo circadiano acelerado de las redes sociales que son la única vía de comunicación posible, ahora que los medios tradicionales parecen haber claudicado y ni siquiera se molestan en esforzarse por mantener las apariencias.

Ahí está otra vez la carne de gallina. Alguien de más o menos mi edad grita que es la primera vez que se siente orgulloso de ser español. Claro, ¿por qué no? Ya da igual. El caso es estar aquí.

(…)

20 de mayo de 2011, las 19:15h, Plaça Catalunya, Barcelona, España. Mi hijo, mi novia y yo nos hacemos una foto con mi móvil, que más tarde etiquetaré como “Peligrosos Antisistema Concentrados en Plaça Catalunya”: si tuviese que explicarlo, diría que hemos venido los tres porque tanto ella como yo coincidimos en que el enano tiene que ver que tanto el mundo como la gente pueden, como poco, parecer buenos, regirse por motivos correctos, pero las explicaciones ya me la traen al pairo. Como parece ser que se la trae al pairo a toda la plaza, que da toda la impresión de haberse reconfigurado a sí misma: comisiones varias distribuídas por las cuatro esquinas, grupos de animación infantil y de debate por todas partes, tenderetes vendiendo por cantidades simbólicas, cuando no regalando, revistas fotocopiadas y literatura contracultural y medios para fabricarte tu propio eslógan, corrillos como los de ayer y anteayer en los que intervienen catedráticos de economía y política para explicar motivos y exponer posibles soluciones… La concentración, el acto de sedición o como sea que se lo vendan hoy al que no ha estado aquí en ningún momento (porque no ha querido, que conste, que aquí cabemos todos), es una fiesta. Una celebración de cosas que por lo visto habíamos olvidado y que vamos redescubriendo a tientas que echábamos de menos. Nosotros tres estamos sentados en uno de ellos, viendo cómo un grupo de teatro alternativo escenifica las múltiples formas en las que podría evolucionar una carga policial, siguiendo los planteamientos que el publico asistente propone (¿y si alguno se pone violento con la policía?, ¿y si los antidisturbios entran a trapo porque sí, y nos quedamos sentados y agarrados unos a otros, oponiendo resistencia pacífica?, etc.). Es divertido, y al pequeñajo le encanta que, en lugar de aplaudir o abuchear o pedir nuevo turno de palabra, la concurrencia haga cosas raras con las manos y se aprende este “sistema de feedback respetuoso con las reuniones adyacentes” en cero coma cinco segundos, pero está cansado; además, hace ya un rato que sus dos mejores amigos del colegio, a los que sus padres y madres también han traído, se han marchado. Quiere ir a casa. Por supuesto, nos vamos.

Tres horas más tarde, en casa y ciertamente feliz, aunque no (demasiado) exhaltado, escribo esto que acabáis de leer. No pienso repasarlo ni modificarlo y corregiré lo justo. Es mi especie de crónica del tema que, para muchísimos, capitaliza la atención ahora mismo y sobre el que ya habéis leído, oído y visto de todo y más aún. Ni por asomo la mejor, ni la más imparcial, ni la mejor documentada, pero es la mía.

De eso, en el fondo, va todo este asunto.

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