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Archivos diarios: 23 mayo, 2011

Ayer no fui a votar. En el primero de estos tres posts dedicados al ahora mismo y lo que se está cociendo y cómo me está afectando, creo que ya he explicado mis motivos lo suficiente, y ni las acampadas ni la (esta vez de verdad, con sentido) jornada de reflexión me han hecho moverme un milímetro de mi coordenada a medias anarquista, a medias crédula. No he comulgado en ningún momento con la tesis de que no había que votar a los partidos mayoritarios, pero que había que votar, tanto sí como sí. Nunca he entendido lo de cambiar el sistema desde dentro, eso tan de adolescente apocado, tan de vamos a llevarnos todos bien y, la verdad, no es que no esté de acuerdo con este punto o aquel punto de más allá, es que no estoy de acuerdo con el sistema entero. Sin matices. Si no me gusta el puto juego, desde luego no voy a copiar-pegar las reglas. Simplemente, no me meto en la partida.

Ya, ya lo sé… Llevo desde el viernes noche oyendo de todo: que soy un gilipollas, que soy un antisistema de los malos, que me guste o no ya estoy en el juego y que, ya que estoy, bien podría “abrir los ojos”, que no tan en el fondo soy un apoltronado y un burgués, que soy un radical, que si me creo que la política es como en los cómics, que si…

Esa ha sido mi jornada de reflexión. Y creedme si os digo que he reflexionado bastante, y a hostias.

Anoche seguí con interés y online tanto los resultados parciales que iban arrojando los escrutinios varios como las reacciones a éstos por parte de los acampados en Madrid y Barcelona. En ambos lugares se decidió que, independientemente de los resultados, la protesta seguiría adelante. Cosa que me parece de puta madre. Es una estupidez creer que lo que se estaba pidiendo, se iba a obtener con apenas una semana de hacer ruido y menos de tres días de cobertura mediática más o menos parcial.

A este respecto, esta mañana me he despertado con los resultados definitivos de la votación y un twitt del gran David Bravo: “En el mundo del cortoplacismo si un tipo en coma se despierta la gente cree que es un fracaso que mañana no esté bailando claqué”. No, no ha sido un fracaso. En esta semana se ha hecho historia. Así, tal cual. El tipo en coma se ha despertado a fuerza de sentido común y, si bien no está bailando claqué, al menos ha podido entrever que otra forma de pensar la realidad inmediata es posible. Sólo eso, entreverla. Pero ya es mucho más de lo que teníamos hace dos semanas.

Me he ido a trabajar y ha llegado el chaparrón: burlas de los compañeros votantes de CiU, preguntando que dónde estaban mis asambleas y mi organización horizontal ahora; broncas de otros compañeros, los “indignados”, y aún peor, de algún que otro amigo, porque según ellos, si no he ido a votar (aunque sea por coherencia conmigo mismo y mis ideas y porque eso tampoco se negocia en apenas una semana de convulsión) mis opiniones quedan automáticamente invalidadas. Curioso, porque ese ha sido justo el mismo argumento que me ha escupido a la cara una de las usuarias del centro de día que me da de comer, de derechas burguesas catalanas de toda la vida y orgullosa de serlo, cuando he intentado explicar por qué creo que Barcelona, durante los próximo cuatro años, básicamente se plegará a lo que le venga en gana al PP.

A la hora de comer, he vuelto a sentirme parte de nada. Igual, igual que hace dos semanas. Ahí estaban otra vez el viejo cinismo, la vieja falta de fe en la especie humana y las viejas ganas de ver el mundo arder. Ha sido rápido. Ha sido agradable. Me he acordado de momentos puntuales durante las reuniones de intercambio libre de ideas durante la #acampadabcn; de cómo comentaba con alguien que quizá ya estaba bien de tanto repetir las mismas consignas, las mismas canciones, de antaño, las de la resistencia franquista, las de mayo del 68, las frases del Imagine de Lennon descontextualizadas, si esto que estaba pasando lo hacía en el futuro y era evidentemente diferente. He sospechado por un segundo que lo más probable fuese que ese decir lo mismo y cantar lo mismo de siempre llevaba pareja una carencia grande de ideas suplida de forma bastante chapucera con un pensar lo mismo de siempre. Ahí estaba la vieja mediocridad y, de repente, un engranaje gordo y brillante ha encajado en su sitio y todo ha echado a rodar. No me he podido quitar la sospecha de la cabeza, y ésta ha acabado enquistándoseme, porque ahora todo cuadraba: la sospecha, el desprecio y el entusiasmo de la semana pasada, sumados hacia atrás y bien claros.

Así pues, no, esto no se acaba. Seguirá durante un tiempo más, ojalá que mucho, e imagino que hasta que se llegue a un equilibrio por ambas partes (“indignados” y “gobernantes”) que deje a los segundos exactamente donde están, aún bien amarrados, pero cuidando las formas un tanto más para que no les vuelvan a liar la que les han liado los primeros, quienes celebrarán agotados el haber podido dar por fin un paso adelante después de los cincuenta pasos atrás de este principio de siglo XXI.

Como tampoco se acaba “lo mío”. He aprendido mucho de esto, y eso es lo que pretendo decir con este texto. Me ha refrendado, al final, en cosas sobre las que, sinceramente, estaba empezando a dudar. En que estamos mucho peor aún de cómo nos lo pintan. En que ni me gusta el sistema, ni las personas que lo conforman y se conforman con él, ni la falta de imaginación y de perspectiva. En que si de verdad odio todo esto, lo mejor que puedo hacer es hacer todo lo que pueda por salirme, como estaba intentándolo hasta ahora pero con redobladas ganas. En que uno debe tomar responsabilidad por sí mismo si no quiere que los demás le echen a perder lo poco bueno que le pueda quedar, y que para ello debe mandarles a la mierda.

O sea que, a la mierda. No más acampadas, no más fiesta, no más consenso.

Y buenas noches.