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Archivos diarios: 29 noviembre, 2011

Forman como nuevos reclutas, tan limpios y tan recién salidos del pasado inmediato y que desde hoy ya no importa, listos para ocupar cierta trinchera, a las órdenes de sus nuevos amos. Van a morir, de algún modo. Forman sobre la funda azul pitonisa de la mesa, echando de menos a la bola de cristal, las runas, la vela y la campana; el libro está. Los libros están. Dispuestos a ser eviscerados pero sólo desde un plano; un plano intelectual y ambiguo.

 

La concurrencia. Los que no conozco, los que conozco mucho y los que conozco algo menos. En primer plano, de izquierda a derecha, yo -el autor-, Javier Calvo -traductor y novelista, maestro de ceremonias- y Luis Gámez -escritor y músico, forense-; en segundo, los intrumentos biológicos de escaneo y registro. Empieza la disección y se dice que Orígenes del Lodo amalgama tanto que es imposible encuadrarlo en un solo género,  “no es ciencia ficción, no es alegoría, no es surrealismo y no es terror: es simplemente un monumento a sí misma. Genera su propia definición y sus propias normas.” . Intentamos ajustar el diafragma de la imagen de conjunto: defino a algunos de mis libros, sobre todo Cinco Canciones de Cuna y este Orígenes del Lodo como artefactos: dispositivos de mecánica alquímica para la hipnosis cultural que monto a base de géneros y de interferencias. Algo de lo que he dicho ha debido, necesariamente, convencer a alguien. Aun así, seguimos debatiendo.

Se supone, y se supone bien, que un escritor más o menos siempre se adscribe a alguna tradición, a alguna corriente, se dibuja en una esquina como un afluente de un todo mayor. Se me calientan los cascos y tomo notas y me dibujo en mi propia libreta. Espirales, más que nada. También un sello, que no me saca del apuro pero me consuela. Declaro que soy mi propia corriente literaria, porque no sé qué más decir y porque le debo demasiado a demasiados antes y otros tantos que vendrán. Para decir eso hay que o bien tener muchos huevos, o ser un inconsciente de cojones. Adivinad qué soy yo. Ni un soldado ni una pitonisa, eso os lo aclaro desde ya.

La terrible y pequeña muerte que representa explicarse. No, no me considero hermético, pero creo con fe ciega y fanática que lo que hago sólo puede traducirse desde la escritura misma, desde la abstracción de la letra y los procesos implicados en su decodificación, desde el intelecto sobrerrevolucionado, desde que los conceptos adquieran entidad Dentro, porque Fuera, en el espacio comunal de lo oral y la conversación, éstos tienden a convertirse en mutantes defectuosos, deformidades cojas y tuertas y medio idiotas.

“En Orígenes del Lodo, la segunda entrega de la trilogía iniciada con su anterior Cinco Canciones de Cuna, Fco. Javier Pérez lleva al lector de vuelta al espacio, texturas y temas en ésta con una historia radicalmente distinta y, al tiempo, paralela; un cuento de hadas industrial y posmoderno sobre la contaminación ambiental y psicológica, y los límites de la realidad consensual.”

Aún no hace cuatro días de la presentación de Orígenes del Lodo, y ya tenemos aquí la primera reseña. Espectacular, sonrojante y de la mano del señor Rotbailer:

Imaginemos una red. Dentro de la red un núcleo. Personajes atrapados por aquello de lo que están indefectiblemente construidos, sea esto el estado químico cualesquiera. Ahora piensen, ¿qué es lo que siempre puede moverse dentro de una red, cuando todo está atado y bien atado? Claro que hay agujeros, joder. Si no, ¿de qué mierda de red estamos hablando? ¿Quién ha dicho cucarachas? ¿Quién ha dicho palabras-miasma, twisted things, twisted creepy words, nuevos SIGNIFICADOS obligan a nuevos BAUTIZOS?

Así da gusto, joder.