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Archivos Mensuales: diciembre 2011

Ayer lunes, 12 de diciembre, entró en funcionamiento Psiquemáquinas, un blog de escritura y creación. Pero no el típico blog de escritura y creación. Psiquemáquinas funciona, desde ayer, 12 de diciembre, gracias al aliento de Carlos G. De Marcos, quien ha tenido a bien invitar a su régimen a unos cuantos allegados y adeptos, tales como Álvaro Barcala, Tony Fuentes y un servidor. Curioso, porque tres de los artistas a los que en los últimos cuatro meses he seguido con mayor intensidad y regularidad son precisamente el mismo Carlos G. De Marcos, Álvaro Barcala y Tony Fuentes. Dei ex machina. Psiquemáquinas, de algún modo; arrancando a 12 de diciembre de 2011, justo un año antes de la fecha que algunos de los miles de maguferos apocalípticos señalan como principio del fin de los tiempos. Cuadra. Ayer lunes, 12 de diciembre, Psiquemáquinas se puso en marcha con apenas dos líneas de presentación y “Lorca Cagliostro, una divergencia”, un relato mío aún inédito y al que le tengo especial cariño. Nada más. Sin manifiesto. Aunque Carlos, el padre de todo esto, operador de la psiquemáquina, sí nos proporcionó en privado un pequeño texto (titulado, con muy mucho tino, “En el umbral”) que se paladea como una firme declaración de intenciones y se asimila como un tónico. Buen aceite de motor, este texto, del que, con permiso del autor y toda la intención del mundo, reproduzco un par de fragmentos a continuación, a modo de aviso e invitación:

Hoy el arte ha perdido su carácter mágico, la experiencia que posee el poder de la revelación, la fuerza intangible que tiene el poder de la anticipación. Ha perdido la energía que contribuye a crear condiciones de cambio, la sospecha de lo posible en la vida, transformándose en una suerte de entretenimiento de élite sin profundidad ni significado. Hoy el arte no tiene sentido más allá de mostrar el ego del artista. Hoy padecemos un arte alejado de la sociedad, comprometido únicamente con quien le guarde la espalda al artista mientras el tiempo que dure el contrato entre ambas partes. Hoy padecemos un arte refugiado en su propia máscara. Un arte que no procura respuestas transcendentes ni inventa nuevos lenguajes. 
No se le pide aquí las respuestas de la filosofía, el psicoanálisis o la sociología, sino sus propias soluciones en tanto que fuerza creadora activa. Y ahí es donde debemos exigirle esas respuestas. En la negación de esa misma argumentación, el arte moderno podría ser considerado una suerte de arte científico, puesto que al igual que la ciencia no ofrece, no procura, esas respuestas transcendentes, no contesta a los por qué (y aquí debemos recordar que los niños -y los niños poseen una verdadera visión entregada al mundo- jamás preguntan cómo sino por qué) la ciencia se conforma con ofrecer simplemente el cómo. Ofrecer el cómo no es ir demasiado allá; es pedirnos subordinación a los mecanismos de funcionamiento. Esto no calma la sed.

[…]

No somos golems esperando ser creados por la palabra del mago negro de turno. Debemos hacer nuestra la palabra, habitarla, arrojarla a la cara del autonombrado demiurgo y destruirlo. Debemos ser poetas, el artista debe intentar por todos los medios a su alcance (y si no los tuviese inventarlos) hacerse poeta; cambiar la vida, transformar el mundo (sí, como decían los viejos surrealistas pero bajo el signo de nuestros tiempos, con nuestras necesidades). Aunque en el intento solo logre cambiar su propia vida ya será una enorme recompensa. La Experiencia Poética es la única herramienta que tiene el artista para destruir a la efigie, para combatir al dolor. Debemos transformar cada pintura en un poema, cada escultura, cada canción, cada novela, cada película, cada tratado filosófico en un bello poema y una búsqueda del Invisible que nos sane de nuestra condición anhelante. En definitiva: el artista debe marcar con su poesía el camino a seguir. Que rían los espíritus pobres si quieren. Del perezoso solo se puede esperar pereza y esto es absolutamente imperdonable en un hombre que se llama a sí mismo artista, creador, buscador del Invisible.

Ahí está Psiquemáquinas, pues. Bienvenido, como bienvenidos sois todos a él.