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Archivos Mensuales: febrero 2012

 

 

En la sala de proyecciones de Internet el largo proceso de absorción de información se desenvuelve en distintas formas de náusea.

Paso del balbuceo a la garganta encarnada y las lágrimas secas y saladas y escupidas a la bandera. Como los restos resecos de una eyaculación de tiro errado a la altura de la ingle en las sábanas del día después. Las formas simiescas embutidas en uniformes antidisturbios se  arremolinan. Están pendiente de títeres adolescentes y sus intenciones no pueden leerse tras la visera de sus cascos de contención remota. Atávicas formas sin ojos blandiendo porras y blindados con la fe en un profesionalismo que bien querrían para sí los millones de parados que no se manifiestan aquí hoy. Incubamos en las primeras filas un país tibio que no nos representa. Y los chavales caen en montones de carne apelmazada y macerada a golpes. Carga. El esputo trae una enfermedad desde las cavernas de la historia. Y la enfermedad se llama en algunos foros “regresión” y en otros “orden”. Pero sabemos que la enfermedad no tiene nombre. Lo sabemos en la sala de proyecciones. Aquí hoy no tenemos boca con que hablar. Las bocas que en la calle se cierran no son las nuestras. Vadeamos la ciénaga de nuestra sofisticación como si el cinismo implícito en ello no nos importase. Vello púbico decolorado con agua oxigenada y moho en los pliegues bajo las tetas caídas de la Puta España. ¿Aullaremos cuando nos arranquen también a nosotros los ahorros como si nos arrancasen la piel a tiras? Creételo. Nos pintamos símbolos en fosforescente verde que son consignas de otros tiempo. Otros tiempos a los que no hemos vuelto porque ni siquiera los relojes estropeados corren marcha atrás.

Cuando venga el Estado a traerme sus flores anémicas sé perfectamente lo que voy a contestarle. “Vuestra bandera no podría importarme menos”. “Escupo en la bandera española y en todas las demás también”. “Rojo gualda rojo con el que limpiarme el culo a lo sumo”. Todos los tópicos. Y pediré que me dejen solo en mi sala de proyecciones y si puede ser que me recomienden a alguien que pase un trapo. Todavía los huesos se romperán bajo la presión del simio. Un primitivismo que somos incapaces de entender desde el siglo veintiuno hace que el sol se ponga. Está por aquí flotando el espíritu sodomizado y de latón del Cine Español. Están por aquí las malas intenciones de la mediocre literatura española. Españolizante. Están por aquí los dedos incorruptos que sujetan el bolígrafo que firma la recesión por decreto. Cuando importa más la imagen que podamos dar al exterior que cualquier espacio estrecho al que nos consignemos. Como si de una expoliada Barcelona olímpica se tratase. No pueden los relojes correr marcha atrás. Hacia el barro que se va helando bajo nuestros pies. Ya no resbala.

Y algún día ya no querrás tocarme. Cariño. Por culpa de esta cosa roja gualda roja que me estigmatiza y los gusanos que supuro en la antesala de tus teorías. Y algún día nos frotaremos a oscuras en un acto tan sexual como el manifestante que deja inútil al antidisturbios pidiéndole más. Otro golpe. Agente. Me corro. Déme más. En la cara. Multitudes que marchan al son de ningún tambor. Cuando arrancaron a tiras la piel de toro a los tambores. Mediante reformas educativas que dejaron el pensamiento en fogueo. Estudiar ciencias como para buscarse la vida. Y nadie te explica que la vida es una ventisca que lleva cristales rotos disueltos en suspensión. Démosle una razón de ser a la letras. Y démosle una razón de vida al ser inventándonos esotéricas teorías para el Mal. Inventándonos a Los Mercados. A los masones. A los mansos y a los librepensadores. Siempre salpicando la culpa. Bajo ningún concepto reconoceremos que somos imbéciles. Porque hemos inventado prácticamente de cero la sala de proyecciones. Internet. Cariño. Y ya no querrás tocarme y todo esto serán excusas. No querrás tocarme por no haber reaccionado a tiempo. Por ni siquiera saber cómo hacerlo. Ya no hablemos del cuándo. Tus mil manos ya no serán las que me ojeen siquiera en sueños. Primera unidad en blanco. Segunda unidad en blanco. Al blanco vivo. Ardiendo más allá del calor absoluto por la falta de reflexión que trae pareja sólo ira. Tercera unidad en blanco. Todas las unidades de mi cultura en blanco.

Piel pulida al chorro de arena. El indignado hasta que le rechinan las tripas que supura destripado esa misma arena y un hilillo de sangre sobre la acera. Por haber estado aquí reivindicándose. Valiente imbécil. Dientes que ríen. Calles que vuelven a estar adoquinadas. Valiente símbolo de degradación así como de retroceso. Un valiente imbécil retrógrado por jefe de Estado. Calles adoquinadas de dientes. Por el choque de enemigo contra enemigo. Y paradójicamente ambos son uno y lo mismo. Y España al fin tiene lo que se merece.