EN LA SUÎTE MOMO

Entrad. Bienvenidos. Esto no es una crítica y casi, casi, casi no es ni una opinión. Estáis en mi versión particular de la Suîte Momo. Tiene tanto que ver conmigo mismo como con el “Decálogo de poemas desesperados y una canción de amor” que los altavoces de mi ordenador están escupiendo en este preciso instante. No es un crítica. Casi, casi, casi ni siquiera una confesión. Sí, pero no, pero sí. Quedaos un rato, por favor, pero no prestéis demasiada atención a los acabados. Mi Suîte Momo no está tan ordenada como la de otros; definitivamente, no es ni mucho menos tan bella. Escuchad…

 

1. Lo mismo que ayer.

Sí, hola, muy buenas. Estoy de vuelta, después de unas casi dieciséis semanas perseguido por cosas hechas de sombra y que me han estado empujando a una ristra de proyectos hacia los que de buena gana he corrido como propulsado por cierta pulsión suicida, como necesitando dejar cosas claras a modo de nota de suicidio. En estas casi dieciséis semanas de ser acosado por concupiscentes musas oscuras y gaseosas, manando de tapas de alcantarilla, surgiendo de túneles del metro, poseyéndome a plena luz del día y a la vista de todo el mundo en la esquina menos pensada, musas a prueba de balas y conjuros, por más estrambóticos que fuesen éstos, pero francamente majas, sinceramente cariñosas, he pergeñado una primera versión de la que espero sea mi nueva novela, la continuadora y entrega final de la trilogía Cinco Canciones de Cuna y Orígenes del Lodo; he jugado a ser editor de un fanzine a medias entre la literatura y el videojuego; he creado y pulido hasta la extenuación el guión de mi segunda película; y he luchado a cuchillo con una crisis nerviosa con cuerpo de quiebra económica, genitales de mala suerte envolvente, extremidades viscosas de autocrítica destructiva y el rostro de todas las mujeres que me han roto el corazón o simplemente negado sus favores sexuales durante toda mi vida adulta. Han sido dieciséis semanas de aventura; sí, podríamos llamarlo así. Sí, hola otra vez, muy buenas. Estoy de vuelta, tras casi dieciséis semanas y voy a intentar sacarme ahora la penúltima espina que me queda clavada y molesta en el espíritu, una constante recurrente, constantemente aplazada: decir algo del nuevo disco de Suîte Momo.

Del resto, de la novela y el fanzine y otro par de asuntos que dejo en el tintero electrónico, hablaremos otro día. Hoy, toca arremangarse y publicar esto de una maldita vez ya. No va a ser fácil.

 

2. Dionysos.

No va a ser fácil porque escuché por primera vez ese “Decálogo de poemas desesperados y una canción de amor” que va a ocuparnos durante los siguientes párrafos la noche del mismísimo día de mi cumpleaños; de fondo, celebrando con los colegas; a la mañana siguiente le dediqué otra buena escucha, atenta y paciente y resacosa; desde entonces llevo dándole vueltas a este texto; vueltas, literalmente. Porque mientras aún ponía en claro mis primeras ideas al respecto del disco, acudí a la presentación en directo de éste, y tuve que coger todo lo que llevaba redactado y tirarlo a la basura. Porque, permitidme el arranque de sinceridad, la media docena de veces que me había sentado a prestarle atención a lo nuevo de Suîte Momo, antes de aquel concierto, no me había gustado; el juego de palabras del título me parecía blando y facilón, la letra de algunos de los temas me parecía torpe y a medio hacer, la producción y el sonido de la mayoría de ellos se me antojaba pobre, irregular, descompensada, demasiado amateur para lo ambicioso que pintaba el disco en un primer momento y la calidad que el grupo había demostrado en la anterior entrega; tenía la continua sensación de que uno de mis grupos favoritos había dado un paso en falso, peor aún, un paso atrás. Sigamos sincerándonos: llegado el día de la presentación, ya casi había desistido de dar mi opinión en público de “Decálogo..”; Suîte Momo son viejos conocidos de esta casa, aún más viejos y aún más conocidos si tenemos en cuenta que un tercio de la formación actual del grupo son antiguos compañeros de instituto y amigos que antaño fueron íntimos, y no me parecía bien echarles mierda encima, menos aún si tenía en cuenta que era muy probable que esa mierda sólo estuviese en mi cabeza. Pero entonces fui al concierto…

 

3. Guantánamo.

En concierto, “Decálogo de poemas desesperados y una canción de amor” es otro, suena como debería. Un consejo, que contradice los rituales tradicionales de la historia del Pop: id a ver a Suîte Momo en directo antes de escucharles en la intimidad de vuestro hogar; luego, comprad sus discos y apreciadles a partir de la primera impresión resultado de su puesta en escena. Sólo entonces Suîte Momo serán vuestros, en la acepción más amplia de la expresión.

Para describir aquella presentación, necesitaría otro post entero. Tendrá que valer un resumen: encerrado en aquella sala con el grupo y sus acólitos, con su brutal distorsión y la madurez que demuestra cada componente sobre las tablas, me sentí estúpido más allá de toda profundidad y medida. Bien. En directo, Suîte Momo son algo así como el sueño húmedo de una adolescente tardía: algo duro y musculoso pero dotado de una sensibilidad serena y segura de sí misma; algo tan capaz de partirle la cara a quien te falte al respeto como de prestarte un recio hombro en el que llorar, un pecho en el que acurrucarte durante una perezosa mañana de domingo. A guitarrazos, Dani y David y los demás barrieron de encima de mi mesa ontológica toda esa mierda que, efectivamente, sólo estaba en mi cabeza.

 

4. 2 peces

En directo, Suîte Momo son puro y perfecto Pop. Son reales, honestos y efectivos, y comunican directamente como sólo el Pop puro, perfecto y verdadero puede hacer: de forma sentimental: hablan a la rabia (nótese el matiz: hablan “a”, no “de”) con rabia, hablan a la añoranza con añoranza, hablan al gusto pubescente por lo dionisíaco con gusto pubescente por lo dionisíaco y hablan al amor con amor.

“Decálogo de poemas desesperados y una canción de amor” es, por tanto y a la nueva luz, un disfraz. Y yo era un gilipollas que no había pillado el chiste.

 

5. Punto y final.

La contracubierta de “Decálogo de poemas desesperados y una canción de amor” reza:

“Suîte Momo nos introduce en diez historias de búsqueda de uno mismo, inquietas anécdotas de desencanto de sus protagonistas, escalones que cuando son superados nos llevan a la cima de la escalera de la vida: el amor”

Vale. El disco es un disfraz, yo soy gilipollas, veamos si podemos pillar el chiste… Dejo en la papelera todos los archivos de texto con mis prejuicios, hago sonar el “Decálogo…” en bucle en los altavoces de mi ordenador y escribo…

 

6. Momo 6.

(notas para una evaluación pista a pista del dichoso “Decálogo de poemas desesperados y una canción de amor”)

“Lo mismo que ayer”: sampler con ínfulas zen, puede que una declaración de intenciones – un riff de introducción que funciona a la perfección – “sigo pensando lo mismo que ayer”, desde luego, suena a los Suîte Momo de siempre – la canción estalla y se estabiliza y estalla de nuevo – un juego de sonidos anárquicos como colchón – remisión al sampler inicial – una puerta abierta – coros de fantasía.

“Dionysos”: rock noventero – algo de psicodelia forzada – primer problema con la producción: el tema podría sonar muchísimo más oscuro de cómo lo hace – aun así, la rugosidad de las guitarras y el bajo machacando cumplen de sobra a la hora de traer a primer término la angustia veinteañera que, creo, se pretende – ahí está parte del disfraz: la canción podría ser una cosa, pero es otra completamente distinta, como el mismo adolescente protagonista de la letra, que podría ser alguien pero es otro alguien completamente distinto del marco referencial en el que se le quiere encajar.

“Guantánamo”: corte brusco – acústicas sincopadas – otro espejo tramposo: podría ser una canción protesta, pero es algo distinto – aquí la psicodelia no se busca, no parece solicitada con tanta urgencia, pero desde luego llega y se queda, fluye – una muerte subacuática, renacimiento en una ínsula de distorsión y un coro deliciosamente intrascendente.

“2 peces”: oscuridad proto-grunge, ahora sí – esa modulación no le hace ningún bien a la voz pero, paradójicamente, sirve a la letra – baja definición – sin vestimentas superfluas – el punteo suelto de la guitarra solista le lleva a uno atrás en el tiempo, veinte años atrás.

“Punto y final”: el single que debería haber sido y no fue – otra capa pelada al disfraz – tan Suîte Momo como en el primer corte, pero con un tanto por ciento indeterminado a sumar de pura actitud – se invoca a la serenidad desde los campanarios de un órgano demasiado alto – campanarios que las guitarras tratan de escalar, ayudados de efectos – “escondido en el pasado” de la canción anterior, aún no recuperado para ésta, son indisociables, “punto y final” – esa batería es el tipo de corazón que me gustaría tener, la pieza que necesitaría si quisiese convertirme en un tanque mental humano.

“Momo 6”: embriagador y exasperante síndrome de derrochar el tiempo – letra perezosa arropada por una base rítmica de punk-rock rápido como un manifiesto automático – la psicodelia se ha quedado y no nos deja volver al presente.

 

7. Caperucita a ciegas.

En su día, Dani, el líder de la banda, me hizo llegar una copia previa del videoclip para que le diese mi opinión. Lo que le dije es algo que queda entre él y yo. Sólo voy a especificar que me parece una de las mejores conjunciones de imagen, música y letra que yo me haya echado a la cara en mucho tiempo, y que de cuando en vez rezo a deidades malévolas y manipuladores para que favorezcan que, en el futuro, en lugar de mi opinión, Suîte Momo me pidan que les escriba el guión de algo como esto. Así de efectivo.

 

8. Johnny muy mal.

expolio a las arcas de los primeros Soundgarden – más o menos lo que Stone Temple Pilots siempre hubiesen querido hacer – pero, la pereza en las letras, de nuevo… – hubiera preferido un mensaje algo más claro y, al tiempo, menos banal – los últimos parches del disfraz o, como poco, uno más de éstos: Suîte Momo huye de la réplica, claro que podrían haber calcado a los grupos anteriormente citados, pero entonces no serían ellos – en última instancia, es su elección – “muy mal”, pero sólo para mí y desde una sola perspectiva, lo cual no significa más que “muy bien”, contemplado desde cualquier otra perspectiva posible.

 

9. Los nihilistas de Lebowski.

desnudos – órgano y violín y flauta travesera- y luego la canción se viste a sí misma, calzándose el disfraz pieza a pieza a pieza a pieza – mi favorita, sin duda – una llamada al orden del medio tiempo – la presión musical acumulada busca una brecha de salida y resulta que aquí uno se enamora, tal cual, del “Decálogo…” – inspiración, síncopa, una esperanza declamada desde las profundas cuerdas – aquí se gana a los puntos y el tiempo es desperdiciado – a estas alturas, sólo hay Suîte Momo – el “perdedor”, gilipollas, eres tú – no te despistes.

 

10. Matrix.

menos de tres minutos de redundancia rockera – nuevos ecos a Soundgarden y otro viaje atrás que no llega a sublimar, porque queda manchado por un sonido demasiado limpio – claro: “descubrir lo que se esconde detrás” – allanando el terreno para el final – el punto de pivote con restallido de platos de la cara B de una hipotética versión en vinilo del “Decálogo…”.

 

11. Libélulas.

más Pop que el Pop mismo – acústicas calmas y más violines, jugueteo de teclados – Suîte Momo se quitan la careta en un estribillo que no dice nada – y, oh “caja de sorpresas”, cabría pensar que esta es la canción de amor del título, pero no, sólo es el correcto cierre, porque la canción de amor, la verdadera aunque disfrazada, está cuatro temas antes, triscando por el bosque que contiene a estas libélulas, siguiendo a Caperucita – vuelve a escucharlo todo desde el principio, y estate atento a las máscaras – bajo el antifaz y el artificio, sí, sí y sí, “Decálogo de poemas desesperados y una canción de amor”, como su generador nodriza, es algo duro y musculoso, sensible y  sereno y seguro de sí mismo – a pesar de tus primeras preconcepciones – algo tan capaz de partirle la cara a quien te falte al respeto – partírtela a ti – como de prestar un recio hombro en el que llorar -prestártelo a ti- un pecho en el que acurrucarte durante una perezosa mañana de domingo – y también es un viaje y también… – joder – funciona – vuelve a escucharlo todo desde el principio, entra al disfraz…

 

Y ahora suena la alarma de incendios en mi Suîte Momo. La terrible estridencia vacía los pasillos del edificio abandonado al que os he invitado hoy. La alarma chilla, implora perdón por lo larguísimo del texto. Es totalmente impropio para una entrada en un blog de las características de este. El cortocircuito que son los últimos tiempos, las colinas de la percepción desmoronándose tal como en esta misma casi, casi, casi crítica se cuenta de soslayo, traen habitualmente monstruos así. Esa va a ser mi única excusa. Todo lo que se ha dicho debía decirse. Debía decirlo. Cuenta saldada, pues. Cerrad la puerta al salir, por favor. Yo voy a quedarme un rato más, probándome los disfraces localizados, sacándolos de sus perchas y forrando el suelo y las paredes con ellos. Me gusta esto de decorar mi propia Suîte Momo, a mi propio gusto.

¿Oís eso? La alarma. Se ha callado. Así que, hasta luego.

A otra cosa.

 

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