(ÚLTIMA) HAUNTOLOGÍA

Toma dos pellizcos de la esfera de piel y neón y los baja con un trago de agua reciclada. La nueva luz carmesí le muerde las pestañas; un chute de sangre limpia al blanco del ojo.

La atmósfera de anticuario le enfría los nervios. Esta casa grande se contrae hasta caber en la hipófisis de la Chica, que pide la palabra y enmudece a la vez cuando los calambres del canal del parto del obturador de su cámara de fotos analógica capturan una a una las piezas del ajedrez expuesto en el escaparate de su ahora: ese reloj parado, ese escritorio rayado de arañazos histéricos, esa figurita de porcelana sucia cuya línea temporal de dueños se cuenta en lápidas, herencias y malas ventas… como si de los fantasmas de todos los finales de verano pasados se tratase. El día claro vuelve los cuerpos de vidrio. Los objetos, sin embargo, siguen sólidos y opacos y como deben, anclados en los años acumulados y en la historia. Armarios repletos de ceniza que encierran a hijos hambrientos y esposas negligentes, calculadoras Rokli de manivela mostrando la fecha de caducidad de los cadáveres abotargados por el ahogamiento de los actores del siglo pasado, sextantes rendidos a la inoperancia a largo plazo de cualquier sistema de medición por estar todos condicionados a cierto antropocentrismo de feria…

Anoche el duende que solía acampar en el dintel de la ventana de su habitación se marchó para no volver. Sexo defenestrado, sí, pero, ah, la soledad mórbida le sienta tan bien.

Fotografía las llamas en las que arde el traje de boda de su padre. Fotografía la franja horaria cristalizada de la masiva acumulación de conflictos familiares que se perdió cuando era niña. Esos que la pasaron por alto, en los que nació, engarzados en los objetos y así materializados, contenidos por la casa grande, metafóricamente idiotas. La Chica engulle otro pedacito de futuro y éste la deja ciega pero le abre de par en par todas las cavidades. El Señor de sus progenitores la penetra por ellos. Su vagina con dientes de cremallera se insensibiliza, su boca exhala fiebre, su ano automáticamente dolorido se blinda, sus oídos llegan a un orgasmo de silencio, su ombligo se abandona al temblor y a la humedad pegajosa de la eyaculación inerme en la marcha atrás del rapto y los colores de todo son sólo uno y atildados en tono sepia. El Señor es lección y estómago.

Horas Alzheimer se acumulan en un condensador. Electricidad tan barata como el cielo. Lenguaje de gemidos. Un olvido de décadas que llevar puesto (la Chica viste hoy botas militares de última generación, medias de rejilla, shorts vaqueros, camiseta genérica negra sin mangas y caperuza roja) y los hipervínculos que entretejen lo que es la casa grande como un solo patrón recurrente en el tapiz del miedo. Gemido herpes en la lengua de las horas.

Fotografía el strip-tease completo. Fotografía el susto y la risa sardónica. Fotografía su reflejo anacrónico en el espejo de cuerpo entero, rococó, que la amilana con sus efectistas fastos. Fotografía el rastro de humo ectoplasma (algo como aceite en agua estancada) que deja el tono de aviso de mensaje entrante en el smartphone enfundado en su bolsillo derecho. Fotografía su propia sombra, subproducto de lámparas de bujías, y se sienta en el suelo.

Las ideas que la Chica desde siempre se ha visto obligada a tragarse, dejan ahora la matriz, hinchan sus senos y salen, vomitadas. Casi vivas. Dolorosamente contemporáneas.

Ideas momento. Suyas. Bienvenidas. A las que la Chica responde y reacciona sin mentiras. Al fin.

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