MAGIA 1.0 – (SUB)MAELSTROM

Describí mi voluntad, en su forma más simple y eficaz, en una sola frase, con rotulador sobre el pedazo de papel más blanco que pude encontrar. Tal como manda la técnica, taché las vocales de mi deseo; luego eliminé las consonantes repetidas. Con la ristra de letras no asociadas más que a sonidos de ángulo recto y mantra, monté un símbolo, una representación de B fusionándose con R y V pisando a T y degradándose en D y Q, dibujando y redibujando, reconfigurando, repasando, una línea sobre otra línea y emborrando ambas con la siguiente, hasta que el símbolo fue abstracción pura, a medio camino entre una pintura rupestre y un diseño alienígena. Tenía un sígilo.

Me forcé a observarlo atentamente, sin pestañear, resiguiendo cada trazo, fijándome en cada mancha, rehusando la asociación de cada quiebro con el grafema del que había partido, hasta que el sello mágico de mi voluntad pura me quedó grabado en la retina, de forma que al cerrar los ojos éste se pintase automáticamente en los párpados.

Sería un conjuro de rojo, llama, calor, masculinidad, enfrentamiento, martes y sexo: me senté a meditar en una habitación a oscuras, suspendido en la discordancia de los sonidos de la urbe a primera hora de la mañana colándose por las rendijas de las persianas bajadas en las ventanas abiertas, en postura de medio loto, concentrado sólo en la respiración, diafragmática, y en el sígilo tatuado en el nervio óptico, usando toda la imaginación, todo artificio aprendido hasta hoy mismo, para expulsar al sello del plano físico, haciéndolo refulgir al ritmo de mi inspirar y expirar: ya no papel sino mente, ya no tinta sino plasma psíquico, ya no el color del rotulador sino una paleta no representable y que no existe fuera de mí. Veinte minutos después, el sígilo estaba cargado y, al recuperar la cuartilla sobre la que había garabateado su tosca matriz perinatal, ésta ya no significaba nada, sólo un cascarón al que prendí fuego y arrojé a la taza del váter. Tirar de la cadena fue el pase mágico que lanzó el hechizo; sin amarras de memoria, duda o intención, el sígilo me abandonó para ir a hacer la tarea encomendada. En cuanto me olvidase completamente de él, mi deseo quedaría cumplido y ya sólo restaría lidiar con la cuestión del pago, de a qué habría de renunciar cuando el aspecto concreto de la realidad sobre el que había decidido imponer mi voluntad se plegase y concediese.

El encantamiento dejó atrás el parque de atracciones de la psique y se fue a un cielo de concesionarios y máquinas, filtrado por la lente de una cámara de seguridad, rebotando en una bolsa de bajas presiones, por canales y lagunas donde centauros adictos al orgasmo y paralizados por la fuerza de las necesidades del mercado de intercambio subconsciente guían cubas comunales de sueño a las cabezas de los seres de sangre en los barrios bajos de la mujer Barcelona, con los fríos azules de sus planes urbanísticos solapándose en la Historia para permitir que quepan temperaturas sociales variables, la Barcelona madre de virtudes, matrona de vicios, charadas eléctricas batientes y la naturaleza bermellón de un encantamiento a la deriva maridando con ese azul y dando lugar al violeta de algo cinco grados por encima de una alucinación, itinearios de hábito de consumo y tiempo perdido en contemplaciones, mi esposa Barcelona hueca de pasadizos convergiendo en un centro del mundo y sus leyendas urbanas a buen recaudo como nuestros hijos con ojos de santa, de todas las santas, patronas de los barrios, consagraciones, canales y lagunas patrullados por barcazas que son ideas con el escudo de la policía municipal rotulado en los laterales, ciudad condal en cuyas carnes constituyentes se escondió el encantamiento de mí e hilo conductor umbilical abierto de inspiración con el que nutrirme sin intermediarios, puertas al campo mórfico, pase, la idea Barcelona ciudad siendo mi idea Barcelona, encantada, fertilizada por el mago, todos ellos, los que moran, contra el polvo grasiento en las torres de escucha y los centros mágicos, cielo roto, ahora sinfonía, los que bailan luminosos y los que agachan la cabeza fueron terreno yermo para el pacto, de intramuros a los pueblos simbiontes que acabaron siendo consustanciales. El encantamiento. La mujer ciudad. Un nudo.

Al día siguiente, varios de mis contactos en Facebook e Instagram fotografiaron la cama deshecha de Barcelona, sus sábanas revueltas durante el sueño inducido por el hechizo y los restos orgánicos a ellas adheridos, la huella de radiación de la fiebre nocturna y el hálito flotante de fantasía, y subieron las imágenes a sus respectivos perfiles.

Descargando todas ellas y montándolas en mural, obtuve un mapa perfecto en su inadecuación, hecho de arrugas e irregulares y asimétricos redondeles salinos, manchas de sudor, una pestaña como el murete de un resto arqueológico y diminutas escaras de caspa como hidrantes o tomas de alta tensión. Introduje ese callejero privado en el procesador de una aplicación de software abierto que convierte archivos de imagen en archivos audio, analizándolos píxel a píxel y cambiándolos por notas sueltas y espectros de vibración, produciendo una canción a base de drones salpicados de fantasmales siseos de módem y picos de agudos y hondas simas de graves. Comprimí acto seguido la pieza Midi en un Mp3 que poder guardar en el iPod, me vestí y salí a caminar sin rumbo, toda la atención puesta únicamente en el infinito remolino de intimidad, revelaciones y comunión conjurado por la más literal fuerza de mi deseo y susurrado ahora en bucle en mis auriculares. Hipnotizado, desagüé hasta el fondo del Maelstrom de Barcelona y quedé unido a ella para siempre. Todo. Hecho.

Amén.

1 comentario
  1. Entonces es así como se hace?

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