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Archivos Mensuales: diciembre 2013

Layla_Martinez-El_libro_de_la_crueldad_portada

No hace ni diez minutos que he completado la segunda lectura de El Libro de la Crueldad, de Layla Martínez. No ha tenido tiempo de empapar. Aún bailo sobre la fiebre. Fiebre, eso es; acurrucado bajo una manta de enfermedad, royéndote las uñas (diminutas), las imágenes saltan, por suerte una a una, imagina que se pusiesen de acuerdo para un mismo brico al únisono: el derrumbe; el derrumbe de una cabeza tras el terremoto de las imágenes, una cabeza saliéndose de su eje. No hace ni diez minutos que he completado la segunda lectura de El Libro de la Crueldad, de modo que esto no puede ser una reseña, sino dientes blandos que se clavan en nada por miedo a que cualquier otra cosa, cualquier sustancia más densa que el humo, los quiebre.

No cabe análisis posible cuando la erección aún lleva las bridas puestas. Está mal decir que he disfrutado de El Libro. Está mal decir que el mundo que éste pinta es un mundo en el que me gustaría vivir, cimentado en puro placer morboso pero tan bello que pincha pero las paredes manchadas pero la animalidad consecuente consigo misma pero el nervio que se dobla hacia atrás para dejar paso al entusiasmo…

Una cosa está clara: aunque haya llegado por otros canales, El Libro de la Crueldad es como ese ejemplar que encuentras en una librería de viejo y compras por curiosidad y en el que entras a tientas y luego sales distinto, con la absoluta certeza no sólo de que vas a regresar sino de que te ha condenado a que estés con él para siempre y vuelvas periódicamente por lo que te quede de vida.

Pero esto no es viejo, esto es tan nuevo que apesta a flúor pero la fragancia esquinada que desprende está bruñida, aun siendo de hoy mismo pero El Libro va cargado de advertencias de amante abuela lúbrica y depravada: no te comas los ojos de la virgen si ésta se te aparece y se los arranca para ti, porque esos ojos te preñarán; mojar el coño en leche abre las puertas del misterio; si violas a la sirvienta, nadie te va a querer nunca; los retrasados mentales son fieras rotundas.

Y hay máquinas salvajes que respiran con la fuerza de un manifiesto por abolir métodos científicos y salas de fotocopias que son una UltraMetáfora animal del presente. Las hay. En El Libro de la Crueldad de Layla y en la fiebre refractaria post-lectura. Hay, por mi parte, un intento inerme de no pasarme con los halagos; a la mierda, las medias tintas son para los guarros y a la debilidad la encontraste en la calle, ¿quién no quiere roer el pan de la locura? al carajo con la bajeza en los regalos. Hay susurros: susurra Bataille y susurra Valente, susurran Pizarnik y Pedraza y Brönte, aunque susurran con un efecto de reverb que hace que sus voces se adhieran a los rincones mugrientos para permitir que la nave principal del edificio proyectado por su autora sea ocupada sólo por ella. Hay poesía. Es poesía. Esto. El Libro.

Por lo general, no soy demasiado amigo de los memes-cuestionario ni de las cadenas de formularios bienintencionados que pululan por esta red nuestra de cada día, pero un par de amigos, los poetas Rubén Martín y Marco A. Raya se han dedicado estas semanas a colgar en sus respectivos blogs sendas listas de libros que les han “influido, conmovido o devastado, dentro de nuestro crecimiento como lectores”, ochenta por cabeza, siguiendo un criterio mínimo y esencial: el inventario debe ser espontáneo y no puede repetir autor; no se discrimina género ni subgénero (siempre que se ciña al hecho lector, es decir, caben cómic, poesía, ensayo, cuento y etcétera, pero no películas o videojuegos, por mucho que éstos sean también narración y experiencia); y no hay gradación ni orden, no necesariamente el primero de la lista es el mejor o más influyente y así se desciende hasta el que menos, sino que ésta se genera tal como llega.

Repasando sus posts, he encontrado un filón de referencias y, en cierto modo, recomendaciones, que me han hecho pensar que quizá estaría bien responderles con mi propio striptease. Como autores, somos un poco lo que leemos y quizá estas cosas ayuden a descubrir tangentes e intrusiones en lo que hacemos para que quien nos lea tenga alguna pista de lo que somos. Cuanto menos, me parece un ejercicio curioso, sobre todo ahora, en esta época de nóminas, recopilaciones y flacidez de contenidos. Así pues, con permiso, ahí van mis ochenta, tan cuestionables y parciales como deben ser:

Hielo – Anna Kavan

Vineland – Thomas Pynchon

Matadero 5 – Kurt Vonnegut

El Hijo del Hombre – Robert Silverberg

Agujero llamado Nevermore – Leopoldo María Panero

El Martillo Cósmico – Robert Anton Wilson

Los Chicos Salvajes – William S. Burroughs

Esferas – Peter Sloterdijk

Narración de Arthur Gordon Pym – Edgar Allan Poe

Blood Electric – Kenji Siratori

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Memorias del Subsuelo – Fiodor M. Dostoievski

Caos y Orden – Antonio Escohotado

Ulises – James Joyce

Deseo – Elfriede Jelinek

El Camino del Zen – Alan M. Watts

Tratado del saber vivir para uso de las jóvenes generaciones – Raoul Vaneigem

La Exhibición de Atrocidades – J.G. Ballard

Shibumi – Trevanian

777 – Aleister Crowley

Kiss me, Judas – Will Christopher Baer

Clones – Michael Marshall Smith

Claus y Lucas – Agota Kristof

Stone Junction – Jim Dodge

Poeta en Nueva York – Federico García Lorca

Nietzsche, de filólogo a anticristo – José María Valverde

Los Experimentos Sirianos – Doris Lessing

Liber Kaos – Peter J. Carroll

Los Invisibles – Grant Morrison / VVAA

La máquina de visión – Paul Virilio

Meridiano de Sangre – Cormack McCarthy

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El Principio Antrópico – Javier Esteban

Change – Ales Kot / Morgan Jeske

Ciberia – Douglas Rushkoff

El día de los trífidos – John Wyndham

Detritus – Samuel Beckett

Mescalito – Hunter S. Thompson

Incordie a Jack Barron – Norman Spinrad

Hombres Salmonela en el Planeta Porno – Yasutaka Tsutsui

La Isla – Aldous Huxley

Crepúsculo de los Ídolos – Friedrich Nietzsche

Estudios acerca de la asociación de palabras – C.S. Jung

Los Tres Impostores – Arthur Machen

Caminito – Marco A. Raya

Un coro de niños enfermos – Tom Piccirilli

El primer libro de Urizen – William Blake

El Árbol de la Ciencia – Pio Baroja

Valis – Philip K. Dick

El Garaje Hermético – Moebius

Verdad y Método – Hans-Georg Gadamer

Slow Chocolate Autopsy – Iain Sinclair

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Ritual in the Dark – Colin Wilson

Atari Force – Gerry Conway / VVAA

Sun and Steel – Yukio Mishima

Material Memoria – Jose Ángel Valente

Más que humano – Theodore Sturgeon

La Cosa del Pantano – Alan Moore / VVAA

Congreso de futurología – Stanislaw Lem

Vurt – Jeff Noon

Mundo Espejo – William Gibson

World Without End – Jamie Delano / John Higgins

Las Crónicas de Cornelius – Michael Moorcock

Cuarteto – Manuel Vázquez Montalbán

Arcano Trece – Pilar Pedraza

El Tercer Policía – Flann O´Brien

Solipsist – Henry Rollins

El Hombre que fue Jueves – G.K. Chesterton

Mortal y Rosa – Francisco Umbral

Cosmogonía – Juan Eduardo Cirlot

Hagakure – Yosho Yamamoto

Las Aventuras de Luther Arkwright – Bryan Talbot

12

Por los espacios imaginarios – Nilo María Fabra

Pasos sobre el cristal – Iain Banks

Enemigos del Sistema – Brian W. Aldiss

El Hacedor – Jorge Luis Borges

Blood and Guts in Highschool – Kathy Acker

La Esencia de la Verdad – Martin Heidegger

The Book of Pleasure – Austin Osman Spare

Compendium Maleficarum – Francesco Maria Guazzo

Zeitgeist – Bruce Sterling

El Arte más Íntimo – Poppy Z. Brite

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