LAS MÁQUINAS SALVAJES RESPIRAN CON FUERZA

Layla_Martinez-El_libro_de_la_crueldad_portada

No hace ni diez minutos que he completado la segunda lectura de El Libro de la Crueldad, de Layla Martínez. No ha tenido tiempo de empapar. Aún bailo sobre la fiebre. Fiebre, eso es; acurrucado bajo una manta de enfermedad, royéndote las uñas (diminutas), las imágenes saltan, por suerte una a una, imagina que se pusiesen de acuerdo para un mismo brico al únisono: el derrumbe; el derrumbe de una cabeza tras el terremoto de las imágenes, una cabeza saliéndose de su eje. No hace ni diez minutos que he completado la segunda lectura de El Libro de la Crueldad, de modo que esto no puede ser una reseña, sino dientes blandos que se clavan en nada por miedo a que cualquier otra cosa, cualquier sustancia más densa que el humo, los quiebre.

No cabe análisis posible cuando la erección aún lleva las bridas puestas. Está mal decir que he disfrutado de El Libro. Está mal decir que el mundo que éste pinta es un mundo en el que me gustaría vivir, cimentado en puro placer morboso pero tan bello que pincha pero las paredes manchadas pero la animalidad consecuente consigo misma pero el nervio que se dobla hacia atrás para dejar paso al entusiasmo…

Una cosa está clara: aunque haya llegado por otros canales, El Libro de la Crueldad es como ese ejemplar que encuentras en una librería de viejo y compras por curiosidad y en el que entras a tientas y luego sales distinto, con la absoluta certeza no sólo de que vas a regresar sino de que te ha condenado a que estés con él para siempre y vuelvas periódicamente por lo que te quede de vida.

Pero esto no es viejo, esto es tan nuevo que apesta a flúor pero la fragancia esquinada que desprende está bruñida, aun siendo de hoy mismo pero El Libro va cargado de advertencias de amante abuela lúbrica y depravada: no te comas los ojos de la virgen si ésta se te aparece y se los arranca para ti, porque esos ojos te preñarán; mojar el coño en leche abre las puertas del misterio; si violas a la sirvienta, nadie te va a querer nunca; los retrasados mentales son fieras rotundas.

Y hay máquinas salvajes que respiran con la fuerza de un manifiesto por abolir métodos científicos y salas de fotocopias que son una UltraMetáfora animal del presente. Las hay. En El Libro de la Crueldad de Layla y en la fiebre refractaria post-lectura. Hay, por mi parte, un intento inerme de no pasarme con los halagos; a la mierda, las medias tintas son para los guarros y a la debilidad la encontraste en la calle, ¿quién no quiere roer el pan de la locura? al carajo con la bajeza en los regalos. Hay susurros: susurra Bataille y susurra Valente, susurran Pizarnik y Pedraza y Brönte, aunque susurran con un efecto de reverb que hace que sus voces se adhieran a los rincones mugrientos para permitir que la nave principal del edificio proyectado por su autora sea ocupada sólo por ella. Hay poesía. Es poesía. Esto. El Libro.

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