ACELDAMA

ACELDAMA_portada

Cubierta de Julia D. Velázquez

Booktrailer de Velasco Broca / Sanket Singh

 

Hay formas de moverse por Aceldama más adecuadas que otras. Está el modo en que cualquiera puede recorrer la ciudad, sólo un transeúnte en el territorio, y está la manera que hace que persona y mapa se confundan en una misma cosa, se amalgamen en un todo extraño y mágico que devenga algo más real que la vida real misma.

Esta última es la opción de Samuel y Adriana, condenados a que sus caminos se trencen a pesar de lo mucho que quieren alejarse el uno del otro. Sus deseos, sin embargo, caminan parejos a la necesidad de otros porque el orden establecido en la urbe, la estabilidad de los sistemas y biorritmos de ésta, se mantengan en equilibrio. Así, la lucha de él contra ella, y de ellos contra el statu quo, resonará no sólo en la metrópoli entera sino también en los variopintos personajes con los que toparán durante su discurrir por esa senda oscura, paranoica y maravillosa.

Ambientada en una hipotética ciudad española subyugada por las corporaciones transnacionales y en estado de shock por el avecinamiento de un futuro profundamente psicodélico en el que tanto caben los barrios estructurados en laberintos de Casas Vivas, los drones de videovigilancia y los androides de uso común, como los fantasmas de un pasado mitológico, las fábulas y las leyendas urbanas, Aceldama es la obra más personal de Francisco Jota-Pérez, un collage multirreferencial en el que se mezclan y confunden el cyberpunk, el ensayo-ficción, la teoría cultural futurológica, la psicogeografía y el realismo sucio en una obra más lírica que formalmente narrativa.

 

Esto es lo que dice el texto de contraportada de la que va a ser mi quinta novela, Aceldama, que verá la luz a principios del próximo mes de abril de la mano de la maravillosa editorial Origami.

Antes de que os podáis hacer con ella, sin embargo, quisiera dejar aquí algunas aclaraciones al respecto, a modo de guía de lectura.

Según la misma sinopsis apunta, Aceldama es un collage que tiende muchísimo más hacia la lírica que hacia la narrativa formal. Desde luego, es mi obra más personal, y también con la que me he concedido más licencias a mí mismo, a mis formas y a mis fondos, significando esto que el artefacto ha resultado el capítulo quizá más experimental hasta la fecha en una “carrera” ya cimentada, para algunos, en experimentar más allá de lo que se considera prudente. Por otro lado, es mi primera obra larga tras el Tríptico Linde, por lo que al menos estoy en sobradas condiciones de prometer que la experiencia (sí, “experimental”; sí, “nada convencional”; sí, “marginal”; sí, bordeando la locura y justo en el extremo de “lo que puede o no puede hacerse”, “debe o no debe hacerse”, a la hora de articular la narración de algo en concreto) será radicalmente distinta, para bien o para mal.

Tal como la entiendo y tal como me la explico a mí mismo (por tanto, desde la óptica absolutamente subjetiva del autor, pero que, por ello, es virtualmente la esencia del libro), Aceldama puede entenderse, o como mínimo leerse, de tres formas distintas.

Por una parte, como una novela más o menos corta, una nouvelle densa aunque líquida, que sigue de forma excéntrica el devenir de una serie de personajes a los que en ningún momento la historia en la que se integran les exige que sean otra cosa que eso; personajes, no personas, no traslaciones de complejas entidades de psicología y carne recortadas para caber en la página impresa. Personajes-engranaje entretejidos en un argumento que lo mismo investiga las dinámicas del amor romántico y las interrelaciones personales, como filosofa sobre la importancia y la presencia del mito y la leyenda, como reivindica la naturaleza monumental de España y qué nos depararía que la ciudad, cualquier gran ciudad española, nuestro campo de juegos, se volviese autoconsciente a través de esos organismos extraños que la pueblan, miserables pero también capaces de atesorar toda la bondad del mundo, embelesados con el relato de sí mismos, acomplejados y torpes aunque decididos.

Igualmente válido sería el acercamiento a Aceldama como si de un largo poema se tratase. La estructura del libro, confeccionado en pasajes sin marcas explícitas de diálogo e invadido por los puntos suspensivos y las figuras retóricas, las elipsis y las cesuras y las suspensiones temporales, se presta a que el lector (si me concede el privilegio de abusar de su paciencia, claro) lo descifre desde la asunción del verso y de que la concisión y la complejidad inherentes sirven a que, esperemos, en él se activen los mecanismos que hagan que lo que pretendo argumentar no llegue por cauces estrictamente intelectuales, sino eminentemente sensoriales. Como en varios de mis trabajos actuales, he querido operar aquí con herramientas cercanas a la hipnosis y a la programación neurolingüística, ahora más pulidas y afiladas que nunca.

Por último, el tercer modo de asimilación del asunto sería como ensayo-ficción futurológico, como una extensión ficcional (pura y llana ciencia-ficción, pues) de lo mismo que hago en mi columna KULTURTECTURA, esto es, defender una serie de predicciones, prospecciones, relativas al futuro cercano, centradas en el hecho cultural y tendiendo una línea coherente desde la tradición hacia las múltiples posibilidades del presente para comprobar si el cabo a reseguir escogido pudiese o no ser el más deseable, responsable y liberador. Una distopía enraizada en teorías muy, muy concretas, de las que daré más información en el próximo post dedicado a la novela, donde detallaré las referencias manejadas durante el proceso de escritura.

Por supuesto, todo lo anteriormente expuesto es, como comentaba, una guía. Sólo una guía. Y, como cualquier guía, es falible y puede que lo que esté hablando por mí sea el entusiasmo y (¿por-qué-no?) el orgullo de asistir a cómo cristaliza una labor que, aunque agradabilísima, no ha sido precisamente fácil, y que me ha llevado a terrenos alucinantes, fascinantes coordenadas de la alucinación que me muero por compartir con cualquiera que tenga a bien dejar que se lo brinde. Creo sinceramente que lo que cuenta el libro debía ser contado, y sólo podía ser contado del modo en que lo he hecho. Es mi apuesta y en ella está puesta toda mi fe, porque, en definitiva, sólo se puede escribir desde esa perspectiva fanática.

A partir de ya mismo, entonces, Aceldama será más tuya que mía, estimado lector, lo cual no sólo me hace feliz, aun asustándome, sino que me parece necesario que así sea. Entra, muévete por ella y, por favor, disfruta. De eso se trata.

 

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