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Archivos Mensuales: junio 2015

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Para bien o para mal, no hay disensión al respecto del origen del tratamiento:“Avatar therapy for persecutory auditory hallucinations: What is it and how does it work?”, publicado el 4 de marzo de 2013 en la revista Psychosis: Psychological, Social and Integrative Approaches y firmado por Julian Leff, Geoffrey Williams, Mark Huckvale, Maurice Arbuthnot y Alex P. Leff.

El artículo postulaba:

Hemos desarrollado una nueva terapia basada en modelos informáticos que permiten al paciente crear un avatar de la entidad, humana o no-humana, que creen les está acosando. El papel del terapeuta es el de animar a dicho paciente a entablar un diálogo con su avatar, teniendo a su disposición una batería de programas que modifican a la proyección de forma que, en el transcurso de apenas seis sesiones de 30 minutos, ésta devenga controlada por el paciente y pase de mostrarse abusiva a ser un ente amable y comprensivo.

El estudio fue evaluado según un protocolo de pruebas de control aleatorio en cruce parcial. Un grupo pasó directo a la sección de “terapia inmediata”. El otro siguió en cuidados clínicos estándar durante 7 semanas y luego fue integrado al trabajo con avatares en “terapia pospuesta”.

Durante la investigación se hizo patente en ambos grupos una significativa reducción de la frecuencia e intensidad de las voces, así como en su omnipotencia y malevolencia, e incluso varios individuos tuvieron una reacción dramática, con sus alucinaciones auditivas cesando por completo tras pocas interacciones.

La media de tamaño del efecto de la terapia fue del 0,8.

 

Y LAS VOCES SIN BOCA SABOREARON EL MIEDO

Somos accesorios, vaya, ahora mismo atajando por el Parque del Clot, Shambala de barricadas y ocupaciones facciosas: un 18 de julio de 1936 que se radia en tirabuzones, en el lugar de encuentro de los miembros del grupo NOSOTROS, Gregorio Jover, Juan García Oliver, Buenaventura Durruti, Antonio Ortiz, Francisco Ascaso, Ricardo Sanz, Aurelio Fernández y José Pérez Ibáñez, “el Valencia”. Transarmonía sintética de nueve hombres ahorcados con cordeles de hilo dorado en cadalsos de orden público. Argamasa, contrafuertes de cualquier cosa, neumáticos. Un transporte de tropas pedestre, el emplazamiento a la contra-sedición. Los rostros de tiza de NOSOTROS en la ronda de los Escultores Claperós. Esta vía de diferencias barométricas del barrio es tanto un prodigio de planificación cívica como una solución residuo de otras intentonas de no reducir el alfoz a nido en el que los anarquistas críen a sus polluelos a base de regurgitar santos y señas por los siglos de los siglos, amén; y crea así un microclima de desazón que no se deja ser satisfecha ni por el centro comercial a la izquierda ni por el parque, con sus canchas de baloncesto y su frontón teatralizando las bondades del cemento, a la derecha; desazón completamente irracional, aunque ahí está: las ganas de amontonar cascotes y tablones, las ganas de resistir, junto con las ganas de comprar lo que sea como dádiva para los custodios del brevísimo viaje, y las ganas de, a la mierda, echar un ojo por encima del hombro y acabar en estatua de sal, por qué no. Las primeras noticias del Alzamiento Nacional se han enquistado aquí, y han dejado el terreno sin leyes… Como si los centros sólo fuesen definidos por sus periferias, se aleja recorriendo espacios aéreos que chisporrotean de la misma forma que Uno supone deben chisporrotear los cerebros de ciertos científicos, y atiende al mandato de lo que se transforma desde el molde de la escultura compuesta de circuitos y condensadores de exomemoria. Desearía no haber acumulado tanto conocimiento por el mero ansia de acumular, y saber desenvolverse mejor entre las búsquedas indexadas, el geoposicionamiento interesado con el que los comercios y los lugares de interés turístico doblegan a los mapas, pero qué se le va a hacer… De momento, el Árbol Nariz y otros experimentos en alta tecnología posthumana le hablan de las razones por las que no es el corazón el que bombea esa excrescencia ósea complementaria, queratina sobrante, sino la fuerza de la necesidad —la energía que la estructura misma es capaz de admitir—, la dinámica de la necesidad de espacios de uso común… El Pistolero de Miquel Mir, licenciado de las Patrullas de Control, nos pasa rozando, sin reparar en nosotros, concentrado en sirenas que no suenan, rezongando… “Ya se sabe, desde siempre, y para eso no hacen falta ni vanguardias ni píos, sino los habituales siervos de la burguesía ilustrada, que todos los anarquistas son, por definición, ladrones y asesinos. Y eso dicen, eso, eso dicen de mí, eso. Entre el tópico y la infamia”… ¿pero por qué no suenan las sirenas?, porque está la algarabía de los niños jugando al fútbol y la algarabía de los que aún se atreven a tomarse un refresco y algo para picar en las mesas al fresco de los bares de la ronda, por un lado, y, por otro, las broncas que los clientes de tus padres y los clientes de sus imitadores le están echando a las ninfas turistas que, mapa en ristre, preguntan por los Ritos de Primavera en el parque. En toda Barcelona, los parques son botín de guerra, parecen haberse diseñado para su fosilización, para coronar almanaques en los que señalar fechas concretas. Estamos pensando en escuadrones de aeroplanos colocados sobre una táctica contra la arquitectura, sus pilotos guiándose por las zonas verdes, tasando las barricadas. Balas de cargadores en fusiles expropiados. Ejércitos de desarrapados, soldados que más parecen los náufragos de un buque de combate, militantes cenetistas. Una veintena de los más curtidos, probados en mil luchas callejeras, suben a los camiones del sindicato. Antonio Ortiz y Ricardo Sanz montan una ametralladora en la parte trasera de la plataforma del camión que abre la marcha. Las sirenas de las fábricas textiles de Poblenou, a un kilómetro de aquí, ululan huelga general e insurrección revolucionaria. Bandera rojinegra.

Aquel que ve cómo el cero se iguala al caos del que —siguiendo una ruta fija— emana el orden de la cifra, se fija en la inversión de las cosas cuando éstas van hacia el trópico salado, acaso un mediodía, violentado por la pista sonora de esas cabezas de guerra adolescente que braman mala compasión con una retórica arrebatada a lo que antes fue belleza, educación y belleza, trascendencia y educación y belleza, y ha devenido —por desidia, al fin y al cabo: la energía que la estructura misma es capaz de admitir, ¿podrá proporcionarnos suficiente calor? ¿Y suficiente impulso?— más mal que bien el cántico de tritón de una ética tan torticera que debe irse reformulando e implementando campaña tras campaña. Uno, que se permite sentir la atracción arquetípica por las formas circulares, es la forma que busca el cristal y el hormigón. Sileno ebrio tras la contaminación de las fuentes de las que suele beber ríos. A través de las desgastadas juntas entre los ladrillos de los muros del palacio que es cada hogar, se intuye, se oye y se huele, una muchedumbre verde, roja y ámbar de criaturas miméticas… Un Atleta vierte por el pezón derecho un líquido que se transforma en un botellín de Coca-Cola®, el cual, a su vez, se convierte en un auricular —transductor que recibe una señal eléctrica originada en la Idea— que se licua en tinta putrefacta,

directa al torrente,

más densa que la información

y por eso flota;

del otro Atleta emerge, por la espalda, la excrescencia de un hombre nuevo y escasamente esperanzador. Del suelo que ambos sobreflotan, nacen fuegos fatuos que han sufrido un drástico cambio de estado para volverse arena en un desierto de lo factible y lo mensurable. Ambos peleles de estopa flanquean la torre fundacional y se mecen al antojo del súbito viento de la guerra que inspirase a Dalí tales ángeles de la poética del hilo conductor entre el símbolo y el monoteísmo.

La guerra civil le dio una dentellada al barrio que ya no cicatrizará: el Informalisme fue un estado de shock, la carrera olímpica fue un malentendido quejumbroso. En esta ciudad, más que recortar los titulares y encolarlos a cuadros cubistas para poder dilucidar la verdad, la ventaja se obtiene al recoser esos recortes en algo que se pueda vestir, como una túnica. Es un gesto quizá barroco, pero necesario.

 

 

(Descarga el texto -PDF- aquí:  GLITCH_PDI)