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Vaciado. A todas horas. Incluso tras los atracones enajenados del final del día; la comida, el alcohol, las caricias… amargantes como advertencia ante lo potencialmente peligroso por indeterminado. Los diez metros de caída por el patio de luces y, allá abajo, un árbol negro del que colgarse. El escrutinio condicionado por la depresión —¿estamos seguros de esto?— no lleva sino a otras fugas, ninguna un estado ideal. Este poniente del cuerpo hace que el desplazamiento por los espacios de los demás tronche la rama y —¿así que llegaste a hacerlo, más allá de la consideración?— trae otro fracaso.

Rutas por un mundo a semejanza de una mente solo mencionada por otros. El impostor que se despereza y anda, ahí vamos —¿quién más?—, pendientes aun distraídos del sonsonete del lenguaje y que así la apariencia se proyecte sobre lo que soy, pleno impulso, y lo vaya gastando de fuera a dentro. No trato con una culpa, no se está negociando un peso ideal. La culpa no hace saltar diferenciales ni pincha diafragmas sino que corroe despacio —¿y de dentro a fuera? ¿Tan aburrida resulta?—, muy despacio, y crece y enroma las puntas de la voluntad con planes y posibilidades descabelladas que se van volviendo plausibles, planta portales engañosos hacia una libertad verdaderamente duradera y enfría la animosidad hacia motivos, funcionamientos, fricciones y evoluciones hasta que solo queda culpa y cálculo y solución. La fría matemática de lo que me envuelve ya no permite siquiera eso. Vaciado, solo entretengo a las versiones hipernormalizadas del momento exacto ahora hasta que acaban por marcharse y entonces, ya sí, podemos ir a dormir.

«No debatimos la Ley, sino las leyes; como si nuestro sometimiento a la autoridad quedase fuera de toda cuestión, fuese una posición por defecto. En Europa, el uso de la fuerza es prerrogativa del estado, no del individuo. Así como la moral no existe, la ley no tiene fundamento alguno, por lo que toda ley no es más que una unidad de gente gobernando por la fuerza sobre los demás»

Uno puede repetirse a sí mismo ante cualquier reliquia —¿quieres decir fetiche?— y limpiarlo de cualquier veneración por tanto exponerse por tanto en analogía con sus trayectos por tanto el eco de una visión sobre el pistón de vacuidad en la máquina de semiotización generalizada que detiene los procesos, formula una magia que no es original ni distinta de cualquier prejuicio respecto a la disciplina pero que adquiere un brío inusitado en esta fantasmagoría que estoy representando: incluso la propia idea de ilimitación carece de sentido, si no es en contraste con lo limitado. Vaciado, como la nota vacía dentro de la nota hueca de la composición de lo que es en-nada.

Proceder por reconocimiento parte el alma y dentro no hay palabras. Queda el trazado y lo que está trazando —¿se extingue el cronotopo de mis conexiones?—, un género inmaterial fabuloso por cuanto nadie hace sincero uso de él y puede vestirse según la ocasión convenga, siempre cuando sea tarde. Hinchado, me pueblo de miedo por si este fuese capaz de compensar la masa del todo clara —¿por cómo se limita a lo percibido, y por tanto es una fracción mínima de lo que existe y lo que se piensa, o por lo que tiene de admisión de derrota, y pues, ya que nada existe ni se piensa, el mejor curso de acción quizá sea plegarse a la evidencia?— que se acumula y se escurre sobre los frenos de los que tira la necesidad de dejar descansar a lo que es sincero fuera mí y que acentúa esta intrascendencia. En la duda prospero. Y así.

«…un silencio de leche de hielo de huesos / nos envolvía con un halo / eres la transfigurada / mi destino te ha roto los dientes / tu corazón es un hipo / tus uñas han hallado el vacío…»

A una semana de que Endo sea realidad material de pleno derecho, creo que lo único que me queda por apuntar antes de que empiece la ruta de presentaciones y demás es la lista de herramientas que tomé de la metafórica caja y a las que obligué a funcionar como a mí me dio la real gana en lugar de como se supone que deben hacerlo. En el anterior post conté qué quiero decir con ese zodiaco psicogeográfico. Este trata de arrojar luz sobre el cómo.

La primeras chispas que prendieron el fuego bajo lo que ya se estaba cociendo en frío en mi libreta de apuntes y en los rincones más sucios y húmedos de mi cabeza fueron tres obras que me dieron las tres citas que abren el libro:

El poema Destrucción de la mañana, de Josep María Fonollosa, que en su edición por parte de DVD Ediciones incluye además tres cartas del poeta que expanden la reflexión en el texto al respecto de la intrascendencia de la creación si no conlleva cierto riesgo para la personalidad…

En Destrucción de la mañana, Fonollosa establece una ecuación terrible: “He vivido” equivale a afirmar “He fracasado”, palabras válidas para resumir la condición humana en general y, específicamente, el esfuerzo de quienes pretenden salvarse del anonimato y la soledad construyendo una obra literaria o artística.

…proporcionándome así una figura imaginal perfecta en la que volcar mi relación personal, absolutamente subjetiva y moldeadora (a la vez que aniquiladora) de la personalidad, con Vilanova i la Geltrú.

El poema Nadie quiere estar con el cangrejo porque hace daño a todos con sus pinzas, de Maite Martí Vallejo, incluido en Todos vienen al funeral de Rick (RIL Editores), que es una exploración fantasmagórica, e impregnada de un feminismo exquisito, esta vez no de la interioridad de la relación personal con el territorio, sobre todo durante la infancia, adolescencia y primera madurez, sino de su exterioridad, de lo tejido con lo otro y con los otros, sus aislamientos, pequeños triunfos y fatales vergüenzas…

Lo sucedido a continuación no es propiedad de nadie; pero las personas que intervinieron en los hechos sí podrían ver vulnerada su intimidad.

…que me abrió un camino mental hacia la medida de la realidad a través del cuerpo pasado y de los cuerpos forzados a cambiar en favor del presente.

Y The Nude Brain, una entrevista a Kenji Siratori, autor con el que llevo años obsesionado y quien mejor define (por cómo lo hace, de un modo que es solo suyo) las ligaduras entre cuerpo, lenguaje (todos los lenguajes, incluidos el informático, el publicitario y el coercitivo, que también nos son connaturales) y el espacio que habitamos…

So my writing was born with the horizon of techno — I’m advocating nerve physics here — I process violence and sex as the reality of data — I take a view of my conceptual web with nerve experiences. The writing is linked to how I game this expanded hardweb for me — such a method that touches to my brain more cruelly.

…que fue la coartada táctica que necesitaba para encajar la reflexión sobre el cuerpo y los códigos que quería presentar en Endo.

Iniciado el incendio, solo quedaba ponerse a ello. Mientras escribo, uso muchísimas referencias a fin de que me aporten texturas, pero esto no es en absoluto un artificio, no busco piezas que encajen en el diseño sino que me obligo a permitir que las calidades de estas se mezclen con él. Y, por lo general, provienen de lo que me esté rodeando en el momento de trabajar en una nueva obra. En el caso de Endo tuvo mucho peso, especialmente en lo narrativo, en la composición de la forma, una cierta inmersión en los modos del manga y el anime, influencia que siempre ha estado ahí y que ahora se vuelve explícita. Me fascina la manera de narrar japonesa, radicalmente presente y tomada por la nihilidad, que siempre resulta contemporánea sin llegar a serlo nunca del todo, evitando fecharse de forma casi fanática incluso en sus encarnaciones más populares o aparentemente perecederas y de consumo inmediato. Es así como quiero manejarme en mi escritura, como llevo haciéndolo los últimos años, entre una densidad emanada de una nada metafísica, los equilibrios de fondo y forma que esta permite y su libertad inherente y superfértil.

A este respecto, las principales obras por las que gustoso me dejé contaminar fueron Mushishi, en la versión anime de Hiroshi Nagahama, Tenshi No Tamago, de Yoshitaka Amano y Mamoru Oshii, Anamorphosis, de Shintaro Kago, y Billy Bat, de Naoki Urasawa y Takashi Nagasaki.

Como es de sobra sabido, también los videojuegos y el cine son una inmensa influencia en la que hago. Endo bebe esencialmente de las aguas turbias de Lone Survivor: The Director’s Cut, de Superflat Games, The Evil Within, de Tango Gameworks, What Remains of Edith Fich, de Giant Sparrow, A Ghost Story, de David Lowery, The Duke of Burgundy, de Peter Strickland y November, de Rainer Sarnet.

Y por último, la banda sonora. El proceso de escritura de los distintos borradores de Endo tuvo de fondo constante, en bucle, la discografía de Gnaw Their Tongues. Es la primera vez que uso los distintos discos de un mismo artista para que impregne una de mis obras largas, pero es que hay algo en los trabajos de Maurice de Jong, el multi-instrumentista parapetado tras el seudónimo, que se adecuaba a la perfección a los tonos y al ritmo del zodiaco que estaba tejiendo y me bombardeaba de paisajes sonoros que sobreimprimir a la deformación psicodélica del paisaje concreto sobre el que estaba escribiendo.

Como he dicho, Endo echa a rodar en una semana, ya está aquí, casi, en nada, desde la nada y desde todo esto. Tratadlo bien.

Ayer se anunció la preventa de mi nuevo artefacto (AQUÍ) y quizá hoy sea un buen día para dar algunas pistas más, mostrar en cierto modo cuáles son sus mimbres.

En primer lugar, cómo denominar La Cosa. Soy plenamente consciente de que eso del “artefacto” para referirse a un texto está más que gastado y empieza a tener los dos pies ya en ese cajón de abajo de todo, el que casi roza el suelo y está a rebosar de las mierdas que uno no sabe dónde colocar y simplemente aparta de la vista de los demás, donde se guardan los tópicos. Pero en este caso, me parece conveniente. En ningún momento entre los primeros esquemas y los últimos pulidos tras las correcciones de la editorial justo antes de ir a imprenta, he pensando en Endo como en una novela, menos aún como un ensayo, un ejercicio de prosa poética o cualquier otra forma de encapsulado formal ortodoxo. Endo es un zodiaco. Es una pieza circular en la que doce (+1) personajes dejan de serlo y se convierten en arquetipos; sus transformaciones y las consecuencias de éstas sobre el territorio que habitan son los engranajes que hacen que el texto gire sobre sí mismo y arme ese círculo que, idealmente, no se cerrará jamás. Un artefacto, pues.

Luego está la cuestión del territorio. Endo, el artefacto, tiene propósito de conjuro arrojado sobre la ciudad en la que me crié y de la que me marché hace ya veinte años: Vilanova i la Geltrú. Entre mi infancia y el momento de mi huida fui testigo privilegiado de cómo una ciudad, tan cargada de historias diminutas e inmensas como cualquier otra, de leyendas, de cuentos absurdos y de rumores terroríficos, se rendía a sus planificadores urbanísticos y responsables políticos y a la presión constante y resuelta ejercida por ambas fuerzas vivas con la intención de hacer de ella nada más que una ciudad dormitorio, un proverbial remanso de paz burguesa donde los jubilados de la clase media fuesen a pasar sus últimos veranos, los trabajadores apenas parasen por allí tras la jornada lejos de casa y quizá el fin de semana, las familias criasen a niños que no viesen satisfecha más necesidad cultural que la diseñada por el ayuntamiento y que, en caso de aspirar a más, tuviesen que huir lo más pronto posible, y todo estuviese bien y en calma y en manos de comerciantes, tradicionalistas, especuladores inmobiliarios y demás elementos retrógrados. Endo es un intento radicalmente personal e íntimo (y ciertamente poco humilde, sí) por reencantar el sitio y devolver a Vilanova parte de los fantasmas que ha expulsado del lugar que les corresponde.

«Todo lugar tiende al cambio, por más que sus fuerzas vivas se opongan»

El otro eje psicogeográfico de Endo, que al tiempo (y si nos dejamos llevar por la necesidad de denominación genérica) encaja al texto en la etiqueta de obra de horror, es el pueblo abandonado de Jafra, muy cerca y a la vez lejísimos de la ciudad y uno de los lugares más peculiares de Catalunya, tan cargado de connotaciones históricas, ficcionales y esotéricas que es imposible no notar algo allí (si no, que se lo pregunten a los muchos aficionados al misterio y lo oculto que acuden en peregrinación al sitio y a los que el sitio toma el pelo cada vez), no intuir corrientes y fugas y, en lo que a Endo concierne, no interpretarlo como una suerte de desagüe fantasmagórico, de pila en la que pescar fácil aquello con lo que realizar el reencantamiento.

«Porque ninguna fuerza viva puede nada contra la fuerza ciega del cambio»

Endo empieza así…

Agente parcialmente purgacional, en parte purificada, está en pie tres minutos antes de la medianoche para que le dé tiempo de echar a correr, y no hay sueño, el sueño es ese desconocido inesperado, si únicamente el sueño fuese ese desconocido inesperado…

Virginia no tendría que abrazarse a la perpetua huida, la enfermedad que no va a remitir, que no merma por mucho que deje de pensar en ella, en la enfermedad, no en ella misma, en Virginia, que se ha entretenido demasiado y ahora se ve obligada a escapar por el terrado.

Sube y usa la llave de la comunidad y cruza con tres zancadas largas el patio que corona el edificio y salta la celosía que separa este del terrado en el bloque adyacente.

Y usa otra llave.

Robada, quizá.

Estira las piernas, fuertes, gatea, le sobreviene un escalofrío, quiere decir algo pero acalla la lengua laxa que a esta hora es el único idioma que puede y sabe salir de sus labios, no tiene por qué dar explicaciones, quizá un día las dé, pero no será hoy, ahora desciende escalones, de dos en dos, ágil. ¿Y si la atrapa?

Y acaba así…

Camila se sopesa y entrecierra, se despide, ha mirado ya aquello que dependía de ser mirado para dejar de ser desconocido, late lentísima, su nido negro desploma los techos bajos del barrio, achica corazonadas secundarias y queda solo la víscera de ella aquí, un anillo de obsidiana en el anular de cada uno y en cada uno se posa ella, y Camila, en el centro de una multitud imaginada y que sin embargo ya empieza a dispersarse, flota, coge una mano con la otra y gira ejecutando un círculo, uno muy concreto, el circulo que no cerrará por un milímetro y cuya representación explica el vacío.

A pesar de su voluntad de conjuro (o, para el caso, de mi voluntad de conjurar), Endo no pretende más que ser una experiencia (esto es, que mi voluntad ya no importa, porque el libro ya es más vuestro que mío). El endorcismo propuesto depende de vosotras y vosotros y vuestra experiencia en él.

«Sirvan estas líneas como advertencia: Endo vibra en clave de psicomancia convulsa y manipuladora. Nigromante disfrazado de samaritano, psicópata que analiza al psicólogo, imán de repulsión grotesca. Un trabajo de psicogeografía carnal y abstracta. Un ritual centrípeto y facetado, conjuro de gravitación inversa hacia el asfalto familiar. Cuando te sumerjas en estas páginas, no estarás leyendo EndoEndo te estará leyendo a ti. Fin de la advertencia.»

Sére Skuld, norna, intérprete, compositora, artista plástica y bruja del caos.

«Endo es un ritual,  un ensayo maestro sobre la sistémica de los lugares que se nos presentan como físicos, pero en realidad no lo son. Sobre cómo los patrones arquetípicos interdependientes se perfeccionan en un círculo vital para permanecer para siempre enfermamente sanos. Endo es un exorcismo a toda una comunidad, a un sistema, a una manera de entender el mundo, a la cosmovisión del lugar dónde permanecía atrapada la fuerza originaria del niño que un día fue el autor, con la misión de desatar a las puertas del año 2020 las energías ocultas bajo la línea que conecta Jafre con Adarró, la antimateria que nos llevará a la inflación, al universo primordial»

David Espínola, líder de Pares.

«arrancado como hemos sido arrancados del mundo»

granum sinapsis es uno de mis últimos poemas, al que tengo especial cariño y creo especialmente relevante justo hoy, en mitad de la que quizá sea la peor época del año y en uno de los años más duros de la guerra cultural en la que nos hallamos inmersos, así que me ha parecido que simplemente tenía sentido regalarlo ahora, justo hoy, y que sea todo vuestro.

Podéis descargarlo desde aquí mismo: granum sinapsis

Cuidaos y andad alerta

 

Ya está en preventa (y, en cuatro proverbiales días, estará en las librerías) mi nuevo artefacto, Teratoma

 

Teratoma (del lat. cient. teratoma, y este del gr. τέρας, -ατος téras, -atos ‘monstruo’ y -oma ‘tumor’, ‘hinchazón’):
Tipo de tumor de células germinativas que puede contener varios tipos diferentes de tejidos, como pelo, músculo y hueso.
Instituto Nacional del Cáncer

Ya nada existe por sí mismo. Ahora todo es simulacro, semejanza de aquello que ha desaparecido y apenas se recuerda, abstracción, un mapa superpuesto al territorio. La Realidad ha devenido en una Virtualidad totalitaria, omnipresente, autogenerada y subordinada a la Casa de Alivio, la entidad divina diseñada tanto para cubrir las necesidades espirituales y materiales de los habitantes del mapa como para controlar sus destinos y regular sus pulsiones. Nodriza, juez y motor, la Casa de Alivio rige las ciudades de Hombre y Mujer; en cada ciudad hay una Casa y en cada Casa se encabe una ciudad.
En Barcelona, tres personajes transitan el simulacro como si de tres anomalías en el sistema se tratase: Fátima Astruc, a quien el fallecimiento de la que fuera su naturópata y confidente durante los últimos once años ha abocado a cuestionarse la conveniencia de seguir esforzándose por integrarse en la nueva normalidad de las cosas a pesar de su hipoxia, su obsesión por escribir una canción perfecta y su fobia a la Casa de Alivio; Deán Astruc, un médium psicogeográfico que, a diferencia de su hermana, puede entrar y salir de la Casa a placer y a quien la metrópolis está castigando por un aberrante delito que cometió en el pasado; y Cristina Sacanera, una mujer nacida en la Casa, luego expulsada para ejercer de santa patrona de uno de los barrios de la ciudad y que trata por todos los medios de renegar de ese rol que está a punto de destruirla.
Articulada como una adivinación, Teratoma es una novela experimental que se sirve de mecánicas inconscientes, psicodélicas, surrealistas y metatextuales para biopsiar el monstruoso y a la vez bello tumor en que el mundo se ha transformado.

 

Publicada por la magnífica editorial Orciny Press, Teratoma es, para mí (y, obvio, uno no puede ser en absoluto objetivo con estas cosas), mi obra más compleja y densa hasta la fecha, en la que he llevado al extremo mi habitual obsesión con el hecho de que el texto funcione más por asimilación que por comprensión explícita, a fin de proporcionar una experiencia de inmersión en la lectura más allá de la historia que cuenta; aquí se trata de transmitir al lector la sensación de estar recibiendo en bruto el flujo de información subconsciente y ectoplásmica que una pitonisa estuviese modulando en trance a partir de las imágenes que recibe de su bola de cristal.

Así, y como una de las posibles acepciones a su título, el libro contiene en su cápsula varios quistes formados por tipos de tejido narrativo distintos al tejido puramente ficcional que les circunda: deformaciones y juegos lingüísticos, teorías filosóficas de vanguardia, acertijos y experimentos mentales, referencias visuales y sonoras extrañas, reformulaciones metanarrativas e interferencias esotéricas, de las cuales apunto una selección a continuación:

Filosofía y experimentos de pensamiento

Realismo Especulativo: oposición a las formas dominantes de la filosofía pos-kantiana, a las “teorías del acceso”, o el “correlacionismo”, esto es, oposición a toda forma de des-absolutización del pensamiento, a toda filosofía que afirme la imposibilidad que tiene el pensamiento de acceder al en-sí de la realidad (el noúmeno). Defiende que el pensamiento es capaz del absoluto, entendiendo “pensamiento” no como algo intelectualista o cognitivista, sino en su sentido más amplio, el que reúne toda forma de subjetividad: imaginación, percepción, sensación, memoria, entendimiento, voluntad, etc, y lo absoluto, como lo no relativo al pensamiento, lo independiente al él, pero a lo que, no obstante, se puede acceder mediante el pensamiento.

El Basilisco de Roko: experimento mental que explora los riesgos potenciales de desarrollar una inteligencia artificial. Plantea que, en el futuro, una IA con acceso a recursos casi ilimitados desde una perspectiva humana pudiera decidir castigar de manera retroactiva a todos aquellos que de alguna manera no contribuyeron a su creación.

Teoría de la tensión tectónica: a raíz de la constatación de que ciertas tensiones en el interior de la corteza terrestre cerca de fallas sísmicas producen intensos campos electromagnéticos y fenómenos luminosos que han sido interpretados como brillantes objetos voladores no identificados, esta teoría propone que esos campos electromagnéticos podrían generar alucinaciones en el lóbulo temporal construidas sobre estereotipos de imágenes formados por la cultura popular, como ingenios, seres y criaturas extraterrestres o comunicaciones con los mismos.

Esquizoanálisis: teoría alternativa del psicoanálisis y, a la vez, contrapuesta a éste, que analiza e investiga los dispositivos de enunciación colectivos y/o individuales. La incidencia de las disposiciones de enunciación sobre las producciones semióticas y subjetivas en un contexto dado. La propuesta esquizoanalítica es evidenciar el pasaje de los sistemas de enunciados y estructuras subjetivas preformadas, hacia disposiciones de enunciación, que sean capaces de nuevas coordenadas de lecturas y de poner en existencia representaciones y proposiciones inéditas.

Textura:

Extracción de la piedra de la locura, El Bosco

Hojas muertas, Remedios Varo

Exploración de las fuentes del río Orinoco, Remedios Varo

El templo de la palabra, Leonora Carrington

Sin título, Luis Ángel Abad

Nueva Babilonia, Constant

Banda Sonora:

 

Teratoma es futurología, sexo, magia, filosofía, surrealismo de batalla,nihilismo posthumanista de guerrilla, política de la carne contra el simulacro y ciberpunk en la época de la hipernormalización, pero, sobre todo, es ya toda vuestra.

Trastorno del sueño durante el cual la persona dormida se levanta, camina, habla y se comporta como si estuviese despierta; los actos realizados no se recuerdan al despertar

 

Mis actos no pueden ser recordados porque no son míos —sometido al chantaje emocional de la textura y el sonido, enmudecido, perdido aquí, entre las voces, siempre la voz de lo otro, de aquellos que supuran desde la pared, que me buscan.

No hay caso en mí, solo lugar: nada que hablar.

 

 

 

Tal como el terreno conjuga de forma especulativa con el terror, espero —llegará la marcha triste a los nuevos barrios y me encontrará aquí, desnudo, manteniendo la puerta abierta.

Desaparecido: nada que hablar.

 

 

 

La carne en el hueco de lo global

que ha quedado atravesada e invalida

por cuanto espera.

En el hueco de lo global

se deslinda la mirada de la víctima por aquella calidad que no puede encajarse en lo único, en solo amor, tierno quebranto de lo que hemos sido ya en demasiadas ocasiones. En la palidez ausente de otro día que acaba embozado por la luz artificial. Dice: querido adversario, híncate en todo lo que sea vulnerable.

La mirada de la víctima, los enormes canales heridos de algo que no es información, que no narra, la gente entre jirones de ropa salpicada de piel espera que no sea sangre lo que mancha las losas rojas y azules y amarillas y blancas y negras del escudo en el suelo, rendido; en el suelo están ellos también, como un puño que agarra el mango de un martillo prestado.

De tal modo, la mirada del otro,

la mirada

a través del hueco en lo global.

La mirada de la víctima, desde la lejanía, comprueba y prejuzga, se posa, se emborrona, no miente, duda, pero aún no protesta ni acusa. Contrario a la agresión, que se siente tan calculada, el rito. Al cabo del paseo está la fuerza imparable. La rutina (solo es jueves) bosteza en grises y por ahí se cuela el desamparo. A escala familiar, los diarios y las palomas y los helados y los achicharrados, estridulación de mentira piadosa y, ahora, nada en orden.

Demasiado brillo, roto, brillo reflejo en el asfalto húmedo solo superficialmente, bajo las ruedas, lo que brilla, es feo y está muerto, brillo reflejo en aluminio y acero y hormigón que no están destinados a hacer crecer, no expanden, brillo sobre rodillas y codos raspados y tobillos torcidos y el beso de la acera, el brillo de cualquier agosto filtrado por un horizonte así de sucio.

Brillo de primera hora de la tarde, latente, encendido y que hace insoportable el calor del motor bajo el capó que embiste, y brilla roto, donde los taconeos rítmicos de las floristas fueron sustituidos por el gasto ponderado (las escasas sombras en Las Ramblas, quietas y sin eco, ensordecidas por el brillo)

La víctima, lo opaco, es un hecho: nada que hablar

grande en el límite que separa”

pérdida de estampa, la excusa (eso parece), el relleno (eso parece)

su cabeza podrida y su relato maligno”

y sí, supuesta, desnuda por completo, en este preciso instante anterior a que se institucionalice el dolor general, supuesta, en fin

antigua de sangre”

En el hueco de lo global

se deslinda la mirada de la víctima por aquella calidad que no puede encajarse en lo único, en solo amor, tierno quebranto de lo que hemos sido ya en demasiadas ocasiones. En la palidez ausente de otro día que acaba embozado por la luz artificial. Dice: querido adversario, híncate en todo lo que sea vulnerable.

Saqueado el cuerpo e ignota su telegenia, queda la opinión sobresaliendo del pellejo. Queda un mirar laberíntico y cerrado. Ciego por el signo y en un paraje singular y paradójico que se estrecha hasta, al no haber más víctima, olvidar incluso que esta una vez posó su amplísimo campo en nosotros y no tiene por qué no volver a hacerlo.