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Archivo de la etiqueta: Autocompasión

Es viernes y esta tarde presentamos Orígenes del Lodo. Ahora son las nueve y media de la mañana. Es viernes y esta tarde presentamos Orígenes del Lodo, son las nueve y media de la mañana y estoy teniendo un ataque de pánico en el metro, de vuelta a casa tras dejar a mi hijo en el colegio. No puede ser que ambos hechos estén relacionados. No, porque es viernes, es temprano, esta tarde presentamos Orígenes del Lodo y un par o tres llevan desde ayer noche, desde la presentación de la nueva colección de la editorial, hinchándome el ego con las posibilidades del artefacto, haciendo mapas imaginarios de lo lejos que puedo llegar con los libros que hay hasta la fecha y los que hipotéticamente vendrán detrás. No puede ser. Me bajo en mi parada y llego al portal de mi edificio (del lugar que habito, pero no el metafórico sino el real) y subo las escaleras de dos en dos. No recuerdo abrir la puerta. No recupero el aliento hasta que me tiro en el sofá y me hundo durante un par de horas en una suave y gris languidez post-traumática.

Digamos que ya estoy preparado.

Almuerzo con los editores y recojo al niño del colegio. Digamos que ya estoy preparado porque, de lo de esta mañana, no le digo nada a nadie. En Gigamesh, antes de la presentación, hay gente a la que no conozco y gente a la que conozco muchísimo y gente a la que conozco un poco menos. Están y estoy. Bien. Digamos que preparado. Un par de mis mejores amigos me abrazan. Preparado, pues. Echo de menos a otro par, pero cada uno de los presentes cuenta por uno, así que bien. Bien. El sr. Javier Calvo y el sr. Luis Gámez son los mejores maestros de ceremonias posibles. Vengo leyendo religiosamente (y aquí el adverbio no es gratuito) la obra del primero desde que un colega me la recomendase allá por el año 2001, y a día de hoy van ya cuatro lecturas exhaustiva del Libro de las Transformaciones del segundo, así que os podéis hacer a la idea de lo que representa que gente a la que admiras de esa forma acepten sentarse a la mesa con uno para hablar, no sólo con él, sino de él. El sr. Javier Calvo y el sr. Luis Gámez me ponen de voz propia y autor relevante, y me ponen de amalgamador y raro en general; en realidad, debo quedar en algún punto intermedio entre esas cuatro coordenadas, simplemente, nada más, pero se lo agradezco igual. Desde el momento en que empiezo a contribuir yo, la presentación se convierte en un juego del pilla-pilla: Calvo y Gámez son listos, muy listos, y saben muchísimo de lo suyo y de lo mío, pero yo estoy de un humor raro y nervioso: me persiguen y cercan, tratando de que desvele en voz alta mis mecanismos y mis temas y mis intenciones, y yo finto y esquivo y a veces huyo y otras me río. Vale, no estaba preparado; aun así, está siendo divertido. Llega el turno de preguntas. Como era de esperar, apenas hay una sola.

Ha acabado. No ha sido para tanto. ¿O sí?

Me preocupa lo de esta mañana, aunque sólo hasta que llega la cerveza. No, en serio: ha acabado, pero no ha acabado, porque en el refrigerio post-presentación (una cerveza tras otra, tras otra, en una terraza cercana, no os vayáis a creer…) se sigue hablando de mí y aún tengo que ejecutar un par de fintas, en pleno bajón de adrenalina. Seguimos así hasta la cena y al fin yo ya no soy yo. No ha sido para tanto. Más cerveza, un par de ellas de doce grados, y charla filosófica con el que, para mí, es uno de los cinco mejores poetas españoles contemporáneos. No está mal. De lujo. Además, llegan las doce y resulta que, con la hora, llega su cumpleaños. Me siento cojo. Sensaciones contradictorias. Feliz pero preocupado; sin creerme del todo lo que ha pasado, pero en algún momento he dicho la soberana gilipollez de que “soy mi propia corriente literaria”, pero no soy casi nada y más bien pequeño, a esta mañana me remito, pero no se me pide otra cosa mas que sea parcial, pero necesito descompresión y poner esto por escrito. Casi mejor admirar a otros pero, joder, tras este viernes igual hasta acabo admirándome a mí mismo un poco más. Sólo un poco.

Casi nada, pero suficiente.

Y llegamos tarde a la ceremonia, atosigados por las prisas que nos impone mi madre y a pesar de que el retraso es culpa suya… hora cogida justa en la peluquería, como siempre pasa, y encima atendida a destiempo… los demás invitados llevan ya un buen rato sentados y disfrutando del paripé, mientras nosotros sólo podemos quedarnos con las conclusiones y la coda: el sí quiero, el beso, la firma y las felicitaciones… Ningún problema: los novios ya se casaron, formalmente, en la intimidad, días atrás, y esto que está pasando en el ancho pasillo atrezzado entre dos salas de actos en este Gran Hotel de Sitges es una comedieta como excusa al convite… A mí no me engañan: esa que está leyendo los votos y no sé qué más pamplinas es una actriz: tiene todos los vicios, se encalla en todas las inflexiones de voz habituales… sé de lo que hablo: estuve seis años saliendo como una como ella. Cartón piedra: sin problema: los novios lo saben, los invitados lo sabemos y todos tan contentos.

Estoy de un humor raro… asisto a la boda un poco por obligación, porque conozco al novio desde que nació y más o menos nos hemos criado juntos… porque en cierto modo adoraba a su madre y, si su muerte fue un golpe bastante duro para mí, no quiero ni imaginar por lo que debió pasar él… porque a pesar de la pérdida de contacto y que en realidad E (así vamos a llamar al novio) es a todas luces un extraño para mí, hay cosas a las que uno no se puede negar… lo que no quita que me encuentre ciertamente desubicado: he arrastrado aquí conmigo a mi novia y a mi hijo de tres años, todos formando en estela tras mis padres y mi hermana… y los familiares y amigos de los contrayentes lucen sus mejores galas, sus trajes y corbatas y vestidos de fiesta, mientras que yo zigzagueo entre ellos en camisa de manga corta negra, pantalón negro y mis botas Magnum de las fuerzas especiales británicas, buscando a E con la mirada para felicitarle y de paso copiar cómo le felicitan los demás y captando sólo un contexto que me es tan ajeno que, si me importasen esas cosas, casi me sentiría avergonzado.

Finalmente encuentro a E y le doy la mano y una palmadita en la espalda… balbuceo algo así como “ahora ya se te puede tratar de usted…” o alguna estupidez similar… El peculiar grupo familiar que formamos topa acto seguido con el padre del novio, un gilipollas engreído al que, por motivos que no voy a exponer aquí, me es visceralmente imposible respetar… en un despliegue de facultades del señorito andaluz que cree que es, el hombre corta la mentira con la que justificar el retraso que le está colando mi madre para decirle a mi hermana que está muy buena así como va vestida, que caramba cómo se la ve, y babea un poco y bizquea algo más hasta alguien le reclama y entonces se excusa y nos deja.

Mi novia y yo y otros cuantos ocupamos los sofás del hall con aspecto de sala de espera de aeropuerto… El aperitivo antes del convite se va a celebrar en el jardín de la piscina, pero ésta está abierta a los huéspedes hasta las ocho y apenas son las siete y cuarto; toca esperar mientras los novios se hacen las fotos… Mi hijo ha encontrado a otra niña con la que jugar y corretea por el atrio… Hablo poco y me intento mantener al margen; me distraigo categorizando la fauna mentalmente y rajando por lo bajini… están los amigos del intituto del novio y la novia: pastilleros con hombreras y chonis emperifolladas por Zara… están los que supongo son los compañeros de trabajo o de gimnasio de E (policía municipal y aficionado al culturismo, para más señas), con sus miradas turbias a los escotes de las parejas de los demás y la pose de portero de discoteca… están las señoronas que parecen papagayos en esos ropajes de réplica de alta costura pero estampados por la mano de obra barata de un orfanato chino para niños daltónicos y mancos… están los curritos, que hoy que se han puesto corbata tratan de comportarse como suponen lo hacen sus jefes en los días de descanso, y otras señoronas que cotillean a gritos sobre lo que sus vecinos de grupito conspirativo cuentan de sus vacaciones.

Cierran la piscina, montan las mesas y vuelven a abrir el jardín, y ya iba siendo maldita la hora… Una horda cae sobre las bandejas de canapés, mi novia y yo asaltamos la barra de sushi abandonada en una esquina… abandonada porque “¿Pescado crudo? ¡Bah! A mí dame tortilla es-pa-ño-la y jamón se-rra-no, nen”… Le confieso a mi chica que empiezo a agobiarme y creer que no deberíamos haber venido, podría haber inventado alguna excusa, la que fuese, pero mira por dónde el crío se lo está pasando de miedo con su nueva amiguita y todo el mundo comenta lo simpático que es, lo bien educado que está… algunos lo hacen mirándome fijamente y sin duda preguntándose cómo es posible que esa astillita encantadora haya salido de tal palo… Como soy idiota, al contrario de lo que dicta el más elemental sentido común, no pruebo una gota de alcohol, me autolimito a las Coca-Colas en serie, dejo fluir el tiempo y me aburro… me aburro muchísimo, joder… la conversación más coherente a la que pego la oreja aprovecha el hecho de que hay un tipo cortando jamón in situ para discutir sobre las formas más óptimas de hacer tasajos la pata de cerdo: “Estilo Cacereño”; “No, mucho mejor la Técnica Cordobesa” … suena a artes marciales para el populacho.

La cena ceremonial es en una carpa anexa al restaurante del hotel… Espectáculo de luz y color: focos cenitales en azul muy, muy vivo y el aire acondicionado a tope… llevados como ganado al interior de un iglú… no sé quién será el lumbrera encargado del diseño, pero esto a lo último que invita es a comer… y, evidentemente, tampoco se puede fumar… Localizamos nuestra mesa, la nueve, que mi familia comparte con una pareja de conocidos de mis padres que también son conocidos de E… los progenitores de un amigo suyo del colegio y los de otro de los vecinos que jugaba con nosotros en la calle cuando éramos críos… por supuesto que también me miran raro cuando nos sentamos, sobre todo porque no abro la puta boca… pero enseguida están demasiado ocupados discutiendo (aún) sobre el jamón y haciéndole monerías al niño… ¡Que empiecen a llegar los platos y que algo de esto tenga algún sentido!.. Y una mierda: lo que empieza es un espectáculo de proyecciones láser… tal como suena… proyecciones láser, de esas que pasaron de moda hace quince años… y la luz ambiente centellea y pasa del azul al verde y del verde al morado… las proyecciones nos muestran un mapa de la costa catalana y hacen zoom sobre Sitges y más zoom sobre el hotel, como si estuviesen a punto de bombardearnos… y suena una explosión… mi hijo pregunta qué está pasando y le digo que nos están atacando, que vamos a morir… todos se ríen, el niño se ríe, y ninguno cae en que lo estoy diciendo en serio… en cierto modo.

Hace mucho que no me invitan a una boda, así que mi hermana me pone al día: lo que se lleva ahora es que entre plato y plato los invitados vayan dando regalos a los novios y, tras el pastel, lo mismo pero a la inversa… lo cual vuelve el proceso de la cena un maldito suplicio… primer plato, música estridente y proyecciones láser y regalo de los tíos de los novios… sorbete de digestivo entre platos, música estridente y proyecciones láser y regalo de los padres de los novios… segundo plato, música estridente y proyecciones láser y regalo de los amigos de los novios… y todo el tiempo la luz ambiente variando al azul, al verde, al violeta, oscuridad y un foco remarcando el protagonismo de regalador y regalados… ni siquiera puedes ver de qué jodido color es lo que te estás intentando comer… y llega el pastel nupcial…. el hilo musical al doble de decibelios, la tarta montada sobre un barco y un pequeño (enésimo) error del que gracias a mi madre puedo hacer partícipes a los demás: ella me pregunta “¿Eso que suena es la banda sonora de Titanic?”; “No” respondo “se parece, pero se han equivocado y han puesto la de Parque Jurásico”… ja, ja, ja, ja… Tras el postre, ¿a que no lo adivináis?… música estridente (el himno del Betis, Mojinos Escozios, DJ Kun… con dos cojones) y más proyecciones y regalos de los novios a sus primos, a sus tíos abuelos, a sus amigos en edad de merecer, a los niños presentes… Una cosa, un detalle, si se me permite ser aún más pejiguero: si todo el mundo recibe regalos, los regalos dejan de tener ninguna puta relevancia… Importancia Cero… y, me cago en la puta, caigo en la cuenta de algo: cualquier significado que el rito del casamiento pudiese tener ha sido violado, desvirtuado, mediocrizado y puesto a secar… todo lo que los actos paralelos al casarse pudiesen tener de reunión tribal, con sus códigos y su semiótica, derrotado por la cuchipanda y la tontería… Mundo Karaoke, de nuevo; el concepto empieza a perseguirme, o a castigarme… lo que sea… el caso es que hace un par de días escribí sobre ello y nadie me ha hecho ni puto caso, pero aquí está el ejemplo, ante mis narices ya a estas alturas mosqueadísimas y hastiadas hasta el vomito… nada de puros y cigarrillos para fumar todos juntos en gesto de comunión y tregua, pero, ¡ey!, nos regalan las fotos de grupo con los contrayentes, impresas digitalmente ahí mismo y en la que salimos todos horrendos, por cierto.

El fin de fiesta es un baile en la sala de actos de la planta baja… y vaya si va a ser un fin de fiesta, porque el setenta y cinco por ciento de los presentes está borracho, pero yo no… mi hijo está agotado… el padre de E vuelve a la carga, a babearle un poco más a mi hermana y decirle que salga a la pista, que luzca ese palmito… ella se lo sacude de encima con particular diplomacia, pero aun así le digo que, si quiere que le estrangule, sólo tiene que darme la orden… Circunnavego la sala hasta la barra libre… puede que se hayan empleado a fondo en joder con sus “novedades” lo poco de digno que pudiese tener el acto de casarse, pero desde luego los ritmos con los que sacuden el esqueleto siguen siendo la misma bazofia estúpida de siempre: Celia Cruz, perreo, Shakira, una Lambada 2.0, Paquito el Chocolatero… Me meto entre pecho y espalda dos Ballantine´s cola en menos de veinte minutos… Larguémonos-De-Aquí-Joder… Mi novia está de acuerdo y cualquier otra opinión me la trae al pairo, ahora mismo.

Al salir de la sala hacia el ascensor y la calle, nos encontramos con un chaval al que no conozco pero que también forma parte del evento… me he fijado en él durante la ceremonia, le he visto aún más apartado que nosotros mientras esperábamos en el hall y hundido en su silla durante la cena… ahora está estirado en uno de los bancos junto a la puerta batiente de la improvisada discoteca, con unos grandes auriculares cubriéndole las orejas y el reproductor de mp3 descansando en la barriga… se le ve tan relajado en su postura de que les den por el culo a todos… no sé qué le parecerá a los demás, pero a mí me da por pensar en eso de la resistencia pasiva… la pose, la actitud… Agresión Pasiva, casi… mucho más valiente que mi contenido cabreo de amargado cascarrabias tocacojones… la única imagen en todo el día que podríamos considerar proporciona un mínimo de esperanza… Le hago una disimulada reverencia y sonrío.

 

¿Lo querías? Lo tenías – Así funcionaba hasta ahora, pero claro, ese “ahora” es el momento en que parece que los estamentos públicos le han declarado la guerra a las personas – diría que como tú y como yo, pero eso sería generalizar – Apostemos por el individuo, apostemos por la iVida, algo así como una vida etiquetada de nubes y parodiando la signatura de Apple – ¿La quieres? Bien… puedes encontrar vida en cualquier parte – decidir si inteligente o no ya es cosa tuya – Más ejemplos: los capítulos de la primera temporada de Luther están llenos de vida, aunque giren entorno a la muerte y sus delirios y sus prejuicios – Y ahora llega el papa a la capital, pero te pilla demasiado ocupado, puliendo un artefacto titulado Carnaval Según San Judas como una contribución a la causa de yomismo, y resulta que tu director de cine español favorito se ha puesto en contacto contigo para proponerte escribir a cuatro manos el guión de su próxima película – Mira cuánto destello de orgullo ajeno, mira cómo te mira todo al que se lo cuentas hasta que hace algo de trabajo de investigación y encuentra los referentes y se decepciona, en cierto modo, porque ese Arte Nuevo que te habían supuesto es el mismo Arte que llevas haciendo desde siempre, pero con más luces – La Máquina de Visión, de Paul Virilo – Pero estábamos hablando del papa… toda esa muerte corriendo por las calles de Madrid – toda esa muerte porque es la suspensión del pensamiento crítico y el adocenamiento de los incautos y las antenas de los medios de comunicación subnormales irradiando inmovilismo – sí, toda esa muerte… – En este cuadrante optamos más por la iVida como forma de esquivar este calor insoportable – Los niveles de humedad en Barcelona… no me hagais hablar de los niveles de humedad en Barcelona… – Suerte de las tres semanas de tregua y sentarse a las teclas una media de ocho horas al día, con el libro (Carnaval…) y el guión (proyecto del que ya en estas líneas he dado más detalles de los que se me permite, me temo) – Al parecer, una tormenta tropical barrió la Ciudad Condal en algún momento y ni siquiera me enteré – enfermo de una vida sobre el papel, que no es tal: iVida: un antídoto temporal contra Mundo Karaoke (concepto a desarrollar en los próximos días, si este intento de regresar al blog y sus modos lo permite) – Creo que estas tres semanas me han dejado la espalda jodida ya para los restos – Ha valido la pena, a pesar de que la descompresión está siendo dura: compromisos y discusiones: empieza a oler a que algo acaba: una fragancia recordada, fragancia de descomposición, el ectoplasma de un olor que trae el viento soplando desde el futuro cercano – Ha valido la pena andar contento, en la iVida, aunque volvamos ahora al mismo calor y la misma tristeza de siempre – Hay un tag especialmente gracioso en Twitter: #yoyamentiendo – Tendrá que valer – Mis disculpas – En próximas entregas, mayor corrección, mayor concreción y cosas mejores en general. Gracias por vuestra atención.

Detalles de un larguísimo panegírico que no publicaré, por vergüenza y respeto y porque las zonas de vulnerabilidad tienden a impermeabilizarse mal al ser botadas a la world wide web. Leed las piezas del puzzle y armadlo vosotros mismo. Samplead o reproducid en loop, en voz alta u olvidadlo nada más consumir. El lector tiene aquí prevalencia y prioridad.

Cada X ciclos hay quien demanda por ahí la regularización de una incierta Educación Sentimental. Se han escrito manuales enteros al respecto, columnas de opinión, guiones para documentales que jamás se rodarán, diagramas de ponencias para sordos… Todo en balde. Porque, al final, somos autodidactas y, según se mire, estamos jodidos irremisiblemente y puestos a secar. No va a haber nunca una guía para “lo sentimental”. Por lo inabarcable de la hipotética empresa, sobre todo, pero también a causa del angustioso hecho relativo de que cualquier camino por “lo sentimental” depende, en su mayoría, del sextante que es el Otro, en mayúscula lacaniana; de la relación interpersonal afectiva, de un feedback que multiplica infinita y exponencialmente la incertidumbre propia, pasado por el filtro del “contrincante” y devuelta, mutada, para nueva interpretación o, en el peor de los casos y paradójicamente el mayoritario, la actuación intuitiva que es más bien una rendición. Vamos a tientas, en definitiva y hagámonos a la idea. Estamos perdidos, naufragados en un relativismo al que, para más inri, flaco favor hacen ni los dramones multiformato que en nuestras más cortas o más largas vidas hemos tragado a cucharadas colmas, ni las conversaciones de doble rasero con los colegas, ni el mismísimo puto Shakespeare; a la espera de que nuestro cadáver hinchado de hormonas sin objetivo aparezca flotando bocabajo en las aguas poco profundas de Demasiado Tarde. Y, lo admitamos o no, esta falta, ser conscientes de esta carencia, duele. Duele nueve de cada diez veces. Como el dicho: nueve de cada diez veces que uno se da de puñetazos contra la pared, la pared gana; la vez que no, es porque la pared se ha derrumbado encima de uno.

Sin embargo, quizá esté bien que así sea. Visto desde un punto de vista absolutamente romántico, sin dolor no tendríamos poesía, por ejemplo. Visto desde un solo ángulo, tiene sentido: sin dolor, no habría Anna Kavan, o sería una Anna Kavan distinta, a la que puede que yo no hubiese conocido nunca; sin dolor, Alice In Chains sólo habrían salido del local de ensayo como émulos de Van Halen, para morir arrollados por la marabunta de la depresión de los noventa al poco, arrojados después al contenedor que ellos llamarían oblivion; sin dolor, Cronnenberg sería un Almodovar gore; sin dolor, no hay parto.

E indexadas a estas afirmaciones caben infinitos “y si…”s. Por supuesto. Pero esto es una opinión, un panegírico (hoy, en tiempos en que el panegírico ya no existe más allá del recíproco montante, contante y sonante, de la reafirmación del propio ego por proyección o, simplemente, del papanatismo), no un ensayo.

(…)

Apenas cruzábamos tres o cuatro palabras en las reuniones de equipo quincenales. Yo estaba felizmente casado y acababa de tener un hijo. Ella vivía con un Disc-Jockey. Poco más sabíamos el uno del otro en el plano personal, y ya estaba bien. En retrospectiva, y con alguna que otra cerveza de más en el cuerpo, nos hemos confesado que, en aquellos días, ya nos habíamos fijado el uno en el otro y descartado mutuamente antes de considerar siquiera una remota posibilidad de acercamiento. Lo cual es bonito, sí, pero tan difícil de precisar su veracidad, o cuánto de ello viene condicionado por lo que ha venido después, que no vale la pena pasar por el acto de constricción necesario para aclararlo aquí y ahora. Vamos a conformarnos con que éramos sólo un estadio por encima de desconocidos.

(…)

Nuestros hogares estaban rotos, de todos modos: el verano antes, el DJ había dejado a Zelda por otra y con muy malos modos; yo, por mi parte, estaba a punto de separarme o suicidarme, dependiendo de con qué pie me levantase cada mañana. Así que aquel miércoles noche que ya se había convertido en jueves de madrugada, hablamos, de verdad, por primer vez, dejando las horas y las cosas íntimas, pero de fuera, en la puerta.

(…)

Zelda, hambrienta, tropezó un día que se intentó enrollar con otro tipo en una fiesta, acabando todo el asunto en desastre. Mi propio tropiezo fue bastante más estúpido: estaba tomando una copa con mi amigo Ernesto, poniéndole al día de todo este jaleo, explicándole que cierto domingo después de comer Zelda me había llevado a su casa y había estado tocando la guitarra para mí mientras yo me iba enamorando de ella en el sofá. “Tío… fue casi mejor que follar”, admití en voz alta. “Joder, esa Zelda te gusta mucho”, dijo Ernesto, dando la puntilla.

(…)

Establecimos así una relación en cuyas afueras hay una oscuridad tal que, cuando bajamos los defensas, Zelda o yo, nos ateren malentendidos negros, lazos negros no del todo rotos, crespones conmemorando el miedo al cambio, por mi parte, y , por la suya, el miedo quizá a descubrir que lo prometido en los inicios se ha matizado demasiado, terroríficamente rapido para lo que es el proceso natural de una suma sentimental clásica, puede que conmemorando el pavor a que la engañe y la defraude tanto o más que los demás antes que yo.

(…)

Es un patchwork de las líneas mentales que pensaba escribirle en la carta que iba a mandarle cuando, tras la última pelea, la de hace muy, muy poco, llegase la ruptura definitiva. Pero la crisis pasó y la resolvimos juntos. Porque por fin hemos (he, mayormente) aprendido a estar juntos.

(…)

..dejar los triunfos bocarriba sobre la mesa y que ella haga con ellos lo que le plazca. Lo siento, preciosa. Sabes que no puedo evitar quererte; es la cruz con la que cargamos los dos.

Veréis…

Hace unos años (muchos, demasiados quizá…) gané un par o tres de concursos literarios. Justo entonces, justo cuando los meses de presentarse a convocatorias y de no llegar siquiera a finalista, justo cuando la frustración y cierto “aprendizaje” empezaron a dar fruto, dejé de participar. En este tiempo he urdido un montón de motivos más o menos filósoficos a esto, que van desde que no creo en los concursos, porque no creo que lo de la literatura sea una competición, hasta la más alocada y conspiranoica (y por eso más interesante) teoría de que absolutamente todos los concursos de este país, y de los demás también, qué coño, están amañados. A base de tropezar por ahí con variopintos personajes, y de meter el hocico en el mundillo, he acabado por tener un buen cartapacio de pruebas que sustentan firmemente éstas y hasta la chorrada más grande que jamás se me pueda ocurrir a este respecto, para explicar(me) por qué dejé de jugar al juego de los juntaletras, por qué no compro ningún libro que lleve escrito en la solapa que ha ganado tal o cual premio (aunque sí los robo; total, el único beneficiario que me importa ya ha cobrado, ¿no?),  por qué me da tanta rabia que el poco talento de que alguien pueda disponer se pague con cuatro duros y docenas de putadas y paladas de vergüenza, mucha propia pero casi toda ajena.

Y aun así todos estos motivos son mentira. Verdades a medias, apenas, en el mejor de los casos.

La Verdad, con V mayúscula, es que dejé de participar en concursos literarios porque cada vez que lo hacía sentía como si una parte de mi ya maltrecha alma se deshiciese y muriese.

Ya, ya sé que suena dramático. Exagerado. Mucho. Y que quizá estuvieseis esperando una gran consigna incontestable-zen-punk-visionaria. Pero eso es lo que hay y no sé cómo explicarlo mejor. Así lo sentía, tanto física como intelectualmente. Eso era lo que había y no tenía visos de paliarse o mejorar, y a mi alma cada vez le iba peor. Por eso me bajé del tren de los chanchullos.

¿Qué? ¿Que por qué me da por explicar esto ahora?

Veréis…

Hace unos días (pocos, creo, pero ¿quién puede estar seguro, en los tiempos que corren?) recibí una invitación para participar en el Primer Certamen de Poesía de Serie B, convocado por LABoral Centro de Arte y Creación Industrial, la Semana Negra de Gijón y El Gaviero Ediciones. No voy a extenderme aquí con en qué consiste el asunto, porque para eso os he dejado un enlace a las bases del premio, pero sí que voy a reconocer que el tema me interesó. Me interesó, sobre todo, porque se supone que es uno de mis temas y, sobre otras cosas, porque varios colegas muy, muy apreciados han declarado que van a participar. Me interesó tanto, de hecho, que me mandé un poco a mí mismo a la mierda y me planteé seriamente ponerme a ello. Craso error.

El primero en llegar, nada más tomar la decisión, fue el señor Te Imaginas:

“¿Te imaginas que ganas y te cae un viaje gratis a Gijón, a recoger el premio, y 1.200 euretes, que sólo Dios sabe cuántisima falta te hacen?”

“¿Te imaginas cuánto currículum podría sumarte el ganar una cosa así?”

Al poco, le siguió el no menos ominoso señor Lameculos:

“¿Qué querrá leer el jurado?”

“¿Qué puedo escribir, que sea absolutamente incontestable y, claro, GANE?”

“¿Cómo puedo solucionar las dos preguntas anteriores siendo fiel a los mimbres característicos del laureado autor de Antifuente (como si eso significase algo…)?”

Por último, ahí estaba esta mañana, muy digno él con su torcida sonrisa de bastardo, esperándome al lado del escritorio, el señor Bloqueo.

Hijo de puta.

Por primera vez en dos o tres años (ahora que lo pienso, desde la última vez que respondí a una convocatoria… aunque ésta era más bien un encargo y para algo tan guapo como el cuarto número de Paura…), esta mañana, después de agachar la cabeza para que el señor Bloqueo se dedicase sin trabas a sus capirotazos rituales, he pasado dos horas mirando fijamente a la pantalla en blanco. Incapaz de escribir una maldita palabra. O lo que es peor: escribiendo media docena de ellas para luego borrarlas y volver a empezar.

Y otra vez esa sensación. La de algo agarrotándose dentro, más adentro que las tripas o el corazón. La de estar perdiendo un pedazo de algo que últimamente andabas bastante convencido de que ya no tenías. La sensación de ser un inútil y no tener ni pajolera idea de nada, por muy creído que te lo tengas. La sensación de haber perdido antes siquiera de haber visto el tablero de juego.

Todo por un concursillo de mierda.

Joder.

No puedo ser el único en todo el mundo (en todo el mundillo) que piense así. No soy tan original y la ciencia estadística seguro que está de mi parte. No tengo porque plegarme a estas jodiendas.

Así que me he puesto a escribir esto, e inmediatamente me he sentido mejor. Se supone que para cosas así sirve un blog, y maldita sea si no acaba de servirme a mí de mucho.

1) Antifuente, mi última antología, fue publicada por una editorial “normal” y aun así tuvo una distribución penosa y prácticamente ninguna promoción. Dos tristes detalles al respecto: a) aún hoy recibo emails de gente que ha leído las críticas al libro y quieren hacerse con él, preguntándome dónde comprarlo porque no lo encuentran por ninguna parte; y b) yo mismo he tenido que enviar algunos de mis propios “ejemplares de cortesía” (el número de ejemplares que la editorial le “regala” al autor) a fin de que el libro fuese reseñado en alguna publicación especializada.

2) Yo no hago esto (ni prácticamente nada) por dinero. Mido el éxito con otro baremo. Y, a juzgar por las críticas y los correos de lectores, Antifuente ha tenido un éxito moderado. Aun así, ni me ha generado un puto duro, ni me ha abierto las puertas de otras editoriales de cara a futuras publicaciones. A pesar de todo, no ha “sumado currículum”.

3) La inmensa mayoría de los editores con los que he contactado últimamente me dicen que no publican antologías porque no es rentable. Cosa de la crisis y cuac-cuac-cuac… Y, por mucho que yo crea (Modo Modestia:OFF) que precisamente mis libros son anti-crisis (más que nada porque, para entender algo, uno tiene que leerse como tres veces cada cuento y teniendo la enciclopedia a mano, cosa que hace que la inversión en el ejemplar quede más que amortizada…), a dichos editores el chiste no les convence y no se bajan del burro y lo siento, chaval, pero esto es lo que hay.

Teniendo estos puntos en cuenta, ¿tan descabellado sería que me autopublicase la nueva antología, que lleva ya casi dos meses pudriéndose en un cajón, mediante alguno de los servicios de Impresión A Demanda (lulu.com, bubok…) que corren por ahí? ¿Qué pierdo al encargarme de todo, hacer yo mismo la corrección, diseñar la portada, subir el archivo maquetado al servidor de turno y abrir una pequeña tienda online desde la que montarme la promoción a mi gusto? ¿Tanto cambia la cosa cuando, en lugar de tener que buscar mi libro en alguna de las cuatro o cinco tiendas que puedan tenerlo, o encargarlo expresamente a la distribuidora, el lector puede pedirlo en la tienda online, que le impriman un ejemplar sólo para él y recibirlo en casa?

No lo sé. Dudo. Así que cualquier comentario al respecto de lo aquí expuesto que tengáis a bien hacerme, será más que bienvenido.

Buenas tardes.

A la mierda el 2009…

Mis propósitos para el 2010 que empieza mañana: beber aún más, fumar el doble y comer aún menos, acceder a todos los medios posibles con los que volverme loco y críptico y puede que incluso dejar de escribir. Visto desde fuera, puede parecer que el gran metapropósito sea, en realidad, suicidarme despacio y con letra sucia, pero nada más lejos. Sólo es que, si me tengo que quedar con algo de este asqueroso año que termina, me quedo con haber aprendido a esperar menos que nada, de nadie y bajo ninguna circunstancia. Pongámonos en lo peor, y a silbar.

Que te den, 2009.

Lo mejor es que 2010, cuatro números que suenan a CiFi molona, además, lo va a tener muy fácil para estar a la altura.