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Archivo de la etiqueta: Baer

Siempre que me preguntan por mis libros favoritos, influencias y demás memeces, suelo responder con una retahíla de barbaridades improvisadas y tomarle el pelo al interlocutor, aunque indefectiblemente, y en un ejercicio de brutal sinceridad por mi parte, el nombre de Will Christopher Baer acaba por aparecer en la conversación de un modo u otro. Y lo cierto es que sí, es mi escritor favorito (si acaso tuviese que quedarme sólo con uno), y sí, lo considero uno de los grandes autores americanos contemporáneos; muy por encima de Palahniuk y al mismo nivel que Foster Wallace, por ejemplo. El problema con el señor Baer es que escribe pseudo-novela negra en una prosa entre onírica y visceralmente demoledora, desnuda en apariencia y tan desgarradora, en el fondo, que duele.

Hasta ahora, la obra del autor consiste únicamente en la Sagrada Trilogía (expresión usada por sus esquizoides fanáticos en el foro de internet que congrega a la mayoría de éstos, The Velvet); tres libros centrados en las desventuras del ex-agente de policía (ex-Asuntos Internos, para más inri) Phineas Poe:

El primero, “Kiss me, Judas”, es un ejercicio de deconstrucción de una leyenda urbana. Phineas Poe, recién salido del psiquiátrico en el que fue internado tras el suicidio de su esposa, conoce una exhuberante morenaza que le emborracha y se lo folla en una sórdida habitación de hotel. A la mañana siguiente, el ex-policía despierta en una bañera repleta de hielo, con un riñón menos y una nota en la mano: “If you want to live call 911”. A partir de ahí, el resto es el alucinado relato de la persecución de Phineas Poe en pos de la mujer, una tal Jude, a lo largo y ancho de unos Estados Unidos bizarros, corruptos y desmedidos, espoleado por el constante abuso de sustancias narcóticas de todo tipo con que el protagonista-narrador trata de aplacar el dolor causado por la extirpación de campaña a la que fue sometido en la habitación de hotel. Abuso que le lleva, por supuesto a cierto estado de iluminación en el que sólo cabe una pregunta: cuando encuentre a Jude, ¿la mataré o volveré a tirármela?

En el segundo volumen, “Penny Dreadful”, las tornas cambian considerablemente, aunque la tesis principal sigue pivotando entorno a las leyendas urbanas. Tras los sucesos narrados en el primer libro, Phineas Poe vuelve a su Denver de origen, donde recibe el encargo, por parte de uno de los pocos amigos que le quedan en la policía local, de encontrar a un agente encubierto llamado Jimmy Sky. Lo último que se sabe del “topo”, sin embargo, es que se metió un poco demasiado para su propio bien en el juego de moda entre los jóvenes de la ciudad: El “Juego de las Lenguas”, una partida de rol infinita a escala y tiempo real, que ha dividido a los diferentes estratos de la sociedad en castas según se hallen más o menos implicados en ella. Y, de nuevo, sobre toda la historia pesa una terrible duda: ¿es posible que Jimmy Sky sea el mismísimo Phineas Poe, que su cerebro frito de Morfina y alcohol no sea capaz de recordar su última asignación como policía, que fuese la esposa de Jimmy Sky la que se volase la cabeza con el revolver reglamentario de su marido a causa de su enorme implicación en el “Juego de las Lenguas”?

Sólo puntualizar una cosa más de las muchas cosas buenísimas en “Penny Dreadful”: aquí, a diferencia de la voz narrativa en primera persona del presente en “Kiss me, Judas”, la acción es estructurada de forma sinérgica entre las narraciones subjetivas de los diferentes personajes que van apareciendo a lo largo de la obra, dando como resultado una mezcolanza de metáforas imbricadas en la experiencia personal del narrador que traspasa al lector la disolución del “yo” que gradualmente sufre el protagonista.

Y, por último, “Hell´s Half Acre”, volumen que cierra la trilogía de un modo casi groseramente apabullante y del que no voy a explicar prácticamente nada, ya que contar lo más mínimo de su trama rompería del todo la magia resultante de la inmersión en semejante artefacto. Vuelta de tuerca a la enésima leyenda urbana: se rumorea que Jude ha vuelto a Denver (y eso que todos, sobretodo Phineas, la daban por más que muerta) y que está enredada en un asunto sucísimo relativo a snuff movies y miembros de la alta sociedad con costumbres sexuales, digamos, relajadas. Otra vez la búsqueda de la chica y el dilema “¿la mato de nuevo o me rindo y decido que es la mujer de mi vida?”. Personajes extremos que no son lo que parecen (¿o sí?), obsesionados con volver loco al ya casi desahuciado y sin remedio protagonista. Una forma narrativa que vuelve a mutar para convertirse en un relato en tercera persona del pretérito, sólo canónico en apariencia…

Todo esto, sin embargo, ni siquiera araña la superficie de la explicación a por qué me gusta (me obsesiona) Will Christopher Baer.

Última advertencia a navegantes: Will Christopher Baer debe leerse en su inglés original tanto sí como sí, sin excusas. Hasta donde sé, sólo existe una traducción al español del primer volumen de la “Sagrada Trilogía”, descatalogada desde vaya usted a saber cuando y sin esperanza de reedición. Así que, para los que estén mínimamente interesados, traduzco yo mismo a continuación, de forma más o menos acertada, el precioso comienzo de ese “Kiss me, Judas”:

>>Debo estar muerto, porque ya no hay más que nieve azul y el furioso silencio de un disparo. Dos pájaros se estrellan a ciegas contra la superficie helada de un lago. Estoy frío, religiosamente frío. Los pájaros emergen del agua, sus alas como plata. Uno lleva un pez que se sacude prendido del pico. El otro se zambulle otra vez y ahora contengo el aliento. Ahora la nieve ha cesado y el cielo es blanco infinito y estoy tan frío que bien podría haber abandonado mi propio cuerpo.


>>Me desplazo desde el ascensor hasta el lobby. Me veo a mí mismo caminando sobre una alfombra dorada. El tiempo se ha ralentizado hasta arrastrarse y estoy mirando a través de un filtro pero soy yo. El familiar cráneo afeitado y los ojos como sombras. La piel gris estirada sobre el rostro y mis manos en blanco centelleante como de recorte de papel. Visto traje y corbata negros y una sucia camisa blanca. Ropa holgada, como si fuese prestada. Lo cierto es que estoy perdiendo mucho peso. Tengo pinta de estar muriéndome de cáncer. Paro y me doy la vuelta despacio. Creo que estoy buscando el bar. Una punzada de nausea. Alguien más me está mirando. Una mujer en un vestido rojo. Está sentada en un sillón de piel, largas piernas cruzadas y amarillas. Tiene el pelo largo y negro con mechas rubias. Sus labios se abren ligeramente y puedo verle los dientes. Paso junto a una columna de mármol y desaparezco. Resbalo dentro de mí mismo otra vez y puedo oír el sonido de un piano.


>>Me siento a la barra y pido un vodka.

¿Vodka con qué? dice el hombre

No lo sé. Con una rodaja de limón y algo de hielo.

Me trae un vaso. Sorbo y me siento mejor. La mujer de rojo se sienta a mi lado. Es más joven de lo que pensaba. Ha pasado demasiado desde la última vez que estuve tan cerca de una mujer y mi primer impulso es irme. Me aflojo la corbata y la miro. Tiene cicatrices en los bordes de la boca y ojos perturbadores. Parece no pestañear nunca. Su cuerpo es como un cuchillo. Una piedra negro mate, con la forma de una lágrima, se balancea de una cadenita de plata sobre el frío hueco de carne entre sus clavículas.

¿Eres un turista? dice.

Ni siquiera estoy seguro de qué ciudad es esta.

Denver.

Soy vendedor.

Qué raro. Pareces policía.

Me acaban de soltar de un hospital psiquiátrico.

Perfecto, dice.

Me acabo la copa y la dejo a un lado. Ella moja un par de dedos en el hielo y veo que sus uñas están pintadas de azul. Pesca la rodaja de limón y se come la pulpa. Muevo la cabeza ligeramente y ahora su rostro está a dos pulgadas del mío. Ella toma una gran bocanada de aire y exhala despacio. Respiro su aire muerto.

Debes ser un vendedor terrible, dice.

Lo soy.

¿Quieres invitarme a una copa?


>>No estoy muerto. Terriblemente frío, pero mis ojos están abiertos. Estoy mirando directamente a la blanca lámpara del techo y, cuando cierro los ojos, aún la veo, como si el blanco estuviese grabado a fuego en mi cerebro. Trato de respirar superficialmente. Estoy en una bañera. Estoy desnudo y la bañera parece llena de hielo. Creo que no estoy sangrando. Me siento bien, en realidad. El hielo es suave y de algún modo comfortable. Siento un raro picor en el flanco izquierdo, por debajo de las costillas. Quiero rascarme, pero no puedo mover los brazos.