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Androide Vegetal

Otro fragmento del guión en el que estoy trabajando. La imagen de arriba es el estudio de Fran Ros, quien se encarga de los lápices, para uno de los personajes principales del cómic (ese Androide Vegetal al que se menciona más abajo).

Olor a ozono e iones negativos —en la calle todo es vidrio inmaculado y reclamado de vuelta por la naturaleza salvaje del monstruo (la firma geodésica de la lucha entre bestias se desata con una metáfora violenta), demás firmas en tejido cicatrizal urbano—, puedo verlo desde la ventana vuelta del revés —enmohecidas agallas de lo absurdo que es todo este asunto de la batalla a escala elefantiásica—, ¿dónde empieza y acaba la recursividad? ¿son los monstruos moliéndose a palos en el papel o soy yo, adicto a la metaintención, el perpetrador de esta cloaca ecologista? ¿Lo somos todos? —y quiero que te hagas a la idea de que la inercia Yin-Yang a la que sometemos a la polilla contra el nuevo y mejorado Androide Vegetal no es simple maniqueísmo (ambos, criaturas de la Flora y la Fauna; ambos, requemados por el hueso de dinosaurio; ambos, una dedicatoria de la Onda Temporal Cero en la solapa de esta nota post-mortem; ambos lo mismo, y sin embargo en movimiento), sino las agallas que le demuestro al mundo al gritarle que he comprendido el mecanismo último de lo que se está cociendo— ¿cuál es tu idea del momento en que el universo llegue al límite de su expansión? Lo absurdo: los gigantes levantan una polvareda y rugen y el estruendo pasa pero no cala.

Cambio de perspectiva. Como aquel pretérito piensa globalmente y actúa localmente. Cambio de perspectiva. Del pie de calle a los cielos arañados por la cresta de los monstruos. Cambio de perspectiva como un estribillo. Sumérgete: el ritmo da vueltas —y la cadencia viene marcada por la estampida de los gigantes (es un arquetipo recurrente, como los titanes sometidos por dioses como la puta de Babilonia como en poemas Toho Tokusatsu), la melodía por el coro de una civilización afectada de dolores menstruales simultáneos y autorreplicándose—, la coreografía es preciosa y lúcida e inexpugnable, la canción se vuelve líquida con el polvo. Como la peor combinación posible para tu caja fuerte en forma de corazón.

Cierro los ojos para verlo todo distinto y me convierto en testigo de cargo de la proyección en la pantalla de costra seca —la ventana vuelta del revés se ensucia, manchas de hueso de dinosaurio que dibujan los números que abren la caja de caudales (el ecosistema separa las piernas y es el mejor y más grande, ultraviolento, sexo posible), ya no hay grilletes, las llaves son palabras, gotean, gotean y se licuan, gotean y se licuan y se resecan, gotean y se licuan y se resecan y forman una costra. Lo absurdo: buenas, ¿tiene perspectivas? Buenas, muy buenas.