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Archivo de la etiqueta: Música

Entrad. Bienvenidos. Esto no es una crítica y casi, casi, casi no es ni una opinión. Estáis en mi versión particular de la Suîte Momo. Tiene tanto que ver conmigo mismo como con el “Decálogo de poemas desesperados y una canción de amor” que los altavoces de mi ordenador están escupiendo en este preciso instante. No es un crítica. Casi, casi, casi ni siquiera una confesión. Sí, pero no, pero sí. Quedaos un rato, por favor, pero no prestéis demasiada atención a los acabados. Mi Suîte Momo no está tan ordenada como la de otros; definitivamente, no es ni mucho menos tan bella. Escuchad…

 

1. Lo mismo que ayer.

Sí, hola, muy buenas. Estoy de vuelta, después de unas casi dieciséis semanas perseguido por cosas hechas de sombra y que me han estado empujando a una ristra de proyectos hacia los que de buena gana he corrido como propulsado por cierta pulsión suicida, como necesitando dejar cosas claras a modo de nota de suicidio. En estas casi dieciséis semanas de ser acosado por concupiscentes musas oscuras y gaseosas, manando de tapas de alcantarilla, surgiendo de túneles del metro, poseyéndome a plena luz del día y a la vista de todo el mundo en la esquina menos pensada, musas a prueba de balas y conjuros, por más estrambóticos que fuesen éstos, pero francamente majas, sinceramente cariñosas, he pergeñado una primera versión de la que espero sea mi nueva novela, la continuadora y entrega final de la trilogía Cinco Canciones de Cuna y Orígenes del Lodo; he jugado a ser editor de un fanzine a medias entre la literatura y el videojuego; he creado y pulido hasta la extenuación el guión de mi segunda película; y he luchado a cuchillo con una crisis nerviosa con cuerpo de quiebra económica, genitales de mala suerte envolvente, extremidades viscosas de autocrítica destructiva y el rostro de todas las mujeres que me han roto el corazón o simplemente negado sus favores sexuales durante toda mi vida adulta. Han sido dieciséis semanas de aventura; sí, podríamos llamarlo así. Sí, hola otra vez, muy buenas. Estoy de vuelta, tras casi dieciséis semanas y voy a intentar sacarme ahora la penúltima espina que me queda clavada y molesta en el espíritu, una constante recurrente, constantemente aplazada: decir algo del nuevo disco de Suîte Momo.

Del resto, de la novela y el fanzine y otro par de asuntos que dejo en el tintero electrónico, hablaremos otro día. Hoy, toca arremangarse y publicar esto de una maldita vez ya. No va a ser fácil.

 

2. Dionysos.

No va a ser fácil porque escuché por primera vez ese “Decálogo de poemas desesperados y una canción de amor” que va a ocuparnos durante los siguientes párrafos la noche del mismísimo día de mi cumpleaños; de fondo, celebrando con los colegas; a la mañana siguiente le dediqué otra buena escucha, atenta y paciente y resacosa; desde entonces llevo dándole vueltas a este texto; vueltas, literalmente. Porque mientras aún ponía en claro mis primeras ideas al respecto del disco, acudí a la presentación en directo de éste, y tuve que coger todo lo que llevaba redactado y tirarlo a la basura. Porque, permitidme el arranque de sinceridad, la media docena de veces que me había sentado a prestarle atención a lo nuevo de Suîte Momo, antes de aquel concierto, no me había gustado; el juego de palabras del título me parecía blando y facilón, la letra de algunos de los temas me parecía torpe y a medio hacer, la producción y el sonido de la mayoría de ellos se me antojaba pobre, irregular, descompensada, demasiado amateur para lo ambicioso que pintaba el disco en un primer momento y la calidad que el grupo había demostrado en la anterior entrega; tenía la continua sensación de que uno de mis grupos favoritos había dado un paso en falso, peor aún, un paso atrás. Sigamos sincerándonos: llegado el día de la presentación, ya casi había desistido de dar mi opinión en público de “Decálogo..”; Suîte Momo son viejos conocidos de esta casa, aún más viejos y aún más conocidos si tenemos en cuenta que un tercio de la formación actual del grupo son antiguos compañeros de instituto y amigos que antaño fueron íntimos, y no me parecía bien echarles mierda encima, menos aún si tenía en cuenta que era muy probable que esa mierda sólo estuviese en mi cabeza. Pero entonces fui al concierto…

 

3. Guantánamo.

En concierto, “Decálogo de poemas desesperados y una canción de amor” es otro, suena como debería. Un consejo, que contradice los rituales tradicionales de la historia del Pop: id a ver a Suîte Momo en directo antes de escucharles en la intimidad de vuestro hogar; luego, comprad sus discos y apreciadles a partir de la primera impresión resultado de su puesta en escena. Sólo entonces Suîte Momo serán vuestros, en la acepción más amplia de la expresión.

Para describir aquella presentación, necesitaría otro post entero. Tendrá que valer un resumen: encerrado en aquella sala con el grupo y sus acólitos, con su brutal distorsión y la madurez que demuestra cada componente sobre las tablas, me sentí estúpido más allá de toda profundidad y medida. Bien. En directo, Suîte Momo son algo así como el sueño húmedo de una adolescente tardía: algo duro y musculoso pero dotado de una sensibilidad serena y segura de sí misma; algo tan capaz de partirle la cara a quien te falte al respeto como de prestarte un recio hombro en el que llorar, un pecho en el que acurrucarte durante una perezosa mañana de domingo. A guitarrazos, Dani y David y los demás barrieron de encima de mi mesa ontológica toda esa mierda que, efectivamente, sólo estaba en mi cabeza.

 

4. 2 peces

En directo, Suîte Momo son puro y perfecto Pop. Son reales, honestos y efectivos, y comunican directamente como sólo el Pop puro, perfecto y verdadero puede hacer: de forma sentimental: hablan a la rabia (nótese el matiz: hablan “a”, no “de”) con rabia, hablan a la añoranza con añoranza, hablan al gusto pubescente por lo dionisíaco con gusto pubescente por lo dionisíaco y hablan al amor con amor.

“Decálogo de poemas desesperados y una canción de amor” es, por tanto y a la nueva luz, un disfraz. Y yo era un gilipollas que no había pillado el chiste.

 

5. Punto y final.

La contracubierta de “Decálogo de poemas desesperados y una canción de amor” reza:

“Suîte Momo nos introduce en diez historias de búsqueda de uno mismo, inquietas anécdotas de desencanto de sus protagonistas, escalones que cuando son superados nos llevan a la cima de la escalera de la vida: el amor”

Vale. El disco es un disfraz, yo soy gilipollas, veamos si podemos pillar el chiste… Dejo en la papelera todos los archivos de texto con mis prejuicios, hago sonar el “Decálogo…” en bucle en los altavoces de mi ordenador y escribo…

 

6. Momo 6.

(notas para una evaluación pista a pista del dichoso “Decálogo de poemas desesperados y una canción de amor”)

“Lo mismo que ayer”: sampler con ínfulas zen, puede que una declaración de intenciones – un riff de introducción que funciona a la perfección – “sigo pensando lo mismo que ayer”, desde luego, suena a los Suîte Momo de siempre – la canción estalla y se estabiliza y estalla de nuevo – un juego de sonidos anárquicos como colchón – remisión al sampler inicial – una puerta abierta – coros de fantasía.

“Dionysos”: rock noventero – algo de psicodelia forzada – primer problema con la producción: el tema podría sonar muchísimo más oscuro de cómo lo hace – aun así, la rugosidad de las guitarras y el bajo machacando cumplen de sobra a la hora de traer a primer término la angustia veinteañera que, creo, se pretende – ahí está parte del disfraz: la canción podría ser una cosa, pero es otra completamente distinta, como el mismo adolescente protagonista de la letra, que podría ser alguien pero es otro alguien completamente distinto del marco referencial en el que se le quiere encajar.

“Guantánamo”: corte brusco – acústicas sincopadas – otro espejo tramposo: podría ser una canción protesta, pero es algo distinto – aquí la psicodelia no se busca, no parece solicitada con tanta urgencia, pero desde luego llega y se queda, fluye – una muerte subacuática, renacimiento en una ínsula de distorsión y un coro deliciosamente intrascendente.

“2 peces”: oscuridad proto-grunge, ahora sí – esa modulación no le hace ningún bien a la voz pero, paradójicamente, sirve a la letra – baja definición – sin vestimentas superfluas – el punteo suelto de la guitarra solista le lleva a uno atrás en el tiempo, veinte años atrás.

“Punto y final”: el single que debería haber sido y no fue – otra capa pelada al disfraz – tan Suîte Momo como en el primer corte, pero con un tanto por ciento indeterminado a sumar de pura actitud – se invoca a la serenidad desde los campanarios de un órgano demasiado alto – campanarios que las guitarras tratan de escalar, ayudados de efectos – “escondido en el pasado” de la canción anterior, aún no recuperado para ésta, son indisociables, “punto y final” – esa batería es el tipo de corazón que me gustaría tener, la pieza que necesitaría si quisiese convertirme en un tanque mental humano.

“Momo 6”: embriagador y exasperante síndrome de derrochar el tiempo – letra perezosa arropada por una base rítmica de punk-rock rápido como un manifiesto automático – la psicodelia se ha quedado y no nos deja volver al presente.

 

7. Caperucita a ciegas.

En su día, Dani, el líder de la banda, me hizo llegar una copia previa del videoclip para que le diese mi opinión. Lo que le dije es algo que queda entre él y yo. Sólo voy a especificar que me parece una de las mejores conjunciones de imagen, música y letra que yo me haya echado a la cara en mucho tiempo, y que de cuando en vez rezo a deidades malévolas y manipuladores para que favorezcan que, en el futuro, en lugar de mi opinión, Suîte Momo me pidan que les escriba el guión de algo como esto. Así de efectivo.

 

8. Johnny muy mal.

expolio a las arcas de los primeros Soundgarden – más o menos lo que Stone Temple Pilots siempre hubiesen querido hacer – pero, la pereza en las letras, de nuevo… – hubiera preferido un mensaje algo más claro y, al tiempo, menos banal – los últimos parches del disfraz o, como poco, uno más de éstos: Suîte Momo huye de la réplica, claro que podrían haber calcado a los grupos anteriormente citados, pero entonces no serían ellos – en última instancia, es su elección – “muy mal”, pero sólo para mí y desde una sola perspectiva, lo cual no significa más que “muy bien”, contemplado desde cualquier otra perspectiva posible.

 

9. Los nihilistas de Lebowski.

desnudos – órgano y violín y flauta travesera- y luego la canción se viste a sí misma, calzándose el disfraz pieza a pieza a pieza a pieza – mi favorita, sin duda – una llamada al orden del medio tiempo – la presión musical acumulada busca una brecha de salida y resulta que aquí uno se enamora, tal cual, del “Decálogo…” – inspiración, síncopa, una esperanza declamada desde las profundas cuerdas – aquí se gana a los puntos y el tiempo es desperdiciado – a estas alturas, sólo hay Suîte Momo – el “perdedor”, gilipollas, eres tú – no te despistes.

 

10. Matrix.

menos de tres minutos de redundancia rockera – nuevos ecos a Soundgarden y otro viaje atrás que no llega a sublimar, porque queda manchado por un sonido demasiado limpio – claro: “descubrir lo que se esconde detrás” – allanando el terreno para el final – el punto de pivote con restallido de platos de la cara B de una hipotética versión en vinilo del “Decálogo…”.

 

11. Libélulas.

más Pop que el Pop mismo – acústicas calmas y más violines, jugueteo de teclados – Suîte Momo se quitan la careta en un estribillo que no dice nada – y, oh “caja de sorpresas”, cabría pensar que esta es la canción de amor del título, pero no, sólo es el correcto cierre, porque la canción de amor, la verdadera aunque disfrazada, está cuatro temas antes, triscando por el bosque que contiene a estas libélulas, siguiendo a Caperucita – vuelve a escucharlo todo desde el principio, y estate atento a las máscaras – bajo el antifaz y el artificio, sí, sí y sí, “Decálogo de poemas desesperados y una canción de amor”, como su generador nodriza, es algo duro y musculoso, sensible y  sereno y seguro de sí mismo – a pesar de tus primeras preconcepciones – algo tan capaz de partirle la cara a quien te falte al respeto – partírtela a ti – como de prestar un recio hombro en el que llorar -prestártelo a ti- un pecho en el que acurrucarte durante una perezosa mañana de domingo – y también es un viaje y también… – joder – funciona – vuelve a escucharlo todo desde el principio, entra al disfraz…

 

Y ahora suena la alarma de incendios en mi Suîte Momo. La terrible estridencia vacía los pasillos del edificio abandonado al que os he invitado hoy. La alarma chilla, implora perdón por lo larguísimo del texto. Es totalmente impropio para una entrada en un blog de las características de este. El cortocircuito que son los últimos tiempos, las colinas de la percepción desmoronándose tal como en esta misma casi, casi, casi crítica se cuenta de soslayo, traen habitualmente monstruos así. Esa va a ser mi única excusa. Todo lo que se ha dicho debía decirse. Debía decirlo. Cuenta saldada, pues. Cerrad la puerta al salir, por favor. Yo voy a quedarme un rato más, probándome los disfraces localizados, sacándolos de sus perchas y forrando el suelo y las paredes con ellos. Me gusta esto de decorar mi propia Suîte Momo, a mi propio gusto.

¿Oís eso? La alarma. Se ha callado. Así que, hasta luego.

A otra cosa.

 

No sé si será la primavera, el exceso de trabajo de estos días (uno de los mil motivos por los que este vuestro blog lleva una temporada aletargado) o si de verdad algo está pasando y yo sólo lo pillo de refilón, pero el caso es que últimamente aprecio muchísimo movimiento a mi alrededor. Gente haciendo cosas más que interesantes y que salen al mundo con aparente facilidad, cosas que destilan pasión y buen hacer, gente cercana y otra no tanto, pero todos despertándome un tontísimo orgullo ajeno (lo que vendría a ser lo opuesto a la vergüenza ajena, para entendernos) que, qué coño, aunque no signifique nada para casi nadie, a mí me hace feliz. Cosas y gente como…

* Pablo E. Soto, que acaba de poner a la venta su nuevo fanzine, El Visitante: 44 páginas de cómic extraño en blanco y negro, envueltas en fucsia y lila, con colaboraciones de un servidor (dos historias cortas: La Niña Robot de Sauce Quebrado y Declaración de Guerra Remix), así como de artistazos como Esteban Hernández, Martín López o Brais Rodríguez. Se puede comprar, por 4 euros de nada, en las librerías Laie CCCB (c/Montanelegre 5, Barrio del Raval), La Central del Raval (c/ Elisabets 6) o RAS (c/ Doctor Dou 10), todas de Barcelona,  y en Valencia en la Librería Futurama (c/ Guillem de Castro 53).

* Ricardo Riera, al que por lo visto le va genial con su primera novela, Dragún, que estuvo una temporada entre los diez libros más vendidos en Venezuela (y no es ningún rollo en plan “en Japón estamos arrasando”; lo que pasa es que el libro sólo ha salido a la venta, de momento, en sudamerica), y le permite dar entrevistas tan interesantes como ESTA.

* Ernesto Rodríguez, que ya tiene lista y a puntito de ver la luz del día su segunda novela gráfica,  ésta en solitario: Gael y la Red de Mentiras.

* Alfredo de Hoces, que me tiene enganchadísimo con su Fuckowsky, Memorias de un Ingeniero, casi un manifiesto “suciorrealista” y ciertamente aterrador que, además, se puede descargar gratis AQUÍ.

* Javier Iglesias, cuyo El Beso de Borges nos está esperando, a mí y a mis ganas de hincarle el diente después de las varias cosas buenas que se han dicho de él, en Correos, listo para ser devorado este mismo fin de semana.

* Javier Esteban, que desde hace un par de semanas nos da cada sábado una lección de periodismo y política sin demagogias ni gilipolleces desde el nuevo e interesantísimo portal Diatriba.

* Suîte MoMo, definitivamente uno de mis grupos favoritos de la actualidad, que por lo que cuentan tiene ya listo su segundo disco Decálogo de poemas desesperados y una canción de amor, en el que prometen algo más de dureza y alguna que otra nana.

* Luis Gámez, que se estrena en Aristas Martínez con un artefacto titulado El Libro de las Transformaciones, al que se refieren por ahí con perlas como: “es una invitación al autoconocimiento escrito por un puto friki licenciado, currante y melómano con algún que otro guiño o matiz dada-surrealista. Un libro escrito con cerebro-corazón-alma por un amante del amor, de la vida y de la belleza de las cosas.”

* Más música: Koulomek, otro de los que gustan mucho por aquí, que va cocinando nuevos temas mientras promociona piezas del arsenal de la mítica KORG.

Gente en movimiento. Gente que además de moverse, mueve a gente como yo. Podríamos llamarlo influencias.

Quien siga este blog ya se habrá dado cuenta de que lleva unas semanas en barbecho. Veinte días, concretamente. Casi la temporada más larga que he estado sin asomar la cabeza por aquí. ¿Qué puedo decir? 2010, sobre todo el último trimestre, fue una locura que ha acabado derivando en una necesaria descompresión de principio de año nuevo. Un pequeño encierro durante el cual ponderar y poner en perspectiva las bastantes cosas buenas que han ido ocurriendo, así como las malas y las ni fú ni fá.

No han sido unos días tranquilos, sin embargo, sólo desconectados. Poca actividad on-line, poca vida virtual, pero intensa vida real que, si todo va bien, se calmará después de la mudanza que se cierne en el horizonte (todos hemos pasado alguna vez por una mudanza, así que ya sabéis la inmensa tocada de cojones que ello respresenta… y, para mí, es la segunda en menos de un año…). Precisamente la desconexión ha venido bien para poder cumplir el objetivo autoimpuesto de acabar de montar los andamios del par de cosas que estoy preparando para este 2011 antes de que la mudanza se desate y me pase por encima. Así pues, todo ha salido a pedir de Milhouse y p´allá que nos vamos. P´ aquí que volvemos.

Pero, ¿cómo vuelve uno a postear en su blog, tan pancho, después de diecinueve días de inactividad, precedida además de una ristra de entradas en éste basadas en el autobombo y poco más? Bien…

Supongo que lo primero es dar tres o cuatro excusas vagas al respecto de la ausencia.

Hecho.

Lo segundo, echándole morro, sería colar aquí algo de relleno, suave, un post puente. Estupendo y que viene al pelo, porque llevo ya un tiempo queriendo hacer algo como lo que estoy a punto de perpretar, y hasta ahora no había visto la ocasión. Sé, además, que hay gente por ahí a la que interesan estas cosas y, partiendo del hecho de que yo me tomo mi diminuta bitácora más o menos en serio, pues, caramba, igual hasta resulta que esto es una buena idea.

Así, sin más dilación… Lo que sigue es una banda sonora parcial, un listado de las músicas que sonaban, bien en mis auriculares, bien a toda hostia en los altavoces de mi laboratorio, bien sólo en mi cabeza mientras planificaba y llevaba a término mis obras publicadas hasta la fecha. (sí, señora, esto sigue siendo autobombo, en cierta manera… ¿y qué?.. ¿cuántas veces tiene que pedir disculpas uno en su propio blog?… si no lo place lo que ve aquí, vaya usted a buscar verdades a otro lado… el diario postporno de María Llopis, por ejemplo, es un buen sitio; o el juego de las 99 habitaciones… ahora, déjeme a lo mío…). Asimismo, es la lista de fondos sonoros en mi opinión ideales como complemento de las obras que ayudaron a crear.

Vamos a ello…

Dionisia Pop!:

Raw Power, The Stooges

Fun House, The Stooges

London Calling, The Clash

Total 13, Backyard Babies

Born a Lion, Danko Jones

Powertrip, Monster Magnet

...And Out Come the Wolves, Rancid

Sevens, Aina

Relationship of Command, At the Drive-In

Victory for the Comic Muse, The Divine Comedy

Antifuente:

Psalm 69, Ministry

The Mind is a Terrible Thing to Taste, Ministry

Filth Pig, Ministry

Strategies Against Architecture I & II, Eistürzende Neubauten

Silence is Sexy, Eistürzende Neubauten

Pretty Hate Machine, Nine Inch Nails

Year Zero, Nine Inch Nails

Hex, Earth

AtomGrad, Älymystö

Outlaw, Alabama 3

Master Of reality, Black Sabbath

Paranoid, Black Sabbath

Volume 4, Black Sabbath

The End of Silence, Rollins Band

IV, Danzig

Lucifuge, Danzig

La Memoria Invisible:

Alice In Chains, Alice In Chains

Dirt, Alice In Chains

1, The Black Heart Procession

Three, The Black Heart Procession

Amore del Tropico, The Black Heart Procession

The Spell, The Black Heart Procession

Cold House, Hood

Tierra Hueca:

Blues for the Red Sun, Kyuss

Welcome to Sky Valley, Kyuss

And the Circus Leaves Town, Kyuss

We Must Obey, Fu-Manchu

Hierático:

Amber Headlights, Greg Dulli

Black Love, The Afghan Whigs

Gentlemen, Afghan Whigs

In Rainbows, Radiohead

Cleansing, Prong

BlueBob, Bluebob

Unearthed, Johnny Cash

Murder Ballads, Nick Cave & The Bad Seeds

Mer de Noms, A Perfect Circle

Cinco Canciones de Cuna:

Fantomas, Fantomas

Suspended Animation, Fantomas

De-Loused in the Comatorium, The Mars Volta

Frances the Mute, The Mars Volta

The Bedlam in Goliath, The Mars Volta

Houdini, The Melvins

Hostile Ambient Takeover, The Melvins

A Senile Animal, The Melvins

Nude with Boots, The Melvins

Por supuesto, faltan unos cuantos. Bastantes. En la lista no están todos los que son, pero es que mi memoria tampoco da para más. Sí son todos los que están, las obras directamente asociadas, en mi cabeza, a las mías. Y con eso debería valer.

 

Hasta el viernes pasado (un viernes sangriento, un viernes de sutiles pérdidas iconoclastas que ahora no vienen a cuento), Koulomek era, para mí, una orquesta de elefantes robóticos que tenía como mejor amigo a Katatsumuri. Hasta el viernes. Porque el viernes conocí a la persona detrás de los samplers y los secuenciadores y los hamsters locos. Y la persona me regaló su nuevo disco, Acapi Pola: un viaje a la inversa desde pola -un salón de recreativas cerrado, de madrugada e impregnado de humo de tabaco y whisky con Red Bull, para sibaritas, en el que el estruendo de las bandas sonoras de los videojuegos entra en entropía a ritmo de jazz mutado-, hasta acapi -estado ontológico de sol naciente contra el que se recortan las siluetas de guitarras pirueteando en un cielo que amenaza invierno, obedientes en sus formas de gimnasia rítmica aérea a las órdenes de la trompeta en verso libre de un tal Néstor Munt-, pasando por el desorden de piscina climatizada en un spa de aquel fiordo noruego al que conocemos como vagnsstadir; mandando mensajes de texto con la foto de colchones viejos y abandonados junto a los contenedores de reciclaje y apestando a orín de gato al 7701; teniendo la deferencia de pincharle una nana galáctica a lila y que ésta, henchida de épica, nos deje cortarle las uñas de nueve pulgadas; neri y su solo de bajo en una jungla febril de plástico ahumado y aerosuspensión extraterrestre; bailando un funk con grapat hasta que las eléctricas pasen a acústicas y echen a volar…

Esta es la historia de mi última hipnosis, la que suena en mi iPod en el quiosco de la mente desde las seis y media de la mañana hasta ahora mismo (desde pola hasta acapi, ¿sí?), la cual puede que no importe a nadie. Pero debería. Estaría bien que más de nosotros diésemos las gracias de esta forma.

Estoy trabajando en algo grande. Muy grande. Que tiene muchísimo que ver con esto:

Look at me, I’m as helpless as a kitten up a tree;
And I feel like I’m clingin’ to a cloud,
I can’ t understand
I get misty, just holding your hand.
Walk my way,
And a thousand violins begin to play,
Or it may be the sound of your hello,
That music I hear,
I get misty, whenever you’re near.
You can say that you’re leading me on
And it’s just what I want you to do,
Don’t you notice how hopelessly I’m lost?
That’s why I’m following you.
On my own,
When I wander through this wonderland alone,
Never knowing my right foot from my left
My hat from my glove
I’m too misty, and too much in love.
Too misty,
And too much…
In love…..look at me….

Cualquier excusa es buena para ahogarse en Ella Ftzgerald.

En el nombre de lo que es importante, algunos matan ontológicamente. Estamentos blandos se deforman cuando se impone el mensaje-sobre -guitarra. En el nombre de lo que es importante, a veces vemos las herramientas (porque tenerlas, las tenemos), las manipulamos y, con una sonrisa, le soltamos una patada en los huevos al stablishment. Las dictaduras, aunque sean simplemente estéticas, son fáciles de debilitar con voluntad y anarquía.