archivo

Archivo de la etiqueta: Política

La economía de nuestros padres ha muerto pero la Historia no ha acabado, y la necesidad de improvisación hurga en las narices de todos en busca de algún resto, alguna traza, sólo una, por pequeña que sea, algún viso de respuesta que se haya podido filtrar accidentalmente desde estos cerebros nuestros de grupo humano que mayor cantidad de información haya atesorado jamás, porque todos sabemos, a pesar de que la mayoría no sepa que sabe, que a estas alturas de la marcha histórica somos adultos, aunque disfuncionales, negados y anulados por la negación y la anulación mismas, por los estados padre y los sistemas padre y los medios padre para alcanzar ningún fin, por los contrapesos de una tradición madre mal entendida y una fortuna madre mal domada y una esperanza madre mal infundada en tramposos relatos de resiliencia, y aun así, adultos, aquí nos hallamos, ninguneados, bien reducidos a enésima pieza de la masa ignorante que bala a los domingos por la mañana, bien ultracínicos devaluados y siempre sospechosos, bien a perpetuidad distraídos con migajas y discursos obsoletos, en cualquier caso eternos adolescentes como lo fueron y son ellos, pero, en nuestro caso, mal que nos pese, sólo en apariencia, y si bien el potencial está aquí y es nuestro, seguimos emperrados en usar esta energía evolutiva y fundamental para alimentar al motor de consumo eterno, ese que ahora se nos muestra desventrado y en toda su esplendorosa obsolescencia programada, en lugar de embragar y frenar y declarar que, no, ya no necesitamos que nos digan qué esta bien y qué está mal, qué es ley y qué es patria, porque, como especie, hemos tenido tiempo de sobra para aprendérnoslo al dedillo.

La economía de nuestros padres ha muerto, y ya que ellos y sus padres, y los padres de sus padres, colaboracionistas, permitieron que absolutamente todo lo demás se imbricase en ella, participase de ella y corroyese con ella las muchas realidades alternativas que tenemos al alcance de la mano, ahora todo se siente turbio, flácido y ciertamente hediondo, tanto que los vapores no nos dejan ver que esto no es más que el período refractario tras el salvaje coito capitalista, tras la petite mort, y hacia la caricia concupiscente después, o hacia el cigarrillo desdeñoso en la habitación contigua, o hacia reanudar el acto pero esta vez con más delicadeza, más cómplice y atento para con las necesidades y gustos del otro.

La economía de nuestros padres ha muerto y el cadáver se abotarga en nuestras casas, que no nos atrevemos a llamar hogares porque el hogar es aquello a lo que se nos ha programado a aspirar, y se abotarga por ello en la sensación de haber sido deshauciados de antemano del pisito en propiedad de laxa hipoteca y feliz placa de latón para siempre atornillada en el buzón que se nos prometió y aún se nos promete, y ahí llegan los gusanos, hambrientos a un nivel inconcebible, hambrientos pues la economía es sólo un concepto y no precisamente de los más nutritivos, tan y tan y tan hambrientos, estos gusanos, que no les queda más opción que devorarse a sí mismos, y he aquí cómo sobre el despojo putrefacto se impone una pátina de decadencia y terror y asco, porque no tendremos vivienda propia, ya no, y vivir de alquiler hasta que no vivamos más se nos antoja, así de bien hemos sido programados, un gusano gordo con el que lidiar entre calambres de angustia, porque no alzaremos familia alguna desde los cimientos de una relación romántica cuyo erotismo se ha desvanecido rápido por efecto de la rutina y las grietas de lo que no cuentan las comedias ni los manuales de autoayuda, ya no, porque no hay más contratos laborales fijos en el horizonte y el ser eventual también se nutre ahora, la idea prospectiva de ello, de su propia mierda, de su propia cola, porque los dioses Luz, Agua, Gas y Teléfono agonizan y se han mostrado pobres sustitutos, mediocrizaciones, de los objetivos naturales de nuestra necesidad de adoración, y así, mañana, quizá pasado mañana, la costra de lagañas ahora descascarilladas caerá del todo y veremos que el sábado será el día de Saturno, el domingo el del Sol, el lunes el de la Luna, el martes el de Marte, el miércoles el de Mercurio, el jueves el de Júpiter y de vuelta al viernes, día de Venus, veremos días-panteón-planeta-semiótica de forma tan obvia como comprendemos que todo es uno y lo mismo y sólo eso, ya no más nada más que nosotros.

La economía de nuestros padres ha muerto y eso está bien, las cosas tienen que morir, pero acabemos ya con el velatorio, los honores han sido rendidos con creces y las armas entregadas, y es nuestro turno de exigir que se nos devuelva la alucinación y se nos permita convertirla en un proceso de otro signo, quizá absolutamente contrario, así como la opción de dejarla abandonada en la cuneta y tejer otra… muerta la economía, pues,  Ecce Homo.

 

Cristo es el paraguas de nuestras camisitas verde lechuga… corean los Valientes Pelagatos Sin Guerra Que Les Ladre… Porque no vea usted la que está cayendo… Parece un raro Vade Retro, esto de enseñarle el crucifijo a las nubes vampiras… Llueve… Hace unas semanas, varias mezquitas de toda España organizaron una serie de rezos públicos llamando a la lluvia; ha funcionado; parece que su Dios la tiene más larga que vuestro Dios, ¿eh? O puede que simplemente a ningún Dios le gusten las procesiones… Me divierte tanto como al que más ver llorar a los capillitas porque no pueden sacar a la virgen a pasear por culpa de la tormenta… Pero míralos qué monos, con sus camisitas verde lechuga, el rapado perfecto de sus cráneos, el perfecto recorte de barbas y perillas, ni un pelo fuera de sitio; he visto marchantes del Orgullo Gay más desarreglados que ellos… Bellos y honorables… Recuperar el honor… dice la Voz Del Pueblo Retrógadro Y Horripilante… Y si estas demostraciones ramplonas de no-sé-muy-bien-qué-pero-da-risa-y-un-poco-de-vergüenza-ajena tienen algo de recuperación del honor, ya podemos ir haciendo las maletas y a correr… Porque salgo a pasear una tarde cualquiera, pongamos ayer por la tarde, y veo hordas de pobres desarrapados desmantelando en migajas la chatarra acumulada junto a los contenedores de basura, dándose prisa antes de que llegue la brigada municipal de recogida de trastos viejos… ¿Recuperarán ellos su honor en algún momento, o el honor de estos no importa?.. Aún os va a caer una hostia por entorpecimiento del buen funcionamiento de los engranajes cívicos, montón de mierda violenta-pasiva… Dos esquinas más allá hay un grupo de estudiantes revolviendo en otro contenedor, dentro del contenedor, cribando lo que las fruterías y colmados han tirado tras el cierre porque ya no lo pueden vender, en busca de algo que llevarse a la boca; hay chavales con pinta de estudiantes, algún inmigrante, alguna altanera ama de casa… más desarrapados… ¿El honor de esto tampoco cuenta, o es que rebuscar comida en la basura se pesa con otra báscula moral?.. Es necesario restringir el derecho de reunión y de seguridad ciudadana, para que se aborde la problemática de la ocultación de identidad… declara el Perro de Presa De Las Escuadras de Tíndalos, mientras con una mano bajo la mesa sigue cobrando los intereses de los sobornos por las obras defectuosas que llevaron al derrumbe del barrio del Carmel, por ejemplo; con la otra mano da un último empujoncito que coloque a su hermano en un cargo fácil, cómodo y que mueva un buen dinero para la familia, digamos el Servicio de Meteorología de la Generalitat… Y, sin embargo, llueve, los capillitas lloran… Muy, muy honorable, bastardo… ¿Sabían ustedes que a los crucificados, como a los ahorcados, se les sueltan los esfínteres medio segundo después de que se produzca la muerte cerebral?.. Imaginad el mejunje de lluvia sucia, heces licuefactadas y orines, resbalando, goteando desde el madero, escurriéndose por las muñecas de los Valientes Pelagatos, colándose por los escotes abiertos y salpicándoles las camisitas verde lechuga; imaginad esa peste y tendréis una preciosa metáfora de este vuestro país, ahora, en este vuestro presente inmediato… Feliz Batalla Perdida, guapos.

 

Así de grande era el pez que pesqué… Y el Chico Que Se Creía Robot sonríe, el status quo sonríe, cada pedazo de mierda en este país sonríe… También es que hay mucha gente que durante los años buenos estuvo abusando… No tanto… Vivimos por encima de nuestras posibilidades… Altos como los globos del anteayer, porque cuando uno deja de crecer es cuando empieza a morir, decía aquél… Póngame dos trending topics… Así de grande era el pez que pesque… Y a ver para cúando la Sagrada Hueste se desata de verdad, el Sagrado Viento que en cierto modo nos prometemos a nosotros mismos la mañana de cualquier jornada importante, el que traerá el fuego purificador… No, así no; violentos, violencia y violentos… Es tal como una perversión de la neolengua misma: a fuerza de repetir límites que no están ahí, se acaban implantando: salirse de la línea es violencia, gritar es agresión, quejarse es demagogia: tiene usted todo el derecho del mundo a manifestarse, pero siempre que garantice, por usted mismo y para nosotros mismos, que el ejercicio de su derecho no tendrá relevancia alguna; tiene usted derecho a manifestarse, siempre que no ponga un pie fuera de la pancarta, garantice servicios mínimos y cierre la puta bocaza, que mañana hay que volver al tajo… No, así no; violentos hijos de puta Así de grande era el pez que pesqué… ¿Qué coño esperaban? Sugiero: llegados a este punto, estaría bien, cuando nos pisotean, empezar a pensar como minas terrestres y no como cachorritos desvalidos y megadependientes… ¡KABLAMM!.. Las criaturas del orden establecido, mutiladas de rodilla para abajo… Lo que España necesita es un buen magnicidio… ¿Qué coño esperaba, míster? Harto de pasar vergüenza cuando, repito, España lo que tiene es lo que se merece, atiende: somos los babosos bebés de la historia, abotargados de Mundo Karaoke, si nos restan derechos es porque no merecemos ninguno, calla y no se te ocurra sacar un pie de la pancarta, lávate la boca, niñato… Ha habido dos tipos de huelga hoy: la de la ciudadanía cívica y pacífica, y la de los violentos que aprovechan cualquier excusa para socavar el estado del bienestar… Bien estaríamos, limpios, prístinos, con la península bombardeada hasta los cimientos… Cualquier día voy a dejar caer una bomba sobre esta ciudad, una bomba anticonceptiva… Dios te oiga… Así de grande era el pez que pesqué… No hace falta especificar por dónde te puedes meter tu supuesta bondad, ¿verdad, gilipollas?

 

 

En la sala de proyecciones de Internet el largo proceso de absorción de información se desenvuelve en distintas formas de náusea.

Paso del balbuceo a la garganta encarnada y las lágrimas secas y saladas y escupidas a la bandera. Como los restos resecos de una eyaculación de tiro errado a la altura de la ingle en las sábanas del día después. Las formas simiescas embutidas en uniformes antidisturbios se  arremolinan. Están pendiente de títeres adolescentes y sus intenciones no pueden leerse tras la visera de sus cascos de contención remota. Atávicas formas sin ojos blandiendo porras y blindados con la fe en un profesionalismo que bien querrían para sí los millones de parados que no se manifiestan aquí hoy. Incubamos en las primeras filas un país tibio que no nos representa. Y los chavales caen en montones de carne apelmazada y macerada a golpes. Carga. El esputo trae una enfermedad desde las cavernas de la historia. Y la enfermedad se llama en algunos foros “regresión” y en otros “orden”. Pero sabemos que la enfermedad no tiene nombre. Lo sabemos en la sala de proyecciones. Aquí hoy no tenemos boca con que hablar. Las bocas que en la calle se cierran no son las nuestras. Vadeamos la ciénaga de nuestra sofisticación como si el cinismo implícito en ello no nos importase. Vello púbico decolorado con agua oxigenada y moho en los pliegues bajo las tetas caídas de la Puta España. ¿Aullaremos cuando nos arranquen también a nosotros los ahorros como si nos arrancasen la piel a tiras? Creételo. Nos pintamos símbolos en fosforescente verde que son consignas de otros tiempo. Otros tiempos a los que no hemos vuelto porque ni siquiera los relojes estropeados corren marcha atrás.

Cuando venga el Estado a traerme sus flores anémicas sé perfectamente lo que voy a contestarle. “Vuestra bandera no podría importarme menos”. “Escupo en la bandera española y en todas las demás también”. “Rojo gualda rojo con el que limpiarme el culo a lo sumo”. Todos los tópicos. Y pediré que me dejen solo en mi sala de proyecciones y si puede ser que me recomienden a alguien que pase un trapo. Todavía los huesos se romperán bajo la presión del simio. Un primitivismo que somos incapaces de entender desde el siglo veintiuno hace que el sol se ponga. Está por aquí flotando el espíritu sodomizado y de latón del Cine Español. Están por aquí las malas intenciones de la mediocre literatura española. Españolizante. Están por aquí los dedos incorruptos que sujetan el bolígrafo que firma la recesión por decreto. Cuando importa más la imagen que podamos dar al exterior que cualquier espacio estrecho al que nos consignemos. Como si de una expoliada Barcelona olímpica se tratase. No pueden los relojes correr marcha atrás. Hacia el barro que se va helando bajo nuestros pies. Ya no resbala.

Y algún día ya no querrás tocarme. Cariño. Por culpa de esta cosa roja gualda roja que me estigmatiza y los gusanos que supuro en la antesala de tus teorías. Y algún día nos frotaremos a oscuras en un acto tan sexual como el manifestante que deja inútil al antidisturbios pidiéndole más. Otro golpe. Agente. Me corro. Déme más. En la cara. Multitudes que marchan al son de ningún tambor. Cuando arrancaron a tiras la piel de toro a los tambores. Mediante reformas educativas que dejaron el pensamiento en fogueo. Estudiar ciencias como para buscarse la vida. Y nadie te explica que la vida es una ventisca que lleva cristales rotos disueltos en suspensión. Démosle una razón de ser a la letras. Y démosle una razón de vida al ser inventándonos esotéricas teorías para el Mal. Inventándonos a Los Mercados. A los masones. A los mansos y a los librepensadores. Siempre salpicando la culpa. Bajo ningún concepto reconoceremos que somos imbéciles. Porque hemos inventado prácticamente de cero la sala de proyecciones. Internet. Cariño. Y ya no querrás tocarme y todo esto serán excusas. No querrás tocarme por no haber reaccionado a tiempo. Por ni siquiera saber cómo hacerlo. Ya no hablemos del cuándo. Tus mil manos ya no serán las que me ojeen siquiera en sueños. Primera unidad en blanco. Segunda unidad en blanco. Al blanco vivo. Ardiendo más allá del calor absoluto por la falta de reflexión que trae pareja sólo ira. Tercera unidad en blanco. Todas las unidades de mi cultura en blanco.

Piel pulida al chorro de arena. El indignado hasta que le rechinan las tripas que supura destripado esa misma arena y un hilillo de sangre sobre la acera. Por haber estado aquí reivindicándose. Valiente imbécil. Dientes que ríen. Calles que vuelven a estar adoquinadas. Valiente símbolo de degradación así como de retroceso. Un valiente imbécil retrógrado por jefe de Estado. Calles adoquinadas de dientes. Por el choque de enemigo contra enemigo. Y paradójicamente ambos son uno y lo mismo. Y España al fin tiene lo que se merece.

Bien…

Algo casi gonzo: 5 minutos y 44 segundos de vuestra vida que perder, malgastar o lo que sea, seguidos de una batería de lecturas al material audiovisual que, idealmente, deberían ocupar el mismo tiempo reflexivo y desalojar el mismo espacio intelectual:

Lectura 1: cualquier persona de bien se alinearía con esta buena señora; estoy con ella, qué coño, y casi le he cogido cariño. Aunque para ello debo pasar por alto las varias cosas que “ensucian” el video: formalmente: al contrario de lo que dicta el título del archivo, Wafa Sultan no es presentadora de Al-Yazeera, sino que ejerce aquí de invitada a un debate en un programa de la cadena; de fondo: ¿occidente es la piedra de toque del raciocinio en oposición a un islam anclado en el medievo? Sí, pero no, pero sí, pero no, ¿los judíos han ganado su respetabilidad a base de trabajo y tesón, sin muertes ni gritos ni lloriqueos? Sólo si uno está tan ciego como para no ver lo que lleva pasando en Israel desde el 47 del siglo pasado y no ha tratado nunca con israelíes, esa gente capaz de restregarte por la cara lo de los campos de concentración nazis aunque sólo sea para regatear el precio de un coche de alquiler (historia real, vivida en mis propias carnes), ¿la mayor tara del islam es la condición que otorga a las mujeres, las cuales en la panacea del siglo XXI son tratadas como sultanas? Ejem… Pero ese no es el tema. En otros videos de YouTube mostrando el mismo segmento de debate, subtitulan el “Presentadora de Al-Yazeera” con un rotundo y propagandístico “Con Dos Cojones”; y sí, hay que tener un par de huevos para decir gran parte de lo que dice la señora Sultan, siendo quien es y en el contexto en el que se encuentra. La adhesión a sus postulados, en este occidente en el que me encuentro, en esta “civilización” mía, es automática. Con dos cojones, Wafa, dales caña.

Lectura 2: inmediatamente posterior: prestad atención al hombre que clama “¿pero eres una hereje? ¿eres una hereje?”: ese lenguaje corporal, sospecho que más estudiado de lo que parece: paternalistas brazos abiertos, el gesto del que deja caer sobre la mesa, entre él y los demás, el monolito de sus prejuicios: no necesita más argumentos porque se tiene a sí mismo y al arquetipo que es, apuntalado su discurso por los que vienen detrás y lo repiten hasta volverlo cierto. Últimamente estamos viendo esto desde muy cerca: ecos de Intereconomía y Cuatro, de la Cope y El Pais, de Tele 5 y TV3, de… “¿Eres una hereje? Pues no puedes opinar sobre la fe, a pesar de tener un punto de vista privilegiado al no estar condicionada por ella”, “¿Eres antisistema? Tengo prohibido escucharte”, “¿Eres hetero? Nunca lo entenderás (*guiño, guiño, codazo, codazo*)”, “Eres un perroflauta, eres un meapilas, eres rojo, eres facha, eres un guarro, eres un nazi”, eres, eres, eres, eres…

Lectura 3: Karaoke: etimológicamente kara + oke = “vacío” + “orquesta”: una orquesta vacía, cantar sin necesidad de orquesta que interprete de fondo: música diluída hasta la mínima expresión, desposeida de significado, mediocrizada y la letra en subtítulos sobreimpresos a una retahíla de imágenes graciosas. Karaoke: la Bomba-H cultural que llegó para zanjar cierta guerra mundial entre los bandos de lo sublime y lo casposo, lo íntimo y lo adocenado, lo-que-me-hace-mejor-persona y lo-caca-culo-pedo-pis-jajá, para dirimir la disputa con una demostración de fuerza que dejó bien tatuado en el imaginario que todo, todo, todo es susceptible de ser convertido en mierda para que tú y tus cuatro amigos restrasados mentales, borrachos de vodka con lima, os echéis unas risas, de rodillas ante la deidad del cortoplacismo y “tío, ¿por qué todo tiene que querer decir algo? ¿No puede uno divertirse y ya está?”… poco más que un arma con la que asesinar la poca inteligencia que nos queda. Y el campo está sembrado de cadáveres: las y los asiduos a las despedidas de soltero; esos señores que se rascan los huevos a través de los bolsillos del pantalón, cubata en mano, cuando se juntan con su “pandi” de compañeros de trabajo, compañeros de piscina y quizá algún remamente de cuando hicieron la mili, “para liarla” un sábado de cada dos; esos Nuevos Catetos (“y a mucha honra, listillo”), o Post-Post-Post Catetos, que escuchan la misma música que sus abuelos, la misma que sus padres en el menos flagrante de los casos, y a veces incluso se visten como ellos y repiten sus discursos, y aniquilan horas viendo películas de Paco Martínez Soria y Marisol, eso sí, todo desde una postura de distanciamiento intelectualoide y de amor a lo kistch como en reivindicación de algo que nunca acaba de estar en ninguna parte, y si lo está es sólo en el inmenso vacío que crea la vergüenza ajena de su propia presencia al mezclarse con su chistes calcados de Muchachada Nui. Sabéis de quién estoy hablando, y seguro que tenéis otra media docena de fenotipos propios que añadir a la lista.

Lectura 4: nos hemos ido casi completamente del tema: inmersión en la corriente de pensamiento, pero precisamente para eso están los blogs: el Karaoke como un concepto que se adhiere como un prión a una Monocultura Occidental herida de muerte y se hace fuerte y crece y se impone, porque es así de ágil y lo mismo sirve para un roto que para un descosido, lo mismo vale para que los cuatro tontos de siempre tengan algo con lo que distraerse, que sirve a intereses casi conspiranoicos. Lee y repite conmigo, mientras mis amigos silvan la tonadilla que te marque el tiempo: eres un perroflauta, eres un meapilas, eres rojo, eres facha, eres un guarro, eres un nazi; eres una hereje, ponte la peluca, diviérte y ya está, la Monocultura está para quedarse aunque, para cuatro días que le quedan, dale caña al vodka con lima de tu superioridad moral, que es lo que hay, cierra España, en occidente todo está bien, librepensar es casi un insulto aceptado porque es una Casilla Cárcel en la que caes por cuestionar a todos los bandos a la vez, piensa que la gente del libro al menos tiene uno, lo cual ya es más de lo que pueden decir la mayoría de los tertulianos de la sobremesa catódita y, espera, espera, espera, toma aire, toma la automática, tienes prohibido no divertirte y esto es un rotundo NO, los medios de la derecha rancia, el brazo armado y yonki de cash-flow de las hordas del conservadurismo, son los que han entendido perfectamente el uso táctico de la comunicación viral y la exageración, en Mundo Karaoke no cuenta el mensaje, que debería calar por sí mismo según la lógica subliminal, sino el volumen y la cantidad de colores con que puedes saturar las imágenes sobre las que brilla el subtítulo pero, ey, vamos, espera, espera, espera, cinco palabras: esto no va de nada. No le des más vueltas. Lee, y repite conmigo: Esto No Va De Nada.

Ayer no fui a votar. En el primero de estos tres posts dedicados al ahora mismo y lo que se está cociendo y cómo me está afectando, creo que ya he explicado mis motivos lo suficiente, y ni las acampadas ni la (esta vez de verdad, con sentido) jornada de reflexión me han hecho moverme un milímetro de mi coordenada a medias anarquista, a medias crédula. No he comulgado en ningún momento con la tesis de que no había que votar a los partidos mayoritarios, pero que había que votar, tanto sí como sí. Nunca he entendido lo de cambiar el sistema desde dentro, eso tan de adolescente apocado, tan de vamos a llevarnos todos bien y, la verdad, no es que no esté de acuerdo con este punto o aquel punto de más allá, es que no estoy de acuerdo con el sistema entero. Sin matices. Si no me gusta el puto juego, desde luego no voy a copiar-pegar las reglas. Simplemente, no me meto en la partida.

Ya, ya lo sé… Llevo desde el viernes noche oyendo de todo: que soy un gilipollas, que soy un antisistema de los malos, que me guste o no ya estoy en el juego y que, ya que estoy, bien podría “abrir los ojos”, que no tan en el fondo soy un apoltronado y un burgués, que soy un radical, que si me creo que la política es como en los cómics, que si…

Esa ha sido mi jornada de reflexión. Y creedme si os digo que he reflexionado bastante, y a hostias.

Anoche seguí con interés y online tanto los resultados parciales que iban arrojando los escrutinios varios como las reacciones a éstos por parte de los acampados en Madrid y Barcelona. En ambos lugares se decidió que, independientemente de los resultados, la protesta seguiría adelante. Cosa que me parece de puta madre. Es una estupidez creer que lo que se estaba pidiendo, se iba a obtener con apenas una semana de hacer ruido y menos de tres días de cobertura mediática más o menos parcial.

A este respecto, esta mañana me he despertado con los resultados definitivos de la votación y un twitt del gran David Bravo: “En el mundo del cortoplacismo si un tipo en coma se despierta la gente cree que es un fracaso que mañana no esté bailando claqué”. No, no ha sido un fracaso. En esta semana se ha hecho historia. Así, tal cual. El tipo en coma se ha despertado a fuerza de sentido común y, si bien no está bailando claqué, al menos ha podido entrever que otra forma de pensar la realidad inmediata es posible. Sólo eso, entreverla. Pero ya es mucho más de lo que teníamos hace dos semanas.

Me he ido a trabajar y ha llegado el chaparrón: burlas de los compañeros votantes de CiU, preguntando que dónde estaban mis asambleas y mi organización horizontal ahora; broncas de otros compañeros, los “indignados”, y aún peor, de algún que otro amigo, porque según ellos, si no he ido a votar (aunque sea por coherencia conmigo mismo y mis ideas y porque eso tampoco se negocia en apenas una semana de convulsión) mis opiniones quedan automáticamente invalidadas. Curioso, porque ese ha sido justo el mismo argumento que me ha escupido a la cara una de las usuarias del centro de día que me da de comer, de derechas burguesas catalanas de toda la vida y orgullosa de serlo, cuando he intentado explicar por qué creo que Barcelona, durante los próximo cuatro años, básicamente se plegará a lo que le venga en gana al PP.

A la hora de comer, he vuelto a sentirme parte de nada. Igual, igual que hace dos semanas. Ahí estaban otra vez el viejo cinismo, la vieja falta de fe en la especie humana y las viejas ganas de ver el mundo arder. Ha sido rápido. Ha sido agradable. Me he acordado de momentos puntuales durante las reuniones de intercambio libre de ideas durante la #acampadabcn; de cómo comentaba con alguien que quizá ya estaba bien de tanto repetir las mismas consignas, las mismas canciones, de antaño, las de la resistencia franquista, las de mayo del 68, las frases del Imagine de Lennon descontextualizadas, si esto que estaba pasando lo hacía en el futuro y era evidentemente diferente. He sospechado por un segundo que lo más probable fuese que ese decir lo mismo y cantar lo mismo de siempre llevaba pareja una carencia grande de ideas suplida de forma bastante chapucera con un pensar lo mismo de siempre. Ahí estaba la vieja mediocridad y, de repente, un engranaje gordo y brillante ha encajado en su sitio y todo ha echado a rodar. No me he podido quitar la sospecha de la cabeza, y ésta ha acabado enquistándoseme, porque ahora todo cuadraba: la sospecha, el desprecio y el entusiasmo de la semana pasada, sumados hacia atrás y bien claros.

Así pues, no, esto no se acaba. Seguirá durante un tiempo más, ojalá que mucho, e imagino que hasta que se llegue a un equilibrio por ambas partes (“indignados” y “gobernantes”) que deje a los segundos exactamente donde están, aún bien amarrados, pero cuidando las formas un tanto más para que no les vuelvan a liar la que les han liado los primeros, quienes celebrarán agotados el haber podido dar por fin un paso adelante después de los cincuenta pasos atrás de este principio de siglo XXI.

Como tampoco se acaba “lo mío”. He aprendido mucho de esto, y eso es lo que pretendo decir con este texto. Me ha refrendado, al final, en cosas sobre las que, sinceramente, estaba empezando a dudar. En que estamos mucho peor aún de cómo nos lo pintan. En que ni me gusta el sistema, ni las personas que lo conforman y se conforman con él, ni la falta de imaginación y de perspectiva. En que si de verdad odio todo esto, lo mejor que puedo hacer es hacer todo lo que pueda por salirme, como estaba intentándolo hasta ahora pero con redobladas ganas. En que uno debe tomar responsabilidad por sí mismo si no quiere que los demás le echen a perder lo poco bueno que le pueda quedar, y que para ello debe mandarles a la mierda.

O sea que, a la mierda. No más acampadas, no más fiesta, no más consenso.

Y buenas noches.

18 de mayo de 2011, las 20:14 h, Plaça Catalunya, Barcelona, España. Ni un policía cerca. Toda la tarde corriendo rumores de smartphone en smartphone, que en cosa de minutos se convierten en realidades documentadas: una amenaza de bomba aquí al lado ha paralizado el centro de la ciudad un par de horas; en la capital del reino, la Junta Electoral ha declarado la protesta, motín o cómo coño haya que llamarla, ilegal, aduciendo unos motivos tan absurdos, de absurdo de libro, literal, Beckettiano, que muchos por aquí creen durante un buen rato que sólo es una falsa noticia de algún blogger con ganas de cachondeo; resulta que no, que es cierto, pero también resulta que eso a la gente le da igual y van a acudir de todos modos. Bien.

Paseo por la plaza: pancartas a bolígrafo, pancartas a rotulador, algunas hechas por niños que han pasado por aquí esta mañana. Han improvisado un punto de bookcrossing: uno puede llevarse cualquiera de los libros que otros han dejado (“liberado”, lo llaman) sobre la lona-biblioteca, o liberar los suyos propios; casi todos tratan de lo mismo, de cambio y reflexión para el cambio y revolución. Hay mucha gente joven, a qué negarlo, pero no tanta como dicen por ahí; o más bien no sólo: aquí tenemos a los hippies y a los perroflautas de siempre, y un poco más allá una señora ya bien entrada en sus sesenta, justo al lado de un grupo de cuarentones con pinta de acabar de salir de la oficina, al fondo brilla el abrigo de vinilo turquesa de una fashion victim, hay gente vestida de mensajero y gente con el uniforme de Zara, hay trajes y bermudas militares a juego con camisetas de Slayer, hay chinos, paquistaníes y un montón de franceses y grupitos de niñas monas llevando una pancarta impresa en Din A4 en una mano y una bolsa de FNAC en la otra… decir “heterogéneo” sería quedarse muy corto.

Hay una cosa más, que pesa muchísimo y lleva intrigándome desde que he llegado: silencio. Hace años que paso por aquí, y no recuerdo tan poco bullicio, tan poca contaminación acústica para un lugar de paso eminentemente enfocado al comercio y al turismo, casi el centro geográfico de lo que vendría a ser la segunda capital del país. Es raro. Pero sólo hasta que los congregados, la “nueva escoria” (si se me permite parafrasear el cliché acuñado por el señor Warren Ellis para una obra de ciencia ficción, pero que, creo, viene al pelo aquí), se sienta. Tal cual. La gente se sienta en el suelo, calladísima y atenta, y uno por uno van pidiendo la palabra mientras el resto de las, a bote pronto, entre 500 y 800 almas aquí presentes escucha.

Resumiendo muy mucho: se habla de política y de economía, se repiten y extienden los motivos ya expresados en las varias pancartas como para romper el hielo y se pasa a los casos concretos y las soluciones: se cuentan historias de situaciones límite, vida precaria a pesar de las apariencias, relatos de cómo se llega al momento en que no se tiene nada que perder; alguien explica rápido que esto no es flor de un día, que viene de lejos y hay que ser conscientes de ello y no impedir que siga lejos, hacia delante; una mujer se emociona a medio discurso y tiene que parar y echarse a llorar mientras sonríe y da las gracias a todos; se nos explica cómo están estructuradas las diferentes comisiones que se encargan de cada aspecto de la logística y la comunicación de acampados y manifestantes. Aquí, ahora mismo, frente a mis narices, se está haciendo política de verdad. Eso que creíamos que era la política cuando nos explicaban los fundamentos en el colegio. En determinado momento, un tipo con todo el aspecto de profesor de ciencias en un instituto cualquiera, comenta que quizá lo de la ilegalización por parte de la Junta Electoral no sea tan absurdo: puede que sea un argumento en su favor, en caso de que las elecciones acaben dando una verdadera sorpresa y haya que recurrir a lo que sea para impugnarlas, no vaya a ser que le demos la razón a los que la tienen… Casi nadie se lo toma en serio, pero yo me apunto el dato conspiranoico, por si acaso.

Las 21:00h en punto: se corta el debate, todo el mundo en pie, empieza la cacerolada. El silencio se esfuma en un parpadeo. Un caos otra vez heterogéneo. Algo así como el brazo armado de ruido de exactamente los mismos. Otro modo de expresar el disgusto, exquisitamente desordenado. No sé en qué momento ha empezado a pasarme, pero tengo la carne de gallina. Me han ganado para la causa, de algún modo. Ahora mismo, eso es lo que creo. Voy a quedarme un buen rato aquí, puede que días, aunque sólo sea en espíritu.

(…)

19 de mayo de 2011, las 10:20h. Hablo con la directora de la residencia de ancianos en la que trabajo los jueves por la mañana, uno de mis tres empleos:

-Vaya cara traes -dice.

-De cansancio -apunto, porque por cómo me está mirando seguro que piensa que vengo de resaca -. Ayer estuve hasta tarde en Plaça Catalunya…

-¿Qué pasa en Plaça Catalunya?

-¿Qué quieres decir?

-Que si había un concierto o algo.

-No, es por lo de la concentración… La acampada… Como en Madrid…

-Ni idea, chico.

-Joder, ¿de verdad no te has enterado de nada?

-¿Cómo quieres que me entere, si entro a trabajar aquí a las seis de la mañana y salgo a las seis de la tarde, y tengo tres críos pequeños?

Mierda. Hay una metáfora ahí, en lo que acaba de decir, pero se me escapa. Se me escapa del todo, junto con los restos de eso parecido a una experiencia estética que viví ayer tarde. Tendré que reflexionar al respecto. Puede que dentro de un rato, cuando vuelva a la plaza a por una segunda opinión de mí mismo.

Las 20:20, Plaça Catalunya, segunda vuelta: he quedado con uno de mis amigos más cínicos, aún más que yo si cabe, y soy incapaz de encontrarle; los entre 500 y 800 de ayer superan hoy con creces los 1.500 mal llamados “indignados”. El único, aunque grande, grupo de sentada de opinión y debate, se ha convertido en media docena de otros iguales, con el mismo derroche de mezcolanza de pareceres. Más puñados de hippies, parejas de jubilados, un chaval haciendo burbujas de jabón gigantes para entretener a los niños que los muchos padres presentes han traído consigo, corbatas flojas, ojos aún enrojecidos después de las ocho horas anteriores frente a anónimas pantallas de ordenador, chicas Mango y vecinas de al lado y quiosqueros y una madre reciente dando el pecho en un banco. Desde donde estoy, la reunión se ve enorme y vuelve a arrastrarme. Encuentro a mi amigo, se hacen las 21:00, la cacerolada llega puntual. Mi amigo aplaude, y veo en sus ojos que también a él le ha atrapado esto: la euforia, la intuición de estar viviendo en directo un capítulo en un hipotético libro de historia del futuro, a pie de calle, inmersos; el haber anulado a fuerza de realidad tangible (aunque algo deformada en los bordes, quizá, por cierto optimismo excesivo, en cuanto a que nos resulta tan nuevo ser optimistas al respecto de algo que parecía tan ajeno y tan enorme…) la enésima y mediocre campaña electoral de fanfarrias descoloridas y mierda pintada de caviar a cucharadas; el estar atento, ya sea al momento y lugar presente como al ritmo circadiano acelerado de las redes sociales que son la única vía de comunicación posible, ahora que los medios tradicionales parecen haber claudicado y ni siquiera se molestan en esforzarse por mantener las apariencias.

Ahí está otra vez la carne de gallina. Alguien de más o menos mi edad grita que es la primera vez que se siente orgulloso de ser español. Claro, ¿por qué no? Ya da igual. El caso es estar aquí.

(…)

20 de mayo de 2011, las 19:15h, Plaça Catalunya, Barcelona, España. Mi hijo, mi novia y yo nos hacemos una foto con mi móvil, que más tarde etiquetaré como “Peligrosos Antisistema Concentrados en Plaça Catalunya”: si tuviese que explicarlo, diría que hemos venido los tres porque tanto ella como yo coincidimos en que el enano tiene que ver que tanto el mundo como la gente pueden, como poco, parecer buenos, regirse por motivos correctos, pero las explicaciones ya me la traen al pairo. Como parece ser que se la trae al pairo a toda la plaza, que da toda la impresión de haberse reconfigurado a sí misma: comisiones varias distribuídas por las cuatro esquinas, grupos de animación infantil y de debate por todas partes, tenderetes vendiendo por cantidades simbólicas, cuando no regalando, revistas fotocopiadas y literatura contracultural y medios para fabricarte tu propio eslógan, corrillos como los de ayer y anteayer en los que intervienen catedráticos de economía y política para explicar motivos y exponer posibles soluciones… La concentración, el acto de sedición o como sea que se lo vendan hoy al que no ha estado aquí en ningún momento (porque no ha querido, que conste, que aquí cabemos todos), es una fiesta. Una celebración de cosas que por lo visto habíamos olvidado y que vamos redescubriendo a tientas que echábamos de menos. Nosotros tres estamos sentados en uno de ellos, viendo cómo un grupo de teatro alternativo escenifica las múltiples formas en las que podría evolucionar una carga policial, siguiendo los planteamientos que el publico asistente propone (¿y si alguno se pone violento con la policía?, ¿y si los antidisturbios entran a trapo porque sí, y nos quedamos sentados y agarrados unos a otros, oponiendo resistencia pacífica?, etc.). Es divertido, y al pequeñajo le encanta que, en lugar de aplaudir o abuchear o pedir nuevo turno de palabra, la concurrencia haga cosas raras con las manos y se aprende este “sistema de feedback respetuoso con las reuniones adyacentes” en cero coma cinco segundos, pero está cansado; además, hace ya un rato que sus dos mejores amigos del colegio, a los que sus padres y madres también han traído, se han marchado. Quiere ir a casa. Por supuesto, nos vamos.

Tres horas más tarde, en casa y ciertamente feliz, aunque no (demasiado) exhaltado, escribo esto que acabáis de leer. No pienso repasarlo ni modificarlo y corregiré lo justo. Es mi especie de crónica del tema que, para muchísimos, capitaliza la atención ahora mismo y sobre el que ya habéis leído, oído y visto de todo y más aún. Ni por asomo la mejor, ni la más imparcial, ni la mejor documentada, pero es la mía.

De eso, en el fondo, va todo este asunto.