archivo

Archivo de la etiqueta: Suîte Momo

Otros mucho más listos que yo ya lo definieron antes. Yo me limito a copiar, pegar y remodelar, porque de eso va la música POP. La buena música POP.

La buena música POP habla de todo, de intraespacios y exoesqueletos, y de nada, de lo que respira azufre y carmín en los huecos en blanco entre nota y nota. Habla del presente y del futuro y de otras dimensiones que me impiden tocarte. Habla de prender fuego a los pupitres y de un beso perfecto; de dar vueltas de campana, empapado en gasolina y dolor -esa palabra tan grande que no es más que un miedo atávico al principio de incertidumbre de De Broglie-, dando vueltas y vueltas y vueltas de campana en la persecución de otro bis, enredado entre inexpugnables hierros retorcidos o en sábanas de satén burdeos. Habla de saber que un sol nuclear saldrá por la mañana, grande e intenso y extraño, y de ese mismo sol reflejándose en las mechas que una vez al mes te das en la peluquería de tu barrio -exacto, la misma peluquería a la que tu madre te llevaba de niña y que es un sitio que huele a ti porque desde hace más o menos doce años tú hueles a él. Y, por cierto, hace más o menos doce años, en una nochevieja especialmente alcoholizada -la dinámica de gateo, antes de echar a andar por el caminito sembrado de cristales rotos que nos llevará a la cirrosis fulminante a la gran mayoría de los que hicimos nuestra aquella Vilanova de los noventa-, yo estaba intentando convencer entre balbuceos al mismísimo cantante de Suîte Momo de que su novia era una puta, mientras él me daba palmaditas en la espalda y me mandaba a la cama con una sonrisa, la misma sonrisa que ayer mismo ensombrecía el brillo de la progresión de acorde de La, Sol menor, Mi menor, La, en su guitarra para zurdos. Pero eso es el pasado. Un pasado sucio y molesto sólo cuando escuece la irremediable llegada a los treinta. Ya lo dije una vez: nos gustan las guitarras porque son cosas brillantes que meten mucho ruido; los acordes y la melodía nos remiten a un estado preverbal, tiran de la madeja de la memoria hasta mucho antes de la infancia. Eso es todo lo que debería contar del pasado. Ruido y Brillo. Aquí, ahora, estamos enredando con la buena música POP. La buena música POP habla de hacer la vida real aún más real; ultravívida y trascendente. Sí, eso es lo único que debería contar en la música POP.

Esto no es un ensayo, ni una crítica, ni un testimonio. Más bien un pasadizo entre la buena, buenísima música POP de Suîte Momo y el cajón en el hemisferio izquierdo de mi cerebro en el que ésta retoza con fantasmas y conciencias y archivos contaminados e intuiciones.

Suîte Momo, para mí, están ahora en el subsuelo. En ese subsuelo a lo Dostoievsy en el que sólo importa el uno, lo individual, el placer intransferible que reverbera hacia TODO lo demás como reverberan los parches de la batería enmudecida al final de la última canción al recibir la última oleada de feedback. Ese subsuelo a lo Eisturzenden Neubauten -y seguimos enredando con POP de primer nivel-, poblado de aparentes huerfanos del sistema -el sistema Orwelliano que nos da cucharadas de mierda para convertirnos en un cordero más, y trata de hacer pasar por música POP aberraciones Triunfales diseñadas como Operaciones castrenses y cantautores forrados de billetes del Monopoly-, esos huérfanos que bailan en sótanos la danza eterna de lo básico: bajo, batería, guitarra, voz y un espíritu sensible que recombine los elementos; la base alquímica de la música POP. Olvídate de Radiohead, de Manta Ray, de Los Planetas, de Smashing Pumpkins, de Screaming Trees, de John Watts… las influencias se precipitan por miles al subsuelo, están ahí, pero las corrientes eléctricas subterráneas las transforman en otra cosa. ¿Puedo decir otra vez que esa “otra cosa” es igual a pura música POP -POP:copiar, pegar y remodelar:ultravívido, ¿recuerdas?

Suîte Momo ascenderán, más tarde o más temprano. Eso no creo que nadie que les haya escuchado con un mínimo de atención se atreva a dudarlo. Pero sólo será un ascenso “de facto”, una constatación. Aquí, en el subsuelo, donde uno siempre acaba por decidir que se está mucho mejor que en el ático, ya se les ha encumbrado a una suerte de Valhalla interpersonal, onanista -si se prefiere llamarlo así-, un Olimpo bonsai que se vuelve dolorosamente importante -dolor:miedo:incertidumbre, ¿recuerdas?- en tardes de domingo de auriculares a plena potencia y arcoiris que sólo abarcan el espectro infinito de los grises; como factótums para la escalada, Danny -siempre Danny- y Dani y Alexis y Toni e Isaac, títeres sin cuerdas sacados de la cajita de cartón en la que cabe un universo entero.

Desde aquí, humildemente, gracias por el POP derramado. Y el aún por derramar.